Leer Entrelíneas

La cotidianidad de la felicidad

Noviembre (2009)

¿Qué es la felicidad? ¿Por qué todos la buscan? ¿Cómo se consigue? El mundo entero la persigue, la oímos nombrar a cada instante en la radio, en la televisión, en la calle. Todo lo que hacemos y planificamos parece estar en función de conseguir la felicidad. Pareciera como si ésta fuera un espejismo, una ilusión, un fantasma al cual perseguimos sin cesar, el cual nunca logramos conjugar en presente. Hablamos siempre de la felicidad que experimentamos en un pasado lejano, o de la que perseguimos para un futuro. Pero nunca parece existir el estado de felicidad para el presente, para este preciso minuto. Es en definitiva la aspiración común de todo ser humano, sin embargo parece que pocos la han conseguido. Entonces ¿dónde se encuentra el secreto a esta tan deseada felicidad?
Hace un par de semanas iba en el carro con mi familia, ensimismada y abstraída en mis audífonos, escuchando música. Pasados unos minutos, comienzo a percatarme que la mayoría de las canciones parecen girar en torno de la filosofía de vida “vive como si el mundo se fuera a acabar mañana” con frases como “no tendrás diecisiete años toda la vida, haz lo que te plazca” y todo esto te conducirá a la felicidad supuestamente. Me empiezo a fastidiar un poco pensando qué aburridas mis vacaciones familiares, me gustaría estar de fiesta, y una continuación de pensamientos por la misma línea. Enfrascada en este mal humor, llegamos a un restaurante. El ambiente sumamente ruidoso, mi hermano pequeño gritando y molestando, y yo un tanto aturdida. Sorpresivamente sucedió en ese instante una reflexión repentina, en donde parece que tu vida hace pausa y ves todo como si estuvieras por fuera de la película. Me percaté en ese instante, al ver la sonrisa de mis padres hablando entre sí y a mis otros hermanos riendo y jugando, de mi felicidad. La escena de una simplicidad y cotidianidad total, sin embargo yacía ahí el secreto de mi felicidad. A partir de ese día, he sentido la inquietud de reflexionar y preguntarme acerca de este tan deseado estado del alma.
He llegado a diversas conclusiones, en donde comprendí que en primer lugar la felicidad se encuentra en las cosas pequeñas del día a día. En aquellos pequeños detalles que pasamos desapercibidos por lo corriente que son. Para realmente descubrir que ya somos felices hace falta mayor sensibilidad en nosotros. Abrir nuestros ojos al mundo que nos rodea, olfatear cada aroma en nuestro entorno, saborear, vivir, soñar. Llegué igualmente a la conclusión de que la felicidad no se encuentra en las circunstancias externas que le afectan a cada quien diariamente, sino en la actitud que uno tome hacia ellas, como decía el filósofo inglés Locke. Desde una simple sonrisa para mejorar esa actitud que uno toma hacia los eventos de la vida por muy sombríos que parezcan ser. Es sencillamente darnos cuenta de nuestra dicha al estar en esta tierra alegrando a los demás y gratificándonos desde los pequeños detalles e instantes de los cuales la vida está compuesta.
En segundo lugar, pienso que la esencia de nuestro problema radica en que intentamos buscar la felicidad para uno mismo. Invertimos cuantiosos minutos de nuestro tiempo llenándonos la cabeza de pensamientos que resultan siendo excluyentes para con los demás. Nos tornamos un poco egoístas al pensar en la propia felicidad. Esto no quiere decir que tener ese deseo sano y aspiración de ser feliz sea prejuicioso. Simplemente es tomar en cuenta a aquellos que nos rodean puesto que sabemos que los deseos y aspiraciones de cada quien son disímiles. Así mismo pienso que a veces hay que ceder para ayudar al otro y en otras oportunidades aferrarse a nuestros deseos siempre y cuando no ofendan ni perjudiquen al prójimo. Así pues se llega al razonamiento lógico del deber ayudar al prójimo, que ciertamente es una necesidad del alma humana. Como consecuencia es impresionante sentir la gratificación al pensar en el otro, en vez de uno mismo.
Definitivamente la felicidad viene desde adentro, desde el alma. Sin embargo, a veces pensamos que la felicidad es proporcionada por las circunstancias ajenas y exteriores. Tratamos de obtenerla a través de medios materiales, cada quien según sus gustos y ocurrencias, y al final del día se siente ese vacío que es imposible colmar sino es a través de lo más íntimo de nuestras almas. Por supuesto que el exterior influye enormemente en la persona, pero es el hombre el que determina su felicidad desde el interior. Al observar lo bendecido que uno se encuentra por la simple dignidad de ser humano y el valor que tiene cada persona en este mundo, cambiamos la perspectiva si realmente se asimila este concepto. Del mismo modo al observar las pequeñeces de las contrariedades que se van presentando a lo largo del día, se ve la existencia humana desde otro plano.
Estoy consciente que con la escasa experiencia que puedo tener como joven de diecisiete años es difícil hablar con propiedad sobre la felicidad. No obstante, lo poco que he reflexionado acerca de ella es que ésta se puede aprender y mejorar diariamente. Para ello es necesario el orden de nuestra vida. Por otro lado estoy clara que la fe es fuente de felicidad para el espíritu humano. Así mismo esa dicha de vencer el propio egoísmo y servir a los demás con entrega despoja al alma de la esclavitud del amargue y la infelicidad. Pienso que es un camino comprometido el que debemos seguir si deseamos ser felices. Sólo a través de la práctica de las virtudes, de vivir el día a día observando los detalles diarios, de influir positivamente en nuestro entorno, y de sentirse agradecidos y bendecidos por la vida se puede lograr.
Se puede afirmar, en resumidas palabras, que la felicidad plena se encuentra con Dios. Esa liberación del alma a través de la alegría es lo que nos permite darnos cuenta que en la cotidianidad, en cada día de nuestras vidas se encuentra la felicidad. Claramente el secreto de la felicidad no se encuentra en un castillo clandestino por los Himalayas, ni en un libro mágico, sino que está expuesto a los ojos de la humanidad de manera habitual e insistidamente; hace falta hacer pausa un instante en nuestras agitadas vidas y abrir los ojos para encontrarla.
Por último, démonos cuenta de que todos somos hijos dignos de Dios, únicos, con algo positivo que aportar y que a pesar de nuestras contrariedades y problemas, somos felices.

Verónica Sarría Hidalgo