Leer Entrelíneas

Tiempos difíciles

Marzo (2010)

La intención no es hacer alusión a la novela de Charles Dickens, aunque confieso que fue ella la que me llevó a pensar que nosotros también vivimos “tiempos difíciles”. La novela recrea ciertamente la Inglaterra de la primera industrialización, pero resulta curioso que los hombres nos refiramos usualmente a nuestros tiempos como “difíciles”. Muchas generaciones, a lo largo y ancho del planeta, habrían podido escribir novelas que lleven el mismo nombre, pues pienso que todos consideramos haber conocido momentos “difíciles”.
Algunos habrán vivido la Primera Guerra Mundial; a otros les habrá dado tiempo de vivir ésta y la segunda. Si son españoles habrán quizás sufrido la guerra civil. Y si son rusos, tendrían otra revolución que contar. Algunos habrán sido victimas del Holocausto, bien sea como judíos, bien sea como católicos o protestantes que quizás ocultaron o ayudaron a algún perseguido del régimen, bien sea como simples
prisioneros de guerra. Si se vivía del lado de la cortina de hierro, ni hablar: muchos miles podrían narrar sus historias: familias divididas, esperanzas truncadas. Si dirigimos la mirada hacia África, podríamos relatar miles de sucesos muy tristes: niños que caen al suelo de hambre; gente que sufre injusticia. Si se es cubano, chino, vietnamita, serbio, afgano, o lo que se nos ocurriese, serían muchas las personas que podrían narrar sus “tiempos difíciles”. Si volteamos a Haití, todos podríamos contar lo ocurrido. Si recordamos el deslave de Vargas, también. Terremotos, como el que recientemente ha sacudido a Chile, tsunamis, guerras, persecuciones a causa de la violencia, secuestros y asesinatos, hambre, traiciones, mentiras, enfermedad e injusticia parece que enmarcan muchos contextos vitales obligándonos a llamarles difíciles”. La vida de cada país, de cada persona y familia está, efectivamente, tocada por algún dolor.
No parece, sin embargo, que tantas realidades evidentes deban hacernos creer que la vida no tiene sentido. Toda dificultad, por el contrario, debe hacernos crecer y madurar. El examen al mapamundi, así como el recorrido histórico de la humanidad, debería ayudarnos a relativizar nuestros dolores: todo pasa tan rápido, todo suceso parece a veces tan puntual en su momento concreto, antecedido y seguido de tantas otras circunstancias y generaciones, que habría que plantearse más bien cómo trascender los tiempos “difíciles” que a cada uno le ha tocado vivir. Quedarse en ellos, en su dificultad y dolor, equivaldría a cerrar el horizonte de nuestras vidas y de la historia misma. Y la vida, como sabemos por experiencia, continúa. Ningún dolor es para siempre.
Cada momento tiene en sí mismo su propio valor, su íntimo sentido, y en él, así como en virtud de él, debemos elevar la mirada a lo que permanece. Eso hizo Víktor Frankl en pleno campo de concentración: lo que daba sentido a esas circunstancias tan duras no era “sobrevivir”, “esperar a que todo pasara”, “intentar mantenerse vivo para encontrarse con su esposa”. Captó, por el contrario, que ésa no era la actitud con la que debía afrontar lo difícil. “¿Y si su esposa estuviese muerta cuando saliera del campo?”, como efectivamente sucedió. “¿Qué haría entonces?”. Ni este ser tan querido era el sentido último de la vida. No. No podía serlo, cuenta en su libro El hombre en busca de sentido.
Esas circunstancias en sí mismas, eso que vivía, debía tener un sentido. Y ese sentido ha de descubrirlo cada uno. Si eludimos un dolor, nos esperará otro al cruzar la esquina, pues la vida humana parece un rosal: se topa uno con las espinas que a veces, tristemente, no nos dejan ver las rosas…
Refiriéndose a las particulares circunstancias que vivimos, no ha faltado quien observe que la nuestra  sea quizás una “generación muerta”. El concepto parece referirse a un grupo humano cuya vida no tuvo o no tiene sentido….Una vez pasadas las circunstancias, la vida de la generación siguiente tendría, ¡gracias al paso del tiempo!, sentido. Un sentido que las circunstancias habrían robado a esa generación llamada “muerta”.
Ahora bien, pienso que ninguna generación, por más trágica que haya sido su vida, debe considerarse muerta. No somos, además, un colectivo; no somos un concepto que otros deciden cómo definir. Somos, cada uno, seres humanos con contextos particulares e intransferibles. Y cada vida, con sus alegrías y dolores, tiene un sentido que sólo podemos descubrir nosotros mismos.
Encontraremos el sentido de la vida, eso sí, si procuramos trascender los sucesos difíciles elevando los ojos al cielo, incluso si tuviésemos que mirar, como lo hizo Frankl, a través de una alambrada. La actitud ante los acontecimientos determina en mucho nuestro encuentro del sentido. Recuerdo en este punto a un antiguo profesor de música, quien habiendo llegado a los ochenta ciego, y ya muy sordo, decía: “yo he asumido que ya no tenía nada más que ver; y si termino por quedarme sordo –continuaba-, será que no tendré ya nada que escuchar”.
Este hombre miró “hacia adentro” y allí, en lo profundo, encontró a Dios, el único que no pasa. Poco después murió, pero lo que vio por quedar ciego, perduró, junto con él.

Ofelia Avella / ofeliavella@cantv.net