Leer Entrelíneas

¿Perdonar siempre? ¿Y a todos?

Abril (2012)

Creo que una de las cosas más difíciles que puede existir en esta vida es perdonar a nuestros enemigos, sobre todo cuando se trata de cosas terribles como perdonar al asesino o violador de un hijo, a alguien que nos roba algo y quedamos en la quiebra, etc.
Y resulta que es verdad que nuestro corazón no debe guardar rencor, y que debemos perdonar siempre y a todos; pero también es verdad que para algo existe la justicia aquí en la tierra. Esa justicia que debería ser intachable y castigar a todos aquellos quienes cometen un acto malo. Porque una cosa es perdonar, y no sentir odio en nuestro corazón por la persona que nos ha hecho daño o que le ha hecho daño a infinidad de personas, y otra cosa es que esa persona, por el hecho de que ha sido perdonada no pague sus errores con un castigo justo. Así de clarito.
Pero lo que sí tenemos que sentarnos a reflexionar seriamente, y sobre todo en estos momentos en que se respira tanto odio y división en nuestra amada Venezuela, es que nadie debe hacerse partícipe del odio y de la maldad. A todo aquél a quien vemos que injuria, insulta, daña o maltrata al prójimo, o a nosotros mismos, debemos perdonarlo porque como decía Jesucristo: “No saben lo que hacen”. Y si lo saben allá ellos con su conciencia, que no los deja dormir en paz porque saben que están actuando mal.
Pero lo que sí es muy importante es que no nos llenemos de rabia y le deseemos mal a esa persona porque caeríamos en el mismo hueco en el que ésta está. ¿Y saben qué es lo mejor para no desearle mal a nadie (por más malo y perverso que sea)? Rezar por esa persona, rezar para que pida perdón por el mal que ha hecho y pueda convertirse en un hombre bueno; y sobre todo
para que cuando le llegue la hora de morir pueda ganar el premio de la vida eterna.
Tal es el odio que se respira en nuestro país que me he llegado a encontrar con cristianos a quienes les digo que debemos rezar para que quienes están actuando mal se conviertan y puedan llegar al Cielo, si llegan a morirse, y me dicen: “Realmente a mi no me importa para donde se vaya”. Pues sí debe importarnos (¡Y mucho!) porque todos somos hijos de Dios y Dios vino a salvarno a unos pocos sino a todos. Y nosotros no somos nadie para juzgar a una persona que está actuando mal porque no sabemos por qué hace lo que hace. Nosotros debemos querer que todas las personas, por más malvadas que sean, se conviertan y puedan gozar del amor de Dios.
Porque a fin de cuentas el hombre está hecho para el amor y no para el odio. Y si no me lo creen hagan un experimento por varios días y empiecen a desearle la conversión y el bien a sus enemigos para que vean como el corazón se les va llenando de una paz que no podrán describir con palabras.
Así que cada vez que veamos a alguien insultando, despotricando, cometiendo actos blasfemos, injuriando, maltratando, robando, matando, etc., no le deseemos mal ni con las palabras ni con los pensamientos. Comencemos a rezar por ella (la oración que se sepan) y digámosle o ¡gritémosle! a Dios que ese corazón se ablande y pueda convertirse en una persona que se de cuenta del mal que ha hecho o está haciendo; y que él mismo pida pagar sus culpas con la justicia, ya aquí en la tierra.
Porque cuando perdonamos nosotros somos los mayores beneficiados. Y el mejor lugar para empezar a perdonar es en nuestra casa con nuestro cónyuge, con nuestros hijos, etc. Si vivimos en la onda del perdón y de la oración nuestra vida se volverá inmediatamente más alegre, más serena, más positiva, por más problemas que estemos atravesando en esos momentos. En pocas palabras, lograremos vivir en Paz con nosotros mismos y le haremos la vida más agradable a los demás.
Y si nuestras súplicas no logran el cambio o la conversión de esa persona que nos causa daño, por lo menos nosotros sí dormiremos muy tranquilos porque pudimos estar por encima de ese lodo podrido que es el odio, el rencor y el deseo de venganza. Así que a perdonar a todos ¡No sólo siete veces, sino setenta veces siete!

María Denisse Fanianos de Capriles