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Decálogo para la convivencia CONYUGAL

Abril (2013)

A continuación expongo un esquema en diez puntos que resume los aspectos esenciales de la convivencia de la pareja. Intentamos evitar el tópico, por un lado, y las consideraciones demasiado abstractas, por otro. La tarea no es fácil. Ahí van los diez objetivos y su intento descriptivo de cada uno:

Estar siempre dispuesto a dar y recibir amor. Lo que significa estar abierto a que la afectividad fluya entre ambos como una corriente de ida y vuelta. El amor es entregarse a la otra persona buscando lo mejor para ella, el bien. ¿Qué es el bien? No es fácil dar una definición precisa y breve, pero podemos decir que el bien es lo que todos apetecen, o, dicho de otro modo, aquello que es capaz de saciar la más profunda sed del hombre. El bien es el grado más alto al que se puede aspirar, la totalidad, la perfección. En el amor entre un hombre y una mujer siempre debe haber una aspiración elevada que les haga tender hacia lo mejor, a
pesar de las dificultades innatas que entraña toda convivencia humana.

Dar y recibir constituyen un movimiento de flujo y reflujo sentimental en el que se intercambian reforzadores positivos entre ambas partes: gratificaciones verbales, conductas de comunicación positiva, buena interacción psicológica, mensajes de recompensa, etc. El amor es el acto supremo de la libertad; por eso lo que más puede llenar la vida humana es un gran amor en el corazón. El mejor amor de la pareja es aquel que apunta hacia una progresiva coherencia, y eso sólo se consigue a base de esfuerzos insistentes en esa dirección.

En la vida conyugal lo importante es lo pequeño, lo menudo. Por eso hay que cuidar los detalles, esos que hacen amable y llevadera la convivencia. En la psicología operativa moderna -conductismo, psicología cognitiva y conexionismo- principalmente esta afirmación tiene un enorme valor. Gottman y colaboradores (1989) han descrito el denominado modelo de cuenta bancaria para referirse a ese intercambio de conductas positivas y gratificantes que, por lo general, tienen un contenido insignificante, escaso en sí mismo, pero que, cuando se cuida o descuida, traduce muchos y relevantes significados.

Una persona muy susceptible puede llegar a convertir la convivencia en algo insoportable. Por tanto, la hipersensibilidad, la piel psicológica excesivamente fina, el sentirse dolido por cuestiones de matiz es algo que hay que luchar por corregir antes que la vida en común de la pareja entre por unos caminos negativos.

Evitar discusiones innecesarias. Aquí hay que poner el máximo empeño. Rara vez de una fuerte discusión sale la luz. Suele servir más como desahogo y reprimenda. Una pareja que frecuentemente cuando habla lo que hace es intercambiar quejas, acusaciones y agresiones verbales, va por un camino muy peligroso, ya que esas cosas, dichas en un momento en que la cabeza deja paso a la pasión, a la larga no se olvidan. Marcan una huella y alimentan la llamada lista de agravios.

Si no se ha podido evitar lo anterior, hay que tener capacidad de reacción y no dejar que esa situación vaya a más; que no pasen horas o días sin hablarse, ni haya gestos serios y negativos, conducta encerrada en uno mismo o, lo que suele ser peor, aunque ocurra soterradamente: lenguaje interior hipercrítico del cónyuge (a esto se le llama lenguaje cognitivo negativo). Después procurar siempre pedir perdón, tener un gesto de aproximación o ensayar fórmulas menores de reconciliación inmediata antes de que aquello vaya a más. Buscar, con mano izquierda, tras esos momentos de dificultad, alguna pequeña solución de cara al futuro, para que ninguno de los dos se sienta demasiado derrotado. Alcanzar pequeños acuerdos constructivos.

En la vida de pareja hay que saber qué tan importantes son las palabras (lenguaje verbal) como los gestos (lenguaje no verbal) y la conducta (el comportamiento es siempre comunicativo). El esfuerzo por tener buenos modales y formas educadas crea un clima positivo en el que todos luchan por mejorarse. Muchos trabajos de investigación sobre las diferencias de comunicación entre parejas bien avenidas y parejas en conflicto (Gottman y colaboradores, 1977; Porterfield, 1983; Davidson y colaboradores, 1987; Retting y Bulboz, 1989; Resick y col., 1990) ponen de manifiesto que entre ellos existen serias discrepancias en la interpretación de los símbolos. Así, en las parejas con problemas se observan muchos malentendidos, errores en la comunicación, distorsiones de los mensajes verbales y no verbales, una mayor proporción de desacuerdos y unas habilidades de escucha y reconocimiento del cónyuge muy limitadas.

De ahí que la terapia conyugal intente en buena medida entrenar a los cónyuges en habilidades para la comunicación, concretamente en tres sentidos realmente importantes: respeto, a través del cual ambos reconocen explícitamente la dignidad del otro y lo muestran con palabras, gestos y acciones; comprensión, que aunque es más difícil de delimitar comporta siempre un proceso complejo que conduce a ponerse en el lugar del otro alternando los marcos de referencia desde donde se parte, y por último, delicadeza, que no debe desatenderse si se quiere que la relación no pierda esa frescura del trato diario; hay que ser atento, afectuoso y esmerarse siempre en dar lo mejor que uno tiene.

Para que una pareja se mantenga con cierta firmeza es clave procurar que no salga la lista de agravios. En muchas ocasiones ésta es arrastrada por una situación de tensión, un roce o simplemente el cansancio de uno de los dos cónyuges. Dice una leyenda oriental que «la palabra es plata y el silencio es oro». Aprender a callar en ciertas circunstancias es el mejor argumento a emplear. En algunas parejas esto se ha tornado casi imposible, pues brotan con fuerza los exabruptos, los insultos, las palabras duras y las groserías que abren una brecha muy grave; de no corregirse a tiempo, puede ser el principio del fin.

Tener el don de la oportunidad para plantear cuestiones más o menos conflictivas o tomar decisiones de cierta importancia. Éste es un arte especialmente importante para la convivencia, que se aprende con empeños repetidos y entrenamiento. Saber comunicarse en el mejor momento y el lugar más factible es algo que no se debe perder de vista. Junto a ello es básico seguir un cierto orden en los temas a tratar, no pretender tocarlos todos al mismo tiempo. La imagen del hombre que llega a casa muy cansado y cuya mujer le plantea un par de problemas más o menos importantes es algo que hay que desterrar para mejorar el contacto mutuo. En contraposición, la mujer se vuelca con su marido, con naturalidad, descargando su día denso y apretado de trabajo, ayudándole a relajarse.

El amor entre un hombre y una mujer no es algo vago y difuso, aunque nos cueste definirlo. Consiste en un intercambio de recompensas actuales y prospectivas que requieren un aprendizaje. Hay que adentrarse en la tupida red de realidades que lo atraviesan. Por eso, articular dos vidas no es algo fácil que se consigue sin más. La adquisición de pautas amorosas se mueve entre el equilibrio de una compenetración, que se va alcanzando poco a poco, y la necesidad de introducir pequeñas sorpresas agradables que rompan la monotonía.

Es preciso buscar los campos magnéticos para cada pareja: puntos de atracción recíproca que hay que compartir y poner en práctica. Una de las grandes alegrías de la vida es tener un matrimonio fuerte al que se ha llegado tras repetidos esfuerzos por corregir lo que no va bien y añadir los elementos psicológicos necesarios que estaban ausentes. De este modo se remata el proyecto personal de cada uno.

10º Para lograr una adecuada estabilidad de la pareja es necesario adquirir habilidades para la comunicación. Ésta es una tarea diaria, lecciones que hay que ir aprendiendo de modo secuencial: dejar hablar al otro; escucharle con atención hasta que termine; hacer comentarios y observaciones cuidando el volumen y el tono de la voz; buscar siempre modos respetuosos, evitar acusaciones o descalificaciones; no dar nada por sobreentendido, sino ajustarse a la realidad del discurso; huir de la ironía sarcástica, la crítica mordaz y los gestos despreciativos, que suelen tener consecuencias muy negativas, porque alejan y fomentan un clima psicológico enrarecido; tener cuidado con las interpretaciones erróneas de palabras, frases, gestos o actitudes... por eso, si es necesario, pedir explicaciones aclaratorias, siempre con un tono moderado, sin perder la calma; ser capaz de centrar la atención en un tema y no pasar a otro sin haber concluido con el que se tiene entre manos; preguntar al cónyuge en qué forma concreta podría cambiar uno para mejorar la relación; evitar expresiones irreconciliables del tipo «no te tolero», «es inadmisible», «que sea la última vez», «eres incorregible», «no aguanto tu actitud», «siempre quieres llevar la razón»...

Todo discurso demasiado tajante y categórico impide el acercamiento. También es bueno tener presente que hay cosas negativas del otro que están muy arraigadas y que es difícil que desaparezcan; en tales casos procurar no hablar de ellas, obviarlas, tener la habilidad de esquivarlas y centrarse en otras áreas positivas. No olvidemos que el amor conyugal es entrega, donación y también aceptación del otro.

Enrique Rojas: Remedios para el desamor. Ed. Temas de hoy.
Madrid, 1998, pp. 232-237.