Leer Entrelíneas

El Padre Nuestro del drogadicto

Noviembre (2009)

Hola, yo soy Geraldo, tengo 22 años, salí a última hora de las drogas, de una forma que sólo Dios sabe.
Yo había oído del mundo de las drogas. Sabía como día a día, se precipita en ese mundo un número cada día más grande de gente. Yo mismo había pasado por entre grupos de jóvenes que se encontraban en grupos con jeringa en mano varios de ellos. Nunca me dieron tentación y sí muchas veces me causaban lástima.
Sentía que todos esos jóvenes ahí postrados, se engancharon a la droga, embobados por la alucinación de la curiosidad. Todos habían cedido ante el deseo de experimentar sensaciones nuevas. Y la mayoría iniciaron por poca cosa... algo "sin importancia" -como muchos creen-. "Al fin y al cabo, -ellos mismos afirmaban-, fumarse un par de cigarrillos bien gruesos, de vez en cuando es totalmente inofensivo...". "Además -añadían muy seguros de sí mismos-, lo puedo dejar en cuanto yo quiera", y sin embargo ahora estaban encadenados de por vida.
Yo no sé cómo yo mismo que tanto los criticaba, caí tan fácil en la trampa. Quizá fue por no sentirme menos hombre que mis compañeros que todos fumaban lo mismo, o por simple curiosidad. Poco tiempo después la heroína llegó a ser tan vital para mí como mi propia existencia. Cuando comencé a tratar de vivir sin ella, me ocurrían cosas terribles. Me ponía muy nervioso y no paraba ni un instante de tiritar. Me asaltaban continuas tandas de frío y luego de calor. Vomitaba durante horas hasta no expulsar más que sangre. Los calambres me recorrían el cuerpo por las piernas y la espalda y me hacían rodar por el suelo a causa del dolor. También tenía repentinas contracciones musculares, diarrea, me ardían los ojos...Quería morirme....
Sucio, sin afeitar, despeinado, embadurnado con mis propios vómitos y excrementos, yo presentaba en esos momentos un aspecto casi infrahumano. Sin comer y sin beber, adelgazaba rápidamente. La debilidad en la que me veía abatido me llevaba incluso a casi no poder levantar la cabeza.
Yo me metí a las drogas pensando vivir en un vergel o en un paraíso terrenal, pero un día me vi despierto ante una cruda realidad, con un cuerpo destrozado, envejecido prematuramente, disminuido notablemente en todas sus capacidades. Y, lo que es peor, con un interior vacío, sediento más aún de esa sed de felicidad que la droga no pudo aplacar en lo más mínimo.
Un día me metí a una iglesia con el afán de robar, aunque fuera las limosnas. Me senté en un banco y entonces sentí unas ganas locas de llorar, y de hecho lo hice, pues ya no encontraba consuelo en el mundo. Cuando más intensas eran mis lágrimas y mis quejidos, pasó por ahí un sacerdote, que sin mas ni más me puso su brazo sobre mis hombros y me recargó sobre su pecho, sin importarle que yo estuviera sucio y mal oliente. ¡Cómo descansé ese día, al tener cerca esos brazos que me expresaban acogida, ternura y aceptación!
Cuando cesaron mis lágrimas y mis gritos, porque grité de angustia pero al mismo tiempo de felicidad, el sacerdote simplemente fue poniendo en mis oídos, casi como un susurro, palabras que yo había olvidado hacía mucho tiempo, pero que removieron un mundo interior que yo no había soñado: “Padre nuestro... Padre nuestro...”.
Estas solas palabras evocaron muchas horas pasadas en oración con mi madre, ahora ya anciana y acabada, al ver a su hijo que se mostraba muerto en vida.
El resto del Padre Nuestro fue fluyendo suave pero fuertemente en mi interior: Padre nuestro que estás en los cielos, pero ya lo sentía yo muy fuerte cerca de mí... santificado sea tu nombre... yo te había enlodado, te había olvidado y ahora Tú me santificabas...
Venga tu Reino... sí, que venga, que la verdad triunfe, que ya no haya hombres que engañen y prometan reinos de felicidad que sólo consiguen cadenas imposibles de romper... hágase tu voluntad... yo siempre había querido hacer la mía, y que los demás se plegaran a mis gustos, a mis inclinaciones, a mis deseos oscuros y sensuales... dános hoy nuestro pan de cada día... yo había ido a robar y ahora encontraba quien me alimentara, quien no me pedía nada y que ahora me lo estaba dando todo...
Perdona nuestras ofensas... qué difícil decirlo... cómo yo perdono a los que me han ofendido, a mi hermano que abusó de mí cuando yo era pequeñito, a mi madre que no metió las manos para defenderme, a mi padre que no se preocupó de si yo comía o estudiaba o necesitaba de su amor y de su cariño...
No nos dejes caer en la tentación... al llegar aquí, sentía que no era yo, que era alguien más profundo a mí mismo, que gritaba pidiendo no volver a caer en la tentación... y líbranos del mal... a todos los que hemos caído en este infierno, líbranos, líbranos...”.
Mi recuperación fue lenta y dolorosa, pero ayudado por mi amigo sacerdote, yo ingresé a una clínica donde encontré amor y comprensión, y ahora vivo feliz, gritando a todos los que me encuentro, que hay un Padre Nuestro que vela con amor por sus hijos, que nos quiere entrañablemente y que nos está esperando con los brazos abiertos.