Leer Entrelíneas

“El verdadero aprecio por los demás implica recordar y defender la verdad”

Mayo-Junio (2011)

Entrevista que concedió a Entre Líneas el director de la agencia de noticias Rome Reports, Daniel Arasa, a quien conocimos en la oficina de prensa del Vaticano. Además de trabajar para una agencia de noticias él es profesor en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y ha escrito varios libros sobre Comunicación e Iglesia. Quisimos tener su visión sobre la comunicación en la Iglesia y cuál fue el legado que Juan Pablo II dejó en este tema. Rome Reports acaba de estrenar un excelente documental sobre Juan Pablo II que en pocas semanas estará a la venta en nuestro país.

-¿Cómo puede usted resumir el legado que ha dejado Juan Pablo II en la comunicación de la Iglesia? Algunos dicen que él y su equipo revolucionaron la comunicación en el Vaticano.
Es muy difícil resumir en pocas palabras lo que este Papa, ahora beato, ha supuesto para la comunicación de la Iglesia. Pienso, como han dicho diversos de sus colaboradores, entre ellos el ex portavoz vaticano Joaquín Navarro-
Valls, que una de las mayores cualidades comunicativas de Juan Pablo II era su naturalidad: era el mismo en público y en privado, en momentos de vigor físico y en momentos de debilidad... Actuaba en todo momento como si las cámaras no estuvieran presentes, como sin hacerles demasiado caso y, de este modo, su actuación se hacía, era, más creíble. Junto a eso, el Papa se supo rodear de profesionales –el caso de Navarro-Valls es significativo– que supieron a su vez dar voz a las potencialidades del Papa.
A todo esto hay que añadir que ha sido un Pontificado que se ha desarrollado en un período de enorme explosión de los medios y, por tanto, sus palabras, sus gestos, sus viajes, han tenido una proyección impensable hasta pocas décadas antes. Pienso que en ese sentido ha sido un Papado revolucionario; sin embargo, yo no me atrevería a decir que ha habido una “revolución” en la comunicación del Vaticano. Seguramente se han mejorado muchas cosas, pero queda aún mucho camino por recorrer.
-Hace poco publicaron una entrevista en Zenit cuyo título era: “Los laicos, el gigante adormecido de la Iglesia” ¿Cómo pueden los laicos convertirse en esos gigantes de la iglesia, en especial si son periodistas?
Cada miembro de la Iglesia tiene un papel fundamental: sacerdotes, laicos, religiosos... Todos. No sobra ni falta ninguno. Lo que sí es cierto es que “numéricamente” los fieles laicos son muchos más y, por tanto, es normal que su actuación, si es coherente con la llamada a la santidad en medio del mundo, puede tener una impronta revolucionaria o, como dice esa entrevista, un impacto de gigante. Pienso, por ejemplo, en el gran papel que puede jugar la mujer en la Iglesia y en la sociedad... No me compete a mi juzgar si los laicos en general están (estamos!) dormidos. Personalmente, me doy cuenta que puedo hacer mucho más por servir a la Iglesia y a la sociedad. Le agradezco que me pregunte esto porque me ayuda a reflexionar en esta dirección.
-En nuestro país, Venezuela, nuestro pueblo agradece todo material que hable de Dios, de la Virgen, de la Iglesia, ¿Cómo podemos aprovechar esa fe tan arraigada y respetuosa de nuestra gente pero que necesita no quedarse sólo en el sentimiento?
Los sentimientos son buenos. Jesús tenía sentimientos: lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, se compadeció de los enfermos, se airó con los mercaderes en el Templo... Por tanto, no se trata de cancelar o anular esos sentimientos positivos, sino de acompañarlos de una formación intelectual en las cuestiones de la fe. Esa formación toca muchos ámbitos, desde el cultural hasta el religioso, pasando ciertamente por las cuestiones catequéticas. Quizá lo más importante es apuntar a una constancia en la formación: algunas personas piensan que con la formación catequética que recibieron para la primera comunión ya están preparadas sobre las cuestiones de la fe; en realidad, la formación cristiana (y, en general, cualquier formación, incluso la profesional) no termina nunca.
El cómo hacerlo depende mucho de las culturas, países, etc. Ese campo es en gran parte responsabilidad de las conferencias episcopales y estoy seguro que los obispos venezolanos están atentos a esta materia tan importante.
Un último punto que me parece interesante es que la formación cristiana se puede hacer en modo creativo, no necesariamente en modo “aburrido”. Las nuevas tecnologías ofrecen instrumentos de alta calidad para la educación y formación. Es cuestión de un poco de inventiva.
-¿Cómo se puede lograr organizar un grupo de “voces católicas laicas” que defiendan, con adecuado conocimiento, nuestra fe y nuestra iglesia?
Creo que es muy útil aprender de lo que han hecho otros. Un reciente exitoso ejemplo se produjo en Gran Bretaña, en el año 2010, con motivo de la visita de Benedicto XVI a ese país. Un grupo de católicos interesados en la comunicación pensaron que era necesario ofrecer a los medios de comunicación (no confesionales, comerciales, etc.) la posibilidad de oir las voces de “católicos normales, de a pie”, pero plenamente conscientes de su vocación cristiana, bien formados y, sobre todo, que no tuvieran miedo de hablar ante las cámaras o ante un micrófono. Así, crearon el grupo “Catholic Voices” que durante los meses precedentes al viaje dedicaron tiempo a prepararse, teológicamente y técnicamente, para hablar a los medios.
El grupo, que buscó autofinanciación con campañas de fundraising y esponsorización de algunos empresarios, contó con la aprobación de los obispos ingleses, pero no era ni oficial ni dependiente de ellos. Poco antes del viaje del Santo Padre, “Catholic Voices” se presentó públicamente a los medios que, conociendo de su existencia y de su profesionalidad, acudieron a ellos en numerosas ocasiones. Fueron decenas y decenas las entrevistas que concedieron y las intervenciones, más o menos largas, en los diferentes espacios mediáticos. Esta iniciativa tiene una página web en la que es posible conocer todas sus actividades: www.catholicvoices.org.uk. Sé que la iniciativa de “Catholic Voices” se está extendiendo en otros países. Podría también funcionar en Venezuela.
-¿Hasta qué punto debe ser uno comedido con las líneas que se escriban o con las palabras que se digan para defender la fe católica, cuando el descaro que utilizan algunos para ofenderla a veces no tiene límite?
Para responder, me podría extender con largas argumentaciones sobre la caridad cristiana que debe estar presente en cualquier discurso o argumentación propias de un católico: si somos hijos de Dios, debemos tratar a los demás con la dignidad que les corresponde.
Sin embargo, antes incluso que la caridad, es necesario un mínimo de “sentido común”. En cualquier debate o discusión, no es el que más grita el que tiene más razón, sino más bien al contrario (o al menos, esa es siempre la impresión). Usar palabras ofensivas, además de una falta de caridad y de respeto, no hacen más que desacreditar a quien las pronuncia.
Dicho esto, es también importante distinguir el ámbito en el que uno se encuentra: es distinto discutir en un ambiente académico, divulgativo, de entretenimiento, etc. En cada uno se deberá usar un registro propio, pero siempre respetuoso con las personas con quien discutimos. Un santo al que siempre he tenido mucha devoción, san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, decía que en el trato con otras personas “el primer paso es la comprensión, el servicio” pero, a la vez, “la santa intransigencia en la doctrina” (Surco, n. 192). En otras palabras, el verdadero aprecio por los demás implica recordar y defender la verdad, por muy dura que esa pueda parecer, pero haciéndolo con la mayor delicadeza posible.
¿Qué significó para el mundo la beatificación de Juan Pablo II y qué viene ahora?
El evento de la beatificación ha sido un momento de especial alegría para todos, católicos y no católicos. La figura de Juan Pablo II se ha demostrado un icono de lo que un hombre coherente con su fe y consciente de su relación con Dios puede llegar a producir: personas que se sienten movidas a ser mejores, a pensar en los demás, a amar a Dios. La beatificación muestra como la fe, si es vivida en plenitud, no coarta al hombre, sino que lo lleva a la máxima potencialidad. La Iglesia se muestra así la institución de mayor autoridad moral en un mundo lleno de contradicciones y problemas.