Leer Entrelíneas

Amor de padres:el camino hacia el amor de Dios

Diciembre (2009)

Las analogías son necesarias para hablar de Dios, pues lo natural es que los hombres entendamos lo que no vemos a partir de aquello que vemos y nos es asequible.
Por eso un día, mientras intentaba explicar a un grupo de alumnas de trece años lo mucho que nos quería Dios, se me ocurrió asemejar ese amor tan grande con el amor que los padres tenemos a nuestros hijos. Mientras ponía ejemplos veía rostros extrañados; eran rostros de niñas que parecían no haber experimentado nunca lo que decía. Los ejemplos eran simples; pensaba que mostraban bien lo mucho que superaba el amor de Dios al que todo padre podía sentir hacia sus hijos, pues si los padres éramos capaces de tantas cosas por ese amor que nos movía, compararlo con el que Dios nos tiene podía llevar a comprender la pureza e inmensidad del amor divino. Se me ocurrió decir que así como una madre se desvela por un hijo enfermo, le cuida, le atiende y se esmera en mostrarle su amor con detalles que le ayuden a llevar mejor su enfermedad, asimismo Dios nos busca, nos ayuda y procura curar nuestras heridas hasta que descubramos su amor. Si una madre deja de dormir, dije yo, por tantas necesidades de un hijo, ¿qué no hará Dios? Los ejemplos, como he dicho, no exigían una heroicidad extrema. Estaba hablando de una simple fiebre, de una simple gripe, de un dolor de estómago que puede quitar el sueño a un hijo y, por ende, a nosotros. Además, pensaba yo, el amor de una madre no tiene límites.
Lo difícil es imaginarse no queriendo a un hijo.
Muchos rostros, sin embargo, ante un ejemplo que exigía un trasnocho temporal, mostraron no sentirse identificados con lo descrito. Una alumna expresiva dijo: “mi mamá nunca hace eso. Ella hace lo contrario. Si la despierto porque me duele la cabeza me dice que la deje dormir y que busque la pastilla yo misma”. Varias contaron cosas parecidas, añadiendo que ante esas quejas, sus padres solían añadir que “ya estaban grandecitas para cuidarse solas”. Confieso que escucharlas me dolió, pues cuando hay amor, como bien dice san Agustín, uno termina amando lo que cuesta. Y cuando el amor hacia los hijos es grande, ¿qué puede costar cuidarlos?
Si nuestros hijos no perciben el amor noble de un padre o de una madre; si nuestros hijos no crecen sabiéndose fuertemente queridos por nosotros, ¿cómo descubrirán ese amor de Dios que nos trasciende? ¿Cómo comprenderán que el amor que les tenemos se funda en el que nosotros le tenemos a Dios? Si bien vemos, el origen del “problema” está precisamente aquí: cuando el amor humano se tambalea es porque está fallando nuestro amor a Dios. Nuestra capacidad de amar se debilita cuando no procuramos mantener purificado y vivo ese amor fundamental que es el de Dios. Este amor es como la fuente de la que mana el agua viva de la que habla Jesús. Sin Dios, en definitiva, no podremos amar bien a nadie, incluyendo a nuestros hijos. De aquí que pueda resultar difícil que ellos descubran a Dios en nosotros y, por ende, que comprendan y crean que existe efectivamente ese amor “más fuerte que la muerte”. Los padres somos instrumentos de Dios. Podemos por eso servir de reflectores que irradien ese amor o de pantallas que lo ensombrezcan. La responsabilidad es grande, pues llevar a los hijos a Dios significa mostrarles el fin de este camino que es la vida.
Para comprender lo que no vemos, como veníamos diciendo, debemos ayudarnos con una comparación. Si queremos, por eso, que nuestros hijos amen a Dios y crezcan con un corazón profundamente satisfecho, debemos procurar amarles con el mismo amor de Dios. De este modo será Dios quien los atraiga hacia Sí mismo a través de nosotros. Sólo así crecerán con un corazón lleno; un corazón que no buscará suplir sus carencias con “amores aparentes”. Un hijo que crece amado no buscará la droga, el alcohol, el sexo libre e irresponsable, ni tanta vacuidad que parecerá divertirlo y satisfacerlo cuando lo cierto es que sólo lo destrozará cada vez más. Un niño que ha crecido amado y que ha descubierto el amor a Dios sabe en su intimidad que nada en esta tierra puede suplir lo esencial. Esto será así, sin embargo, si ha tenido unos padres que no buscaron nunca suplir ese amor fundamental con unos regalos materiales que llenaran el vacío que no supieron llenar.
Nuestros hijos establecerán las comparaciones en ese intento a veces inconsciente de comprender el mundo que les rodea: “si mamá me escucha con tanto cariño, ¡con cuanto cariño me escuchará Dios!”; “si papá me mira con tanto orgullo, ¡cuánto más confiará Dios en mí!”; “si mamá intuye todo lo que me ocurre a pesar de no haber dicho ciertas cosas, ¡cómo me conocerá Dios!”; “si papá me perdona en tanto tropiezo y luego me ayuda con cariño a levantarme, ¡cuánto me perdonará y ayudará Dios!”; “si mamá tiene tanta paciencia, ¡cuánta me tendrá Dios!”; “si la presencia de mis padres me inspira tanta seguridad y alegría, ¡cuánta seguridad me da saber que Dios me ve siempre y está siempre conmigo!”….y así ¡tantas cosas!
El amor a Dios, por el contrario, puede también verse afectado si nuestros hijos no perciben el nuestro. En su interior percibirán, sin saberlo explicar, que un amor tan fuerte como dicen que es el de Dios, quizás no exista. Si crecen juzgados, corregidos hasta el infinito en las más mínimas cosas, muchas de ellas sin trascendencia; si crecen ironizados, siendo objeto de comparación constante; si son usualmente reubicados en diversos lugares porque los padres viajan con demasiada frecuencia y regresan quizás con regalos con los que buscan suplir la ausencia, ¿cómo asimilar que se es realmente querido? La verdad es que la comprensión de un amor así manifestado, no obstante se asegure que existe, es difícil de procesar en la mente de un niño. “Mi padre asegura quererme, pero nunca lo veo”; “mi madre insiste en que me ama, pero nunca me escucha”; “creen conocerme, pero ignoran por completo lo que pienso, siento y deseo”; “dicen que no pueden vivir sin mí, pero me cuida siempre otra persona”…
Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, pero con estos pocos parece bastar. El niño que es querido no necesita de palabras que se lo aseguren o expliquen, pues sencillamente lo sabe.
Lo importante es concientizar que en la medida en que conozcamos y amemos más a Dios, en esa misma medida penetraremos en la inteligencia y en el corazón de nuestros hijos. Si procuramos clarificar nuestro interior por medio de nuestro personal acercamiento a Dios, en esa misma medida alcanzaremos la intimidad de nuestros hijos, pues el amor busca conocer lo que ama y penetra hasta lo más íntimo cuando realmente existe. Alcanzar la intimidad del otro no supone aquí escrutar con violencia, ni forzar la conciencia del hijo, pues quien se sabe y siente amado se abre siempre libremente.
Ciertamente, amar a los hijos es algo muy natural. Lo normal es que todo padre sienta ese amor desde el instante en que sabe que ese hijo viene en camino. Sabemos, sin embargo, que el pecado obstaculiza ese amor natural y dificulta que muchos padres deseen incluso a ese hijo que viene en camino. Vemos, de hecho, que la sociedad paganizada, endurecida, busca eliminar muchas veces a ese niño, de modo cada vez “más eficaz”. Vivimos en un mundo tristemente desnaturalizado, pues ese amor tan natural se torna, en ciertos casos, en el más agresivo odio que un bebé puede encontrar en su camino. Ante tal magnicidio, el hecho de que la adolescente busque su propia pastilla para bajar su fiebre queda reducido, ciertamente, a un detalle de poca monta.
Un mundo sin Dios es un mundo sin amor. Por eso la intimidad familiar no puede ser sana sin Dios. Sólo el amor da seguridad. De aquí que el amor de los padres sea lo que permitirá que nuestros hijos salgan al mundo con la fuerza necesaria para ayudar a tantos y para enfrentar, también, tantas dificultades con ánimo juvenil. Nuestros hijos se entristecen cuando este amor falla, pues inconscientemente procesan que si ese amor se quiebra, si tantos amores se quiebran en esta vida, ¿quién podrá asegurar que el de Dios no se quebrará? El amor, en definitiva, la realidad de saberse querido con nombre y apellido, así, individualmente, es lo único que da fuerzas para vivir y llena de profunda alegría la existencia.
Evidentemente Dios está siempre muy por encima de nuestras pocas fuerzas. El sabe bien cómo acercarse a un alma que no experimentó el amor fuerte de unos padres que le quisieron bien. Sabemos también, sin embargo, que el itinerario de su encuentro a Dios resultará un poco más cuesta arriba, pues las carencias dificultan la recta comprensión de las cosas.
Vale la pena, entonces, que los padres hagamos con frecuencia un examen de conciencia hondo para descubrir humildemente en la confesión todos aquellos obstáculos que impiden que nuestros hijos experimenten con más fuerza el amor de Dios: ese amor más fuerte que la muerte, que nunca defrauda y que nunca se quiebra; que siempre perdona y comprende; que nunca ironiza ni se jacta.
Podríamos argumentar que nuestros hijos verán siempre nuestras debilidades. ¿Cómo lograr, entonces, que vean a Dios en nosotros?
La respuesta es clara: nuestros hijos ven y verán siempre, claro está, nuestras debilidades y errores; pero si nos ven luchar, confesarnos con humildad y rezar; si nos ven buscar constantemente más amor en Dios, comprenderán que ese amor divino es más fuerte que el nuestro y es realmente el único perfecto y puro. Comprenderán que amar es luchar por amar más, pues efectivamente no somos perfectos ni se espera que lo seamos, ya que necesitaremos luchar hasta el final. La perfección que Dios nos pide no es externa, como si se tratase de imitar un modelo seco; la perfección es interior y tiene que ver más con nuestro deseo de ser mejores y de hacer siempre la Voluntad de Dios. Entenderán, de este modo, que la vida es lucha y el amor de Dios un proceso que tiene que ver más con la necesidad de purificar nuestro corazón que con la exterioridad de “cumplir” una serie de normas sin procurar su interiorización.
Siempre podemos amar más; por eso es tan importante que concienticemos que la santidad de nuestros hijos y por tanto, su felicidad, depende de nuestra lucha, pues como bien decía Juan Pablo II, “(…)el deseo de santidad se desarrolla mucho mejor cuando encuentra a su alrededor el clima favorable de una buena familia. ¡Qué importante es el ambiente familiar! Los santos generan y forman santos”1 . ¿Cómo podremos entonces llevar a nuestros hijos a Dios? Acercándonos a Él, generosamente, nosotros primero. A esto se reduce todo.

Ofelia Avella de Sanabria
ofeliavella@cantv.net