Leer Entrelíneas

Tiempo para EDUCAR

Enero (2010)

Durante este año, varios son los amigos que agradecieron la lectura del libro “Sin miedo a educar”, de Betsy Hart, en Editorial Ciudadela. Aprovecho también para animarles a ustedes a descubrir en él la lucidez y buen humor que derrocha esta popular periodista norteamericana que, a pesar de su difícil experiencia, sola ante la educación de sus cuatro hijos, se vuelca llena de pasión, ternura y fortaleza.
La verdad es que es una alegría constatar la implicación educativa de padres de familia y profesionales de la educación, pues en lo bien que ésta funcione va estar la clave del verdadero desarrollo de cualquier país.
Recordemos que cuando en una familia se trabajan los hábitos básicos de alimentación, sueño, higiene y orden con niños pequeños e incluso bebés, éstos ya han empezado a participar en los proyectos comunes, en las necesidades vitales y en el estilo particular de esa casa.
Conforme las criaturas van creciendo, será preciso cambiar las maneras de ejercitar los hábitos básicos y, para ello, tendremos en cuenta las circunstancias personales de cada hijo. Así intentaremos que, progresivamente, hagan por sí mismos lo máximo que puedan realizar para ser más autónomos y nosotros no intentaremos sustituirlos.
Para ello, es clave conocernos bien. Así, necesitaremos saber cuáles son las virtudes, flaquezas, aficiones, sensibilidades de cada miembro de la familia. Conocer de sus posibles aportaciones e iniciativas, inquietudes y necesidades. Para eso es preciso dedicar tiempo, más tiempo del que habitualmente tenemos.
Una manera de empezar, o recomenzar, en la distribución de encargos y en la organización básica familiar es, por ejemplo, una buena tertulia después de la comida familiar del sábado o domingo. Pediremos que entre todos comenten lo que fue preciso hacer ese día para el buen funcionamiento
de la casa: abrir cortinas, hacer camas, ordenar baños, doblar ropa, respetar los horarios de estudio, poner la mesa, contestar el teléfono, tender la ropa, sacar la basura, preparar la comida y
la cena, etc. Saldrá una larguísima lista, que evidenciará la necesidad de que todos colaboren.
Es el momento de proponer, opinar, discutir y elegir tareas que ellos podrían comprometerse a hacer. Según los intereses, gustos y capacidades personales de las criaturas, concretaremos los encargos, pensando cuál puede ser más adecuado para cada hija e hijo, y para nosotros mismos.
En ese momento, vale la pena recordar que el gran objetivo es adquirir un compromiso con la familia, sentirse parte fundamental de un equipo. Digámosles que mediante los encargos aprendemos a ser más libres pues, con nuestro esfuerzo personal por mejorar beneficiamos a todos y somos más felices.
Seamos generosos con el tiempo y animemos a nuestros hijos, y a los amigos de nuestros hijos, a que piensen de manera independiente. Sentemos las bases para que formen su propio criterio, que les apasione buscar la verdad que hay en las cosas, resaltemos el valor de su opinión personal... Ellos y la sociedad van a salir muy, muy beneficiados.

Emili Avilés / Catholic.net