Leer Entrelíneas

Un sabiondo en el tren

Enero/Febrero (2007)

Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice: "Parece mentira que todavía cree usted en esas antiguedades...". "Así es. ¿Tú no?", le respondió el anciano. "¡Yo! -dice el estudiante lanzando una estrepitos a carcajada-. Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia". "¿La ciencia? -pregunta el anciano con sorpresa- No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?". "Deme su dirección -replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector-, que le puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar". El anciano saca de su cartera una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: "Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París". El pobre estudiante se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la humanidad. Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones religiosas.