Leer Entrelíneas

Autoridad y sensatez para todas las edades

Enero-Febrero (2008)

La autoridad es mucho más que marcar límites o normas sensatas. Es preciso construir el entendimiento de grandes y pequeños, para que éste anime, en todos, un mayor anhelo de bien, punto de salida para mover nuestra voluntad

¿Para qué debe servir la autoridad?
Es claro que no principalmente para que quien mande se sepa obedecido y controlador de los demás.
En educación escolar y familiar hay un objetivo clave, que no se aleja mucho de la verdadera misión de cualquier responsable político o institucional, si es que desea evitar el autoritarismo. Esto es, ayudar a construir la libertad de hijos y educandos, una libertad creativa. Entonces, la capacidad de obrar de acuerdo con la razón, alimenta el reconocimiento de la autoridad como un bien. Y también ayuda a ejercerla, cuando sea preciso, con verdadera generosidad y eficiencia.
Es así como hijos y alumnos crecen en el gobierno de sí mismos, tienen capacidad de ser autoridad para ellos mismos. Frente a un acto mal realizado verán atractiva la posibilidad de mejorar, incluso la satisfacción por haber sido sensatos y haber rectificado. Se es consciente de la propia dignidad y se la defiende.
Padres y educadores han de poder planificar, concretar actuaciones bien fundamentadas y con objetivos adecuados a la edad, actitudes y aptitudes de sus hijos o alumnos.
Aunque el niño o niña debe saber lo que hace mal, no hemos de hundirlo con nuestras correcciones. Si es necesario reprender, lo haremos a solas, aunque sea preciso esperar.
Un fruto seguro, y muy gratificante, será la sinceridad con la cual siempre responderán a una exigencia benevolente.
Y es que, no es un objetivo planteable para ellos poder salir con éxito tras un recuento de premios y castigos. Ni siquiera busquemos que reaccionen con algunas buenas respuestas puntuales. Lo que más importa es que, libremente, rechacen la mala conducta y se inclinen y se dejen atraer hacia el bien.
Algunas ideas, clasificadas por edades, sobre cómo pueden ejercer bien la autoridad padres y educadores:

De 0 a 4 años
Con el nacimiento de un hijo, el padre se implica más y la maternidad es clave en el desarrollo. Interesa combinar exigencia y cariño. La capacidad de exigir la han de ejercitar papá y mamá a través del orden y normas en el hogar a la hora de comer, dormir, etc. Si es preciso debemos acompañar físicamente al niño para cumplir lo acordado, especialmente en los primeros años de vida donde podemos enseñarles a ser ordenados con sus juguetes. Algunas sanciones inmediatas y leves se pueden aplicar como sentarlos uno o varios minutos en un rincón. Interesa distinguir claramente lo importante de lo secundario y no ablandarse ante los llantos caprichosos de los niños y niñas de esta edad.

De 4 a 7 años
A esta edad han de poder empezar a controlar claramente los impulsos, aguantar algo molesto y esperar con paciencia algo que agrade mucho. Está comprobado que los niños a quienes se les enseña a controlarse en caprichos y gratificaciones desde pequeños son más felices y exitosos en la vida cuando crecen. Ahora los niños razonan mejor y han de ser más controladas las desobediencias. Dar más explicaciones sobre los límites y el por qué de ciertas normas.
Es preciso pensar bien qué exigir, qué encargos de servicio proponer, qué hábitos o virtudes trabajar especialmente. Estas edades son propicias para inculcar virtudes de servicio en los hijos quienes están dispuestos con la mayor alegría del mundo a servir en su hogar o en su escuela.
Sancionar evitando que quede rencor en los hijos o alumnos. Debemos educar con un equilibrio fundamental entre la firmeza y la ternura.
Es de suma importancia la sintonía entre padre y madre para valorar equilibradamente el comportamiento de las criaturas y darles órdenes o normas que no se contradigan.

De 7 a 10 años
¡Actuar siempre que sea preciso! Ahora, especialmente, las criaturas pueden aceptar gran número de obligaciones o responsabilidades. Tienen cierta autonomía en desempeñar tareas que entrañan esfuerzo.
Es preciso medir mucho las sanciones y nuestras reacciones ante la desobediencia.
Han de ver lo bueno, coherente y adecuado de las normas establecidas. Tienen que entender y vivir, principalmente a través del ejemplo de los padres y educadores, que las normas existen para que ellos vivan felices.
Motivar de manera creativa que ejerciten el sentido común para superar los límites, en caso de necesidad, pues éstos no son un fin sino un medio. No cumplir por cumplir.

Preadolescencia
Hemos de ser capaces de lograr un ambiente cordial en la convivencia con jóvenes preadolescentes. Hemos de trabajarnos el “prestigio” hacia nuestros hijos y alumnos a través, nuevamente, del ejemplo.
Evitar “coleguismos”. Somos padres y madres o maestros, no somos simplemente amigos.
Mostrarles valores atractivos y altos ideales. Esto se logra a través de la comunicación y el tiempo que les dedicamos con la conversación y con nuestra disposición siempre a escucharlos.
Debemos tener paciencia ante las pequeñas rebeldías.
La comunicación entre padre y madre es importante para contrastar datos.
Debemos evitar dramatismos.
Hablar con profesores y otros padres para compartir experiencias.
Intuir deseos que puedan tener (lo lograremos si compartimos mucho con ellos).
Que vean y entiendan que un NO, puede ser un SÍ a algo mejor.

Adolescencia
Personalizar el trato.
Pasar de unas normas familiares a unos límites individuales. Que las críticas y correcciones vayan combinadas con elogios.
Evitar por todos los medios ira o agresividad.
Orientar en la priorización de objetivos.
Mostrar comprensión y respetar su privacidad.
Dar más libertad y autonomía según la responsabilidad demostrada.
Mandar, aún a riesgo de equivocarnos, en los siguientes temas:
- Voluntad: Orden y esfuerzo para conseguir un objetivo. Ayudarles a organizarse.
- Afectividad: Facilitar que vean que el amor va unido a la renuncia y al servicio.
- Inteligencia: Diálogo continuado, intercambio de intimidades.

Para mejorar la comunicación-prestigio-autoridad con adolescentes importa mucho que nos vean animosos, sinceros y luchadores.
Debemos establecer normas y límites de común acuerdo.
Imprescindible será nuestra coherencia y confianza y la disponibilidad para hablar y escuchar sin prisas.
Preparemos temas que veamos necesario sacar en la conversación, aunque puedan ser embarazosos.
Sea como sea, a todas las edades, será preciso trabajar por una educación amable, alegre, integradora. Pero no olvidemos que para educar bien hemos de acercar a los hijos y alumnos, y acercarnos nosotros, a la realidad, a la naturaleza de las cosas.
No veamos como ya suficiente el hecho de marcar límites o normas sensatas. Es preciso construir el entendimiento para que éste anime, en todos, un mayor anhelo de bien, punto de salida para mover nuestra voluntad.
Junto a eso el buen humor y el optimismo son idóneos para reflexionar, para encontrar pautas de conducta que sumen, que ayuden a mejorar. Así, todos responderemos a la necesidad de sentirnos amados, apreciados, de aprender, de saber, de ser felices, que tenemos las personas.

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