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Madre, ¡Quiero ser sacerdote!

Diciembre (2012)-Enero (2013)

“Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decidan seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose.
Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).
Los padres deben mirar a sus hijos como lo que son: una obra de Dios. A los padres, con la colaboración libre y desprendida al engendrarlos, confía su educación, su amor, y su cuidado en el amor que hemos recibido de Dios. Él ha sido el primero en amarlos, guiarlos, formarlos y acompañarlos para que saquen lo mejor que llevan dentro. Solo Él, sabe lo mejor para ellos. Dios tiene sus planes para cada uno, que no siempre coinciden con los nuestros. No temamos. Aunque humanamente nos cueste, nuestra felicidad y la de nuestros hijos depende de la aceptación y cumplimiento de los planes de Dios. De nosotros depende, en gran medida, que nuestros hijos escuchen la llamada de Dios, que respondan a ella afirmativamente, y que perseveren en su decisión hasta el final.
Los padres, como simples colaboradores, ayudamos a nuestros hijos, con humildad, desprendimiento y mucha oración, a descubrir qué plan de amor tiene Dios para ellos. Y de eso las madres sabemos mucho. Pascal dijo una frase que se ha repetido muchísimo: “el corazón tiene razones que la razón no puede entender”. Y nuestra condición femenina, con la intuición y la afectividad necesaria para cuidar la vida, nos lleva a intuir sus barruntos de vocación.
Puede que una mujer tenga poca formación o mucha, de alta o baja inteligencia, pero la intuición y la riqueza de sentimientos salva todas las barreras y las sitúa más cerca del misterio de la vida. Un ejemplo de ello lo podemos constatar en Eliza Vaughan, madre de seis sacerdotes y cuatro religiosas, de la que cuenta que cuando Herbert, el hijo mayor, a los dieciséis años anunció a sus padres que quería ser sacerdote, ella, que había rezado mucho por esto, sonrió y dijo: “Hijo mío, lo sabía desde hace tiempo”.
Con estas cualidades innatas la mujer está dotada para dar vida a la humanidad y humanidad a la vida. Él nos preparó desde la eternidad, concediéndonos todas las ayudas necesarias, para nuestra misión. Sus caminos exceden a nuestra comprensión por lo que sería una inconsciencia ponerle trabas en algo tan serio y trascendente como la vocación de los hijos, un signo de predilección divina. Ante la llamada de Dios a un hijo debemos actuar con mucho sentido común, por supuesto, pero sobretodo con mucho sentido sobrenatural. Debemos acoger con alegría y reconocimiento, con respeto y desprendimiento, la llamada del Señor para con nuestros hijos. Su vocación es un honor, una bendición, una caricia muy especial de Dios, no sólo para él sino para todos los miembros de la familia.
En el libro La Madre del Sacerdote, su autor, Juan de Yepes, lo cuenta de una manera entrañable y difícil de mejorar. Dice así:
“Quizá, con algo de rubor un día te lo dijo entre sonrisas.
Quizá tú misma, discretamente, al observar sus inclinaciones y sus gustos, se lo sonsacaste, mientras te abrazaba contento.
¡Oh!, empujar indebidamente, jamás. En nada hay que respetar más la libertad como en la elección del estado de los hijos…
Tu alma se ha inundado de gozo y de santa inquietud alborozada…
Ahora…a cultivar la vocación de tu hijo con esmero. ¿O te vas a oponer a ella?
No lo quiero ni pensar…
Da gracias a Dios muy hondas y sentidas, y abre tus manos para proteger la llamita que se levanta en el alma del pequeño, no sea que soplen los vientos y la apaguen. Abriga la semilla caída del cielo en los surcos del alma de tu hijo, para que pueda germinar.
Porque la vocación, aún viniendo como viene de Dios, exige cooperación por parte de los hombres, cooperación del mismo llamado y cooperación de los que le rodean.
Que se instruya bien en religión por buenos maestros, mejor, por sacerdotes. Que le orientes tú misma en la senda de la piedad sólida. Que procures confiarle ya de alguna manera a algún sacerdote, de quien él guste, para que si a ninguno manifestó sus deseos, a éste lo haga y se guíe por lo que aquél le aconseje.
Que encuentre en ti el cariño necesario para su vocación.
Y cuanto antes llévale… Al seminario…
Quizá te cueste un poco la separación. Pero es importante el que así sea. En aquel retiro acogedor, en la lenta formación de un día tras otro, en aquella vida de santidad, de estudio, de gimnasia del espíritu, de alegría sincera, de disciplina elevadora…tiene que ir madurando la vocación de tu hijo.
Tú, desde lejos, cultívala con la oración”.
¡Que difícil es dejar volar a los hijos! Quizá te cueste un poco la separación, es natural, pero no por ello te debe invadir la tristeza. Está en buenas manos, es feliz, y está en el lugar adecuado para recibir una rica educación humana y espiritual imprescindible para su misión. Cuando se ama a Dios, como lo hace tu hijo, los demás, empezando por la propia familia, se convierten en el centro de sus pensamientos y sus oraciones. Cuando te invadan los sentimientos propios de
“amor de madre” no te dejes llevar por el dolor y la queja. Acéptalos con serenidad. Llora si te duele. Si. Pero ofrece tu dolor por la fidelidad, la perseverancia, la santidad y las actividades apostólicas de tu hijo.
No te dejes amedrentar por el desconsuelo ni la nostalgia. Al contrario, háblalo con
María Santísima. Ella, la Madre por excelencia, comprende como nadie lo que te ocurre, se preocupa de tus cosas, te disculpa, te regala su sonrisa y sus cuidados. Imítala en su generosa entrega, su desprendimiento, su confianza, su obediencia, y su abandono en las manos de Dios para servir a Su Voluntad. Y pídele ayuda y su protección maternal. Ella te acompañará y te enseñará una nueva manera de experimentar tu dolor transformándolo en una actitud de fe, esperanza y amor. No estás sola, María nunca falla porque es madre. Y recuerda: “Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!”(San Josemaría, Camino, n. 513)
Y celebra la vocación de tu hijo, agradécela, llénate de alegría y comparte su gozo y alegría. Ofrece tu dolor por la perseverancia y fidelidad de los sacerdotes, por la unidad de la Iglesia, por la persona e intenciones del Santo Padre, por….
Hay tanto por lo que ofrecer nuestro dolor….

Remedios Falaguera / www.Catholic.net