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Extractos del discurso que dio Juan Pablo II a los constructores de la sociedad en el  Teresa Carreño en el año 1996

Mayo-Junio (2011)

De vosotros depende, en gran parte, la tarea de la construcción de una Venezuela cada vez mejor que, recogiendo lo más precioso del pasado, camine hacia el progreso y el bienestar integral de todos y cada uno de los miembros de la comunidad nacional.
Vuestra Nación ha sido bendecida por Dios con abundantes recursos naturales. Cuenta con una población en su mayoría joven y dinámica; dispone de gente capacitada en muy diversos sectores; su pueblo tiene una religiosidad muy arraigada. ..Sin embargo, actualmente se enfrenta a serias dificultades en los diversos ámbitos de la vida nacional, pues una grave crisis económica, que venía preparándose inexorablemente, está afectando duramente a la clase media y baja, aumentando de forma dramática la pobreza hasta hacerla desembocar en muchos casos en auténtica miseria.
No se debe olvidar que el proceso de empobrecimiento material conduce muchas veces a un empobrecimiento moral y espiritual de laspersonas y de los grupos sociales, especialmentede los jóvenes y adolescentes. Elloorigina una grave crisis por la ausencia devalores en el campo de la ética, de la justicia,de la convivencia social y del respeto a la viday dignidad de la persona. Esto, ciertamentepreocupante, lleva a la desorientación, provocadesaliento y desesperanza, así como unacierta desconfianza en las instituciones. Lasalida de esa situación es anhelada cada vezmás por quienes piden el respeto y promociónde su inviolable dignidad de personas entodos los ámbitos de la sociedad.
Debemos infundir esperanza en la edificación de una sociedad nueva, basada en la cultura de la vida y de la solidaridad, en lo cualconsiste, la civilización del amor.
Vosotros tenéis responsabilidad en tantos sectores de la vida nacional. En el momento presente se han debilitado aspectos fundamentales y la jerarquía de valores, como son el aprecio de la verdad, la práctica de la solidaridad, la responsabilidad en la búsqueda y el cultivo del bien común, y la solidez de la institución familiar. Ante ello, es necesaria una justa comprensión de estos fenómenos, porque la toma de conciencia de las propias limitaciones es el paso indispensable para una recuperación. Las experiencias que se presentan como negativas han de servir para no repetir los errores y asumir un compromiso corresponsable por el país, fortaleciendo la esperanza fundada en Dios y en las potencialidades de la inteligencia y libertad humanas.
La Iglesia —fiel a su misión y abierta a todos los creyentes, así como a los hombres de buena voluntad— tiene una palabra que decir ante estas situaciones… Ella tiene como meta renovar la vida según el mensaje de Jesucristo y hacer de los valores evangélicos savia y fermento de una nueva sociedad, favoreciendo en los fieles cristianos la coherencia entre la fe y la vida, así como la superación en todas partes de las injusticias y fallas sociales, el fomento de la dignidad humana y de una recta conducta familiar, laboral, política y económica.
El necesario cambio, que ha de ser «de mentalidad, de comportamiento y de estructuras» (Centesimus annus, 60),favorecerá una cultura de la solidaridad, que prevalezca sobre la voluntad de dominio o de una vida egoísta, así como una economía de participación en vez de un sistema de acumulación de bienes, que provoca un gran abismo no sólo entre los diferentes Estados, sino también entre los ciudadanos de un mismo país.
El futuro de la sociedad pasa por la familia (cf. Familiaris consortio, 51), y «la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por ello, los cristianos, juntamente con todos los que tienen en gran estima esta comunidad, se alegran sinceramente por la variedad de recursos que permiten a los hombres avanzar hoy en el fomento de esta comunidad de amor» (Gaudium et spes, 47). Es urgente también la atención a los niños que, por haber nacido fuera de la institución familiar o vivir en situación de abandono, crecen sin la tutela y ayuda de un padre o una madre, y difícilmente se integran en la sociedad, al estar marcados por graves carencias afectivas y materiales. Ellos están sujetos a tantos peligros, secuelas de la falta de educación e instrucción, como son, por ejemplo, la delincuencia precoz, la violencia, la droga o la prostitución infantil.
Es necesario, asimismo, crear una cultura de la vida. Con razón los Obispos venezolanosdeclararon el pasado año 1995 «Año por la vida», invitando a que todas las «reflexiones, compromisos y acciones vayan orientadas tanto a la toma de conciencia, como a mostrar una actitud de defensa y proclamación del don preciado de la vida en todas sus manifestaciones » (Compromiso por la vida, 8). Han obrado así al mirar atentamente, con espíritu pastoral, la realidad del País y calificarla como «grave situación», en contraste con la verdad cristiana sobre la «grandeza de la vida humana ». Tampoco se puede olvidar el papel predominante que tiene la economía, fomentando una gestión más justa y coordinada de los recursos; de ese modo, se honrará al hombre, « autor, centro y fin de toda la vida económica y social». (Gaudium et spes, 63).
La cultura ha de ser también objeto de especial atención en la construcción de la sociedad. Con el término «cultura» se indica «todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades espirituales y corporales» (Ib. 53). Todo ello debe mirar a la formación integral de la persona humana y al bien mismo de la sociedad.
Dirigentes y constructores de la sociedad venezolana, os aliento a trabajar decididamenteen el campo de la justicia, de la verdady de la paz, mirando hacia el futuro conoptimismo, siendo solidarios con la suerte devuestro pueblo y con sus valores, centrados,por encima de todo, en el mandamientofundamental del amor.
Lanzo mi llamado a los políticos, para que, superando las diferencias partidistas y los intereses particulares, aúnen sus voluntades en la búsqueda responsable y desinteresada del bien común, mirando de modo especial hacia las clases más necesitadas. En esta hora difícil, pero decisiva en la vida de la Nación, exhorto a los políticos y a cuantos ocupan puestos directivos, a trabajar incansablemente por el verdadero bien del país, secundando eficazmente las iniciativas que lo favorezcan y dando claro testimonio de honradez en la vida privada y profesional.
El estamento militar, heredero de Bolívar y Sucre, está llamado a vivir su vocación castrense trabajando por crear condiciones de seguridad, estabilidad y fraternidad en un mundo donde la guerra quede desterrada y la paz sea un bien real. Por eso deseo animar a todos sus componentes a garantizar siempre la paz en libertad, soberanía y dignidad.
Invito a los intelectuales, artistas y educadores a que, siguiendo las huellas de AndrésBello, Cecilio Acosta y Caracciolo Parra, yalimentándose en las fuentes del bien y dela belleza auténtica, lleven a cabo su acción enla sociedad, orientándola hacia la verdadsuma que es Dios.
A los hombres de la ciencia y de la técnica la Iglesia los anima a proseguir, como elDoctor José Gregorio Hernández, fomentandoel progreso integral que permita al ser humanoconocerse mejor a sí mismo y comprometerseen los diversos campos de la vida social.
Recuerdo a los trabajadores y empresarios la responsabilidad que tienen de aseguraruna producción que satisfaga adecuadamentelas necesidades básicas, manteniendo unasrelaciones laborales que conjuguen lospropios intereses con el espíritu solidario y lasexigencias ecológicas de las actuales y futurasgeneraciones, permitiendo así mantener unnivel aceptable de calidad de vida.
Me dirijo a los profesionales de la comunicación social, que tienen preclaros exponentesen las figuras de Monseñor Jesús MaríaPellín, Juan González y Núñez Ponte. La laborde escritores y editores, tan estimada por la
Iglesia, debe afrontar igualmente el reto de defender y promover todo lo espiritual que dignifica a las personas, comunidades y pueblos, elevando el nivel ético de la población, desarrollando el sentido de la libertad en la verdad y evitando todo lo que envilece y degrada.
Finalmente, quiero poner de relieve el papel de la mujer venezolana, protagonista en el ámbito social por ser transmisora de la vida y educadora de la paz. Ella ha de seguir participando con ilusión en la edificación de la sociedad y en el proyecto renovador del país, aportando aquel «genio» femenino que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por todo lo que es esencialmente humano (cf. Mulieris dignitatem, 30).
Venezolanos, aunque sean serias las dificultades e inmensos los desafíos, grande ha de ser vuestro empeño. Ante un presente con incertidumbres y un futuro con interrogantes, haced valer las propias capacidades con imaginación y sobre todo con generosidad, confiando en Dios: Dios ama al hombre. Venezuela ocupa un lugar de relieve en un gran continente lleno de esperanza.
Afrontando sin miedo los retos de vuestra historia, alzando los ojos a lo Alto y con un corazón solidario, caminad con paso firme hacia el Tercer Milenio, aportando generosamente vuestros talentos a la construcción de un nuevo orden más justo por ser más humano.

¡Que Jesucristo, «Salvador y Evangelizador» (Tertio Millennio Adveniente, 40), os guíe y bendiga en este camino!

Para leer completo el discurso: http://www. v a t i c a n . v a / h o l y _ f a t h e r / j o h n _ p a u l _ i i / speeches/1996/februar y/documents/hf_ jp-ii_spe_19960210_caracas-teatro_sp.html