Leer Entrelíneas

Juan Pablo AMIGO

Mayo-Junio (2011)

El 2 de abril de 2005 murió nuestro querido Papa Juan Pablo II. Teníamos la certeza de que se iba “derechito” al Cielo. Muchos acudieron a la Misa del funeral llevando pancartas con la frase: “¡Santo súbito!”, pidiendo que la Iglesia lo declarara santo. Santo es quien ha imitado la vida de Jesucristo, caracterizándose por el amor a Dios y a los demás en plenitud, y viviendo las virtudes, en el ámbito que le ha tocado vivir, siendo ahí un ejemplo.
Esa definición se puede aplicar a muchas personas que conocemos; sin embargo, no a todas la Iglesia las declara santas. La santidad canonizada es un proceso oficial de la Iglesia, para hombres y mujeres que –al sobresalir por el fulgor de su vida y sus virtudes– se proponen para ser imitados e invocados como intercesores ante Dios. Son tres los principales pasos del proceso: venerable, beato y santo. Juan Pablo II fue declarado beato el 1° de Mayo en Roma.
Decía Benedicto XVI el 13 de abril: “La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, pensamientos, comportamientos”. La beatificación del Papa amigo nos invita a plantearnos la posibilidad de ser santos como algo real, no quimérico e inalcanzable: sencillamente luchando por amor Dios. El Concilio Vaticano II habla con claridad de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido.
“Pero sigue la pregunta: ¿Cómo recorrer el camino de santidad, responder a esta llamada? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas?” decía Benedicto XVI. “La respuesta está clara: una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios quien nos hace santos y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior”. Dios nos llama a seguirle, pero su amor es tan grande que respeta siempre nuestra libertad; toca nuestro corazón y espera con paciencia nuestra respuesta.
Alcanzar esa santidad –que no es sólo para personas extraordinarias ni está reservada para unos pocos elegidos– requiere dos protagonistas:
Dios, que nos llama, y cada persona. La santidad tiene su raíz en la gracia bautismal. Con el bautismo comienza en nosotros esa nueva vida. “Fomentemos en el fondo del corazón un deseo ardiente, un afán grande de alcanzar la santidad, aunque nos contemplemos llenos de miserias”, nos enseñó San Josemaría Escrivá de Balaguer. Dios sólo nos pide que aceptemos sus gracias, que vivamos las exigencias que comportan, que nos dejemos transformar por el Espíritu Santo, que nos ayuda a conformar nuestra voluntad, con la suya.
La santidad es la caridad vivida plenamente. “Ama y haz lo que quieras” decía San Agustín. Continuaba el Papa: “Para que la caridad como una buena semilla, crezca en el alma y nos fructifique, todo fiel debe escuchar voluntariamente la Palabra de Dios, y con la ayuda de su gracia, realizar las obras de su voluntad, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en la santa liturgia, acercarse constantemente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al servicio activo a los hermanos y al ejercicio de toda virtud”.
Sabemos que tenemos defectos, que somos débiles, pero contamos con la ayuda de Dios. Él espera que luchemos, espera que actuemos por amor, haciendo bien lo que tenemos que hacer en cada momento. Que luchemos por vivir las virtudes heroicamente allí donde estemos, que cuidemos por amor las cosas pequeñas. Que vivamos no sólo para nosotros sino para los demás por Él.
“No tengamos miedo de mirar hacia lo alto, hacia la altura de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino que dejemos guiarnos en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será Él el que nos transforme según su amor”, Benedicto XVI.

Evalu Romero González
http://gotasdereflexion.blogspot.com