Leer Entrelíneas

RECUPERAR los VALORES perdidos

Enero-Febrero (2008)

Al comenzar este nuevo año es importante que nos detengamos un momento para reflexionar por qué están desapareciendo aquellos valores que aprendimos en la infancia y se están desarrollando, a una gran velocidad, unos anti-valores que nos “quieren vender” como los verdaderos y que están causando serios problemas a niños, jóvenes y adultos del mundo entero.
Hace pocas décadas teníamos la certeza que existía castigo para los verdaderos criminales; que se defendía el matrimonio hasta la muerte; que se respetaba a padres y maestros; que se educaba con esmerada atención y disciplina a los hijos; que se veía con mala cara, y escondía, todo lo que sonara a robo, deshonestidad, infidelidad, irresponsabilidad, mediocridad, etc. Quienes cometían actos de este tipo trataban de ocultarlos, porque en el fondo sentían vergüenza ante los demás (existía todavía la conciencia de lo que era malo y lo que era bueno).
Pero, ¿qué es lo que ha pasado en estos últimos años, cuando vemos que el descaro ante los actos inmorales es cada vez mayor, venga de un ciudadano común o de un presidente de una nación? Es más, quien actúa íntegramente es visto como un tonto y muchas veces llega a ser relegado del grupo político, social, profesional o de sus compañeros de estudio.
En cuanto a la actitud que muchos toman cuando se les habla de esforzarse; trabajar duro; ganar el dinero honestamente; no gastar en cosas innecesarias; ayudar a quienes más lo necesitan; ser responsables y sacrificar muchas cosas para educar bien a los hijos; educar a estos con normas y disciplina; más vale que no. Tildan a esa persona de extremista, anticuada y de “poco viva”. Es que lo mejor y más fácil, según algunos, es ganar la mayor cantidad de dinero posible en el menor tiempo posible (no importa cómo); es estar hasta altas horas en la oficina o con los amigos para no llegar a la casa y tener “que calarse” a los niños; es vivir derrochando lo que se gana para complacer los caprichos propios o de los hijos, etc.
En conclusión, se cree que la vida que da felicidad es la que evita todo esfuerzo y sacrificio, que nos haga salir del “hábitat de placer”, del consentimiento de los deseos y del cuidado personal.
A veces uno se cuestiona si lo que pasa no es culpa de muchos de nosotros mismos, quienes ante actitudes negativas que vemos en personas conocidas nos quedamos callados por vergüenza o por un falso respeto a la libertad de los demás.
Es que lamentablemente lo que ahora da vergüenza no es la pornografía, la infidelidad, la vanidad (ahora muchas fiestas de niñas desde que están en preescolar se celebran en la peluquería), la irresponsabilidad, la despreocupación por los demás (incluyendo a los propios hijos o padres ancianos), el derroche, etc., sino más bien todo lo contrario.
Lo que da pena no son los antivalores, sino los valores. ¡Increíble! ¿Verdad?
Es que acaso sí es válido que se hable de antivalores descaradamente en los consultorios médicos, empresas, reunio-nes, etc., y nosotros no tengamos el guáramo de defender, con mano izquierda y mucha cordialidad por supuesto, los auténticos valores que tanta falta hacen y que deberían practicar todos los católicos que viven en nuestro país y que son mayoría.
Y es que como católicos bautizados que somos tenemos un serio compromiso.
Ser católico es saber que desde el momento de nuestro bautismo nos hacemos hijos de Dios y de la Iglesia; y por lo tanto, debemos llevar una vida íntegra que incluya en primer lugar el “amar a Dios sobre todas las cosas” (o sea, sobre el poder, la comodidad, el dinero, las marcas, la ropa, las cirugías, los carros, las pantallas planas, los Ipods, los celulares, los viajes, etc., etc., etc.). Además, adquirimos el compromiso de transmitir a los demás la maravilla de ser cristianos, de ser virtuosos y de que muchos puedan reencontrar la fe y amar a Dios a través de nosotros.
En diciembre pasado “La Congregación para la Doctrina de la Fe” publicó una Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (www.vatican.va) donde se hace un llamado a todos los católicos bautizados (no sólo a los sacerdotes o religiosos) para que se evangelice, o en palabras más entendibles: para que se hable de Dios y de la fe a los demás. Es importante destacar que allí se dice que no basta con que se de ejemplo cristiano de vida sino que hay que utilizar también la palabra para evangelizar al mundo entero, tal como lo hicieron los primeros cristianos.
¿Es qué acaso vamos a tener que llegar a la situación de degradación moral que se vive en algunos países “desarrollados” para que los católicos de nuestro país vivamos como verdaderos cristianos, defendamos y promulguemos nuestra fe a viva voz?
Ser católico no es solamente ir a misa los domingos, ni bautizar a los hijos, darles la Primera Comunión o casarlos por la Iglesia para ponerse un traje elegante y hacer después una gran fiesta. Ser católicos es un verdadero compromiso con Dios para llevar a los demás la maravilla de la fe, la maravilla de vivir bajo el camino que Dios y su Iglesia nos han dejado. Un compromiso para que la gente comprenda y entienda que las normas que Dios ha creado (o mandamientos) no son una prohibición que Él creó porque le dio la gana de fastidiarnos. Los mandamientos son normas que el mismo Dios creó para que seamos felices y podamos protegernos a nosotros, a nuestros hijos, a nuestros nietos y a nuestra sociedad de tantos vicios, aberraciones e inmoralidades que conducen siempre a la infelicidad y a la injusticia social.
¿ Es que acaso los católicos no nos hemos dado cuenta que del compromiso que cada uno de nosotros tenga por ser mejor cristiano cada día; unirnos cada vez más a Dios a través de la oración y de la frecuencia de los sacramentos; formarnos en nuestra fe para poder conocerla y hablar de ella con propiedad; y contribuir en el reencuentro con Dios de todo el que se nos acerque, es donde se encuentra la única solución a todos los problemas que vivimos en nuestras familias, en nuestro país y en el mundo entero?.
Hay que repetir sin cansancio lo que dijo Benedicto XVI en Colonia hace pocos años: “La única revolución que cambiará al mundo, es la revolución de Dios”.
Sólo así lograremos recuperar definitivamente los valores que se han perdido.

Fundación Entre Líneas