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Guía para ser un buen empresario (II/II)

Diciembre (2011)

Cuando estos temas se abordan únicamente desde la perspectiva doctrinal, dejan un gran sabor de boca.
Los problemas empiezan cuando es necesario trasladar estos conceptos a la vida diaria de la empresa y del empresario.
Éste es el primer eje propuesto en la Encíclica Caritas in Veritatis de Benedicto XVI. No es una dicotomía ni una realidad totalmente disfuncional y divorciada. La vida del empresario –virtudes, defectos, limitaciones, hábitos, creencias, ritos, rituales, concepciones y visión del trabajo humano– se reflejan casi en automático en la vida de su empresa, pero también en la vida personal y familiar de los empleados.
En efecto, en las empresas en las que existe un líder que asume su responsabilidad social, esto se transmite hasta llegar a los hogares de sus trabajadores. A eso se le llama “mimetismo del líder”. Los empleados hablan, caminan, trabajan, se relacionan, exactamente como ven que el empresario lo hace.
Si para el líder la calidad en el servicio al cliente es una prioridad en la empresa, sus empleados pensarán igual.
El comportamiento se reproduce, se duplica, porque aún cuando el empleado no entienda bien lo que se hace y las razones por las que se trata en esos términos a los clientes, lo va a practicar porque percibe que “esa calidad en el trato al cliente”, es tan importante en su trabajo, que “hasta el gerente lo hace”.
Desde luego, se requieren políticas de calidad concretas que se traduzcan en comportamientos específicos.
Nada al aire o a la imaginación. El liderazgo ejercido tiene una conexión ética y empática, no se desvincula de los trabajadores, por ende, no puede ser autoritario, soberbio o prepotente al ejercer el mando. Por el contrario, entiende y está cercano a la formación integral de los empleados.
De aquí, las políticas para el capital humano –no para los mal llamados “recursos humanos”– abarcan la calidad humana del empleado y su calidad de vida laboral, incluida una proyección de crecimiento personal y profesional.
El líder cristiano, como empresario, ofrece un trabajo digno. No ofrece sueldos y prestaciones, sino la posibilidad de crecer junto con la empresa. De aquí, la capacitación se transforma –de una obligación legal con la que es necesario cumplir– en una tarea de primera prioridad para potenciar el capital humano de la empresa, impulsando la autorealización del trabajador, como bien lo definió Maslow.
Es decir, el empresario cristiano no propicia que sus empleados “piquen piedra”, sino que, por el contrario, logra compartir con ellos la misma visión, para “construir Catedrales”. Este comportamiento de directivos y empleados, es lo que provoca la Mística de la empresa.
Cumplir con la responsabilidad social que posee el liderazgo del empresario cristiano, no resulta nada simple. Pero, ya es hora de empezar.

René Mondragón / www.yoinfluyo.com