Leer Entrelíneas

Educar hombres nuevos

Octubre (2009)

La Conferencia Episcopal Venezolana ha recordado recientemente que “la educación es tarea de todos”. Esto es así porque vivimos en comunidad. Los hombres no somos islas, especímenes “raros”, desligados unos de otros. Nuestros actos personales tienen siempre consecuencias, pues si bien es cierto que son “propios”, ningún acto humano es “aislado”. Nuestro obrar repercute en todos aquellos que nos rodean: en nuestro ámbito familiar y de trabajo, en primer lugar, y en la sociedad entera, posteriormente, como despliegue y fruto de nuestro ser.
Ahora bien, ¿qué es eso que debemos ser?
¿A qué estamos “llamados” a ser?
El hombre, por naturaleza, es “religioso”, pues hecho a imagen y semejanza de Dios, está llamado por él mismo a la trascendencia y al despliegue del desarrollo de su intimidad en la entrega sincera al prójimo. Somos todos hijos de un mismo padre y por ello responsables de todos nuestros hermanos, a quienes debemos amar en Dios. No seremos sin embargo capaces de amar rectamente al prójimo si antes no hemos sido “transformados” en Cristo. El hombre “ha de nacer de nuevo”, como dijo Jesús a Nicodemo, y no propiamente porque deba regresar al vientre materno, lo cual es imposible, sino porque ha de dejarse transformar, por Cristo, en “otro Cristo”. Estamos llamados a ser “otros Cristos”: el mismo Cristo. “Jesús simboliza cómo deberíamos ser y hacia dónde debemos tender”1. Por eso todos “somos Iglesia”. La Iglesia no la conforman exclusivamente el Papa, los sacerdotes y religiosos; Iglesia somos cada bautizado que busque, e incluso no busque, la santidad, pues a pesar de nuestros desvíos interiores, el bautizo nos ha hecho miembros del Cuerpo Místico de Cristo. De aquí que sea tan importante conscientizar que nuestros actos no son nunca aislados, pues cada vez que amamos más a Dios y al prójimo elevamos al mundo; en la medida en que desfiguramos en nosotros el rostro de Cristo, rebajamos también al mundo entero. Por eso somos efectivamente responsables del mundo, pues “racimos de vidas humanas cuelgan de la nuestra”2 .
Dejarnos renovar por Cristo tiene consecuencias de gran alcance; por eso los santos han transformado sociedades enteras. Su unión con Dios los ha hecho obrar en el mundo según el corazón de Cristo, según su urgencia por salvar almas y hacerlas felices. De aquí que las palabras de san Josemaría sean tan relevantes: “Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres
“suyos” en cada actividad humana.
–Después… «pax Christi in regno Christi»- la paz de Cristo en el reino de Cristo”3 . La santidad da frutos duraderos porque, en el fondo, el obrar del santo es el obrar de Dios a través de un hombre que libremente se ha dispuesto a dejarse transformar. Por eso “(…) ser santo entraña ser eficaz, aunque el santo no toque ni vea la eficacia”4 .
Ahora bien, ¿Cómo seremos de Cristo? Una vez bautizado, el cristiano debe procurar ir creciendo, en definitiva, en la fe, en la esperanza y en la caridad, pues las tres virtudes teologales “constituyen el dinamismo esencial de la vida cristiana”5. Por la fe creemos cada vez con más firmeza en Dios y en sus promesas; por la esperanza adquirimos una mayor certeza en la realidad de las promesas divinas, lo cual confiere una fuerza íntima que nos hace fieles a Dios y audaces en el obrar. Por la caridad, amamos cada día más fuertemente a Dios y al prójimo. “Todos los demás aspectos de la vida cristiana (la oración, los sacramentos, todas las gracias que recibimos de Dios –incluidas las experiencias místicas más sublimes-) no persiguen más que un solo fin: aumentar la fe, la esperanza y la caridad. Si no es éste su resultado, no sirven absolutamente para nada”6 .
Dejarse transformar por Cristo es sencillamente una aventura, pues nada nos hace más capaces de obrar con determinación, derecho a nuestro fin. La oración nos hace fuertes y realistas, pues en la medida en que nos acostumbremos a ver a Jesús cara a cara, advertiremos poco a poco cómo somos nosotros y cómo es El; en esa misma medida nos dejaremos transformar por la gracia que se nos da en la confesión, una vez reconocidas nuestras culpas, pues sólo allí somos perdonados y reconfortados. La participación en la Santa Misa y la comunión, nos asociará al sacrificio redentor de Cristo por la humanidad entera, y sólo en Cristo salvaremos almas. Sólo así, por medio de la frecuencia consciente y asidua de los sacramentos, el Espíritu Santo formará a Cristo en nuestras almas. Ese es, pues, el hombre nuevo al que debemos tender; ese es el hombre nuevo del que Jesús hablaba a Nicodemo.
Educar a los hijos en la fe, sentirse responsable de que la sociedad entera se eduque en la fe, es ciertamente un deber, además de un derecho, pues la renovación del mundo comienza en lo más íntimo de nuestros corazones, y sin un corazón purificado, ¿a dónde iremos?
La educación es tarea de todos porque todos somos responsables de la felicidad y de la salvación de todos aquellos que nos rodean. El amor a los hombres y el deseo de su salvación es fruto del amor a Dios. En la medida en que seamos otros Cristos sentiremos en nosotros el peso de las almas: en esto consiste procurar ser el hombre nuevo que Dios quiere. Este hombre ha de serlo según la medida del corazón de Cristo.
Todos hemos de ser evangelizadores de esta novedad, pues educar a nuestros hijos y jóvenes en general, amigos y compañeros de trabajo, familiares y desconocidos, supone mostrar a todos el sentido de la vida. Cristo ha mostrado al hombre la verdad sobre sí mismo. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”7, pues Dios se hizo hombre, como bien dijo san Agustín, para que el hombre se hiciera Dios 8. Dios ha buscado al hombre porque lo he hecho para Él. Así, por ser reales sus promesas constatamos, en la vida ordinaria, que nuestro obrar carece de sentido sin un fin trascendente, sin una respuesta real acerca de nuestro fin último.
Las crisis de nuestras sociedades reflejan las crisis de nuestra relación con Dios; pretender, por eso, sacar a Dios de las escuelas, agudizaría una crisis que ya es severa.
Los cristianos debemos conscientizar que nuestro papel es de gran trascendencia. Debemos acelerar, si cabe decirlo así, la intensidad con la que estamos procurando amar a Dios, pues la inquietud por el bien del prójimo debe movernos a quererlo ayudar y formar. La amplitud del corazón de Dios se manifiesta en todos aquellos que buscan amarlo con sinceridad. Por eso es natural que todo cristiano sienta la responsabilidad de “educar a todos”. La despreocupación, por el contrario, de la formación de los demás, no obstante nos sean desconocidos, es signo de un corazón endurecido, egoísta, y cerrado al amor, pues el amor es por naturaleza difusible; de aquí que a todos competa la formación de la sociedad entera, pues la educación es, como bien decía Don Bosco, “un asunto del corazón”. Examinemos, pues, el nuestro.

Ofelia Avella de Sanabria / ofeliavella@cantv.net


1 Joseph Ratzinger, Dios y el mundo, Publicado por El Nacional,
Caracas 2005, pág. 244.
2 M.M. Philipon, Los dones del Espíritu Santo, Ediciones
Palabra, Madrid 1997.
3 Camino, 301.
4 San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, 920.
5 Jacques Philippe, La libertad interior, Ediciones Rialp, Madrid,
2005, pág. 108.
6 Ibid.
7 Constitución «Gaudium et spes», 22.
8 Serm. VI Sobre la natividad. 5