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CRISIS Y RENOVACIÓN EN LA IGLESIA CATÓLICA

Abril (2010)

El 19 de marzo, solemnidad de San José, custodio de la Sagrada Familia y patrono de la Iglesia universal, el Santo Padre firmó la Carta pastoral que escribió a todos los católicos de Irlanda, para expresar su consternación ante los abusos de menores por parte de miembros de la Iglesia, especialmente sacerdotes y religiosos. La carta es una prueba de su profunda preocupación concerniente a esta dolorosa situación: “Pido a cada uno de vosotros que la lea con un corazón abierto y en espíritu de fe. Espero que sea una ayuda en el proceso de arrepentimiento, curación y
renovación”.
El Papa no calla ni elude, como a veces han querido hacer ver algunos. Antes bien, subraya que con esta carta quiere exhortar al pueblo de Dios en Irlanda, así como a la Iglesia universal, “a reflexionar sobre las heridas infringidas al cuerpo de Cristo, los remedios necesarios y a veces dolorosos, para vendarlas y curarlas, y la necesidad de la unidad, la caridad y la ayuda mutua en el largo proceso de recuperación y renovación eclesial”1.
A las víctimas y a sus familias les manifiesta su dolor y reconoce abiertamente que la confianza depositada en otros fue traicionada, así como violada su dignidad. Comprende que a muchos les resulte difícil perdonar o reconciliarse con la Iglesia. Por eso, señala, “en su nombre, expreso abiertamente la vergüenza y el remordimiento que sentimos todos. Almismo tiempo, os pido que no perdáis la esperanza. En la comunión con la Iglesia es donde nos encontramos con la persona de Jesucristo, que fue El mismo una víctima de la injusticia y el pecado. Como vosotros, aún lleva, las heridas de su sufrimiento injusto. El entiende la profundidad de vuestro dolor y la persistencia de su efecto en vuestras vidas y vuestras relaciones con los demás, incluyendo vuestra relación con la Iglesia.”
A los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños se dirige con firmeza: “Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros semejantes. Aquellos de vosotros que son sacerdotes han violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Junto con el inmenso daño causado a las víctimas, un daño enorme se ha hecho a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa.
Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. El arrepentimiento sincero abre la puerta al perdón de Dios y a la gracia de la verdadera enmienda.”
A todos los sacerdotes y religiosos de Irlanda manifiesta comprenderles en su dolor, pues muchos pueden sentirse indignados, “desanimados e incluso abandonados”.Refiere que todos en la Iglesia estamos sufriendo las consecuencias de los pecados de nuestros hermanos. Sin embargo, añade, “por encima de todo, os pido que seáis cada vez más claramente hombres y mujeres de oración, que siguen con valentía el camino de la conversión, la purificación y la reconciliación”. Los exhorta a dar “testimonio del poder redentor de Dios” que se hace visible en sus vidas.
A los obispos les pide hacer un hondo examen de conciencia, pues deben reconocer que han cometido errores de juicio y fallos de dirección. Les dice: “el pueblo de Irlanda, con razón, espera que seáis hombres de Dios, que seáis santos, que viváis con sencillez, y busquéis día tras día la conversión personal”.
El Papa ha subrayado que en este momento de dolor se pone de relieve “la fragilidad de la condición humana” y la magnitud de los males que podemos cometer si dejamos de lado a Dios y la vida sacramental. Entre las causas de este terrible mal, el Papa señala la transformación y la secularización de la sociedad irlandesa (que bien podría ser la de muchos países), así como “la tendencia, incluso por parte de los sacerdotes y religiosos, a adoptar formas de pensamiento y de juicio de la realidad secular sin referencia suficiente al Evangelio”.
Pero así como nuestro alejamiento de Dios ha puesto de relieve la fragilidad de nuestra condición, asimismo alumbra el camino de la renovación, pues “el sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y extraer el bien incluso del más terrible de los males”, como bien dice el Papa a los sacerdotes que han abusado de niños.
Son momentos difíciles y dolorosos, como lo es toda “noche oscura”, pero esa primera gran oscuridad la sufrió nuestro redentor el viernes santo cuando, al asumir nuestros pecados, fue traicionado y abandonado por los discípulos. Ya desde el inicio Judas lo vendió, Pedro lo negó y el resto se disipó en esa noche anterior a la crucifixión. Jesucristo, sin embargo, confió en ellos, así como lo hace hoy en día en nosotros. Conoce nuestra condición: por eso vino a salvarnos. Esa noche santa provocó una crisis generalizada: muchos permanecieron fieles, como Juan y las santas mujeres; otros creyeron, como Nicodemo, José de Arimatea, la Verónica y Simón de Cirene, entre otros muchos; otros dudaron, algunos se aterrorizaron y otros se escandalizaron. Es predecible que esto suceda en medio de la confusión que generan nuestras miserias, pues las crisis las provocamos nosotros; no Jesucristo ni su Iglesia.
No olvidemos, además, que Pedro se convirtió; lloró, pidió perdón, y luego fue no sólo el primer papa sino mártir de Jesucristo, al igual que el resto de los discípulos, salvo Judas, por no arrepentirse; no propiamente por lo que hizo.
Después de esta primera noche, todas las siguientes que han provocado nuestros pecados han sido muchas a lo largo de la historia, pero el cristiano sabe que por el camino de la purificación interior y de la verdadera búsqueda de la santidad, podremos demostrar que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (cf. Rom 5,20).
La solución del problema es la santidad, pues sólo así participaremos del poder redentor de Cristo en nuestras vidas.
Monseñor Zollitsch ha subrayado que “la cuestión del celibato no se puede confundir de ningún modo con la de la pedofilia”2, pues una no implica a la otra.
La causa de estos pecados no es el celibato, así como la de la infidelidad matrimonial no es que haya muchas otras mujeres u hombres en el mundo. La causa fundamental de todo pecado es la ausencia de Dios en la vida personal, pues cuando el corazón está vacío busca llenarse con cualquier cosa.
Este punto es importante, pues se escucha que todos estos abusos y problemas se resolverían con el matrimonio de los sacerdotes.
El matrimonio no es en absoluto la solución para un celibato mal vivido, pues quien es capaz de abusos abominables mientras vive un supuesto celibato, lo seguiría siendo igualmente casado, quizás con sus hijos.
La consideración de la infidelidad matrimonial e incluso el abuso de menores por parte de los propios padres, o de personas desligadas de la Iglesia, no pretende salvar a unos con los pecados de otros. La pederastia es un delito y es, de hecho, de los más graves para la Iglesia, junto con aquellos cometidos contra la Eucaristía y contra la santidad del sacramento de la penitencia. Lo que se procura es mostrar que el matrimonio no resuelve nada si el corazón no es limpio. El materialismo y la excesiva búsqueda de placer y comodidad en nuestras sociedades, ha generado una crisis que ha tocado también a la Iglesia, pues hemos sacado a Dios de la vida pública. Y ése es, en el fondo, el problema.
Dios llena suficientemente los corazones que se disponen a conocerlo y amarlo; cuando el pecado, por el contrario, domina el terreno, el hombre es capaz de adorar cualquier becerro de oro.
El problema no es el celibato, pues esto equivaldría a decir que la causa de estos abusos es entregar por entero el corazón a Dios. El problema es no entregar el corazón a Dios por completo. Y aquí estamos todos implicados, pues los pecados no los cometen “los otros”; todos y cada uno tenemos mucho que expiar. Los pecados son múltiples y Jesús murió por todos; todos, si bien vemos, deberíamos considerarnos capaces de cualquiera y todos, cada uno, deberíamos quedarnos con la piedra en la mano antes de pretender lanzársela a otros. No debemos olvidar que los pecados no son comunitarios; son muy personales y de ellos debemos rendir cuentas todos a Dios.
Por eso el Papa es firme en medio de estos escándalos: “es en la Iglesia, dice a los niños y jóvenes de Irlanda, donde encontraréis a Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Heb 13,8). El os ama y se entregó por vosotros en la cruz. ¡Buscad una relación personal con El dentro de la comunión de su Iglesia, porque él nunca traicionará vuestra confianza!”.
Debemos creer firmemente que Jesús no duerme. Ya desde el inicio advirtió a los apóstoles sobre las aguas turbulentas. Su amor redentor, además, cura “incluso en las situaciones más oscuras y desesperadas”. Jesucristo libera y “trae la promesa de un nuevo comienzo”. Esta situación provocará una renovación en la Iglesia. Habrá frutos de conversión y santidad, porque así son las cosas de Dios: Él generará nuevos santos en medio de la confusión.

Ofelia Avella / ofeliavella@cantv.net
1Traducción del texto original en inglés de la Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda, hecha pública el 20 de marzo de 2010. Vatican Information Service –VIS.De aquí en adelante, todas las palabras del Papa hacen referencia a la Carta.
2 En la nota “una ruta clara también en aguas agitadas”, publicada por el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, S.I. Vatican Information Service –VIS.