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LO ABSURDO DEL ODIO

Noviembre (2009)

Podemos ver el problema que estamos viviendo los venezolanos desde diversos puntos de vista: el político, económico, social, etc. Quisiera plantear en estas breves líneas un elemento que nos perturba, nos destruye lenta e imperceptiblemente, día a día, a todos por igual: el odio.
Resulta inútil buscar sus orígenes, quién lo despertó, echarle la culpa a alguien. Pienso que para que alguien despierte el odio en mí, o pueda sembrar esa nefasta semilla, encontró en mi ser el terreno fértil o adecuado para que germinara. Si yo hubiese sido una persona evolucionada espiritualmente, por más discursos, malos consejos y demás circunstancias externas que tratasen de despertar o influir negativamente en mi alma, el
odio nunca hubiese germinado, habría muerto antes de nacer.
Los venezolanos que disfrutamos de las bondades de épocas anteriores, obtuvimos un desarrollo económico, pero ello necesariamente no se tradujo en un crecimiento espiritual. El dinero adormece, disminuye los “anticuerpos espirituales” que permiten crecer por dentro, como persona. Éramos una clase media acomodada e indiferente a la realidad social de los menos favorecidos, si se quiere poco conocedora de nuestro mundo espiritual.
Ahora que el país se encuentra dividido en dos tendencias políticas: los que apoyan al Presidente y los que lo adversan, considero que el odio está en su máximo apogeo. Todos sentimos odio. Nos adversamos como hermanos, hasta el punto de creer, que la solución a todos nuestros problemas sería la desaparición o eliminación del grupo que rechazamos. En el fondo, tanto odio tiene raíz en otro elemento nefasto: el miedo. Cada grupo tiene miedo del otro. Los del gobierno temen perder la oportunidad que han encontrado en el discurso presidencial de una vida mejor, de reivindicaciones económicas y sociales que hasta ahora no habían disfrutado; y la oposición teme perder su libertad, su sistema de vida basado en principios democráticos, propiedad, etc.
Creo que la solución, para conseguir un poco de paz en esta bella Venezuela, es separar el problema político del odio que todos sentimos. Es el odio el que no nos deja respirar, el que nos agota espiritualmente, el que crea esa atmósfera pesada que se cierne sobre nuestras familias,
nuestros conocidos y amigos. Todos debemos reflexionar: un bando y el otro, y dejar a un lado el odio que nos está consumiendo. Si yo comienzo a entender, que quien pertenece al grupo contrario es un ser humano, con un alma que no es otra cosa que un pedacito de Dios dentro de él, tan amado por Dios como yo lo soy, entonces entendería que cada vez que lo insulto, lo odio, estoy ofendiendo a una creación del Señor, a una de sus criaturas. Estoy menospreciando a mi hermano venezolano, a alguien que tiene el mismo derecho de ser feliz, como lo tengo yo. En el fondo, estoy rechazando y negando a Cristo.
El odio influye en nuestro comportamiento cotidiano. Nos hace ser injustos, desvalorizamos a los demás. Toda causa genera un efecto. Más atacamos al grupo contrario, mas odio recibimos. Es un ciclo destructivo que se retroalimenta del odio que todos sentimos. Todos somos víctimas de ese nefasto sentimiento. El que odia sufre. Cuando odiamos, negamos la existencia de Dios dentro de nuestro ser, porque Dios es amor, no puede estar presente ni lo podemos percibir dentro de nosotros. Nuestra alma se atrofia, se esconde en lo más recóndito de nuestro ser. Perdemos nuestra paz interior, nuestra serenidad que es la base de la felicidad.
Esa es la prueba que Dios nos está imponiendo:¡supera el odio!. Comienza a entender a tu hermano, al que adversas. Colócate en su posición imaginariamente y entiende sus orígenes, de dónde viene, lo que hemos sufrido todos.
Quisiera ver algún día, una marcha de un millón de personas caminando por las calles de Venezuela, con quinientos mil del gobierno junto a quinientos mil opositores, todos juntos, sin odio, sin insultos, sin violencia. Sería el fin de tanto sufrimiento, no importan las circunstancias políticas, gobernativas, ni presidenciales. Desaparecería esa nube de pecado, de negatividad que tanto nos hace sufrir, que tanto nos avergüenza como país.

MANDALA