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L A POLITICA, SEGÚN JUAN PABLO II

Mayo-Junio (2011)

Una de las frases más recurrentes de Juan Pablo II, “Cristo es el único liberador y salvador” fue recogida por los micrófonos durante 25 años. Especialmente en sus encuentros con los jóvenes, el Papa se afanaba por centrar en Cristo su discurso.

Hay una razón en este Papa, ya Beato, para insistir en focalizar el asunto. Juan Pablo II vivió en carne propia la barbarie de dos regímenes que, en nombre de la liberación y la grandeza de las naciones, erigieron las más penosas esclavitudes que conozca el mundo moderno: el nazi-fascismo y el comunismo.
Después fue Papa, con toda esa pasantía a cuestas. Presenció la tragedia de tantos jóvenes que escucharon aquellas “sirenas” de la mentira y se alejaron de la verdad, dejándose llevar por promesas de cambios que redundaron en atraso y sufrimiento. Con mística y el entusiasmo y energía propios de ese estadio de la vida, se entregaron a farsantes que los  enterraron en la cultura de la muerte. Se fueron, como diríamos en criollo, detrás de un hombre a caballo mientras la gran convocatoria esperaba tras los pliegues de la Historia.
Y llegó Juan Pablo a recordarles que Cristo, como ellos en su agonía ante la dominación, cruzó los confines de la muerte y “ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquél territorio inexplorado por el hombre”. Los alertó contra engaños: “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”, cualquier otro es un impostor. También les dio aliento: “Después de la resurrección de Cristo la muerte no tendrá nunca más la última palabra…porque el amor es más fuerte que la muerte”. Este Papa mostró al mundo cómo se ama de verdad, revalorizando la entrega, el perdón y el coraje. Su testimonio de vida era su aval: sin miedo se entregó, sin miedo perdonó y sin miedo combatió al más descarnado de los enemigos, el poder absoluto.
Perfectamente podemos concluir que Juan Pablo II practicó una nueva dimensión de la política, inspirada en la más pura doctrina social de la Iglesia. El Papa Pío XII había escrito: “La política es la forma más excelsa de la caridad”. El recién beatificado pontífice puso sobre el tapete de la ONU la primacía del hombre: “Cada uno de ustedes es representante de un Estado, de un sistema y de una estructura política, pero sobre todo de determinadas unidades humanas…En esta relación encuentra su razón de ser toda la actividad política…si ella se convierte en un fin en sí misma, pierde gran parte de su razón de ser”. Ante la OEA insistió en el rescate del significado real de la acción política: “El hombre es el criterio decisivo que ordena todos vuestros empeños… Justicia, paz, desarrollo, solidaridad, derechos humanos, son palabras que quedan a veces rebajadas como resultado de una censura ideológica facciosa y sectaria”.
¿Cómo entender temas como derecho a la vida, a la integridad física, al alimento, a la vivienda, a la educación, la salud o el trabajo, si no es hablando de la persona humana? La fe nos hace reconocer al ser humano como creado a imagen de Dios y destinado a una meta eterna. Pero aún no estando de por medio la fe, ¿no es un gran chantaje proclamar esos principios si no se reconoce y respeta esa dignidad? ¿No procede del hombre y se ejerce mediante el hombre? ¿Cómo asumirla sino en función del hombre? Por eso, cuando la actividad política se aparta de su orientación, motivación y finalidad fundamental, que es el hombre, ella se aliena, se convierte en extraña al ciudadano, entra en contradicción con la humanidad misma y es capaz de las mayores atrocidades.
Ese mismo ser humano tiene una aspiración profunda, que ha trascendido todos los intentos por cercenarla. El deseo de ser libres. La razón es que la libertad es connatural a la persona humana, es la esencia interior del hombre.
Somos inseparables de la libertad, no importa en qué cultura crecimos; tampoco importa el credo que profesemos, la sociedad en que nos desenvolvamos o el oficio con el que nos ganemos la vida. Para quienes creemos, porque nuestra dignidad ha sido regalada por Dios; para quienes no, porque “se los pide el cuerpo”. Pero el hecho indiscutible es que existe un ansia profunda de libertad y que en este nuevo milenio aumenta vertiginosamente esa búsqueda global por espacios en el mundo contemporáneo. No es la violencia la que va a disuadir a los pueblos de su lucha por procurárselos. Antes bien, los riesgos parecen ser acicates definitivos.
Esto lo entendió Juan Pablo II. Quizá porque lo experimentó de manera desgarradora fue capaz de desarrollar todo un magisterio en esta materia: “La libertad no es simplemente ausencia de tiranía u opresión, ni es licencia para hacer todo lo que se quiera. La libertad posee una “lógica” interna que la cualifica y ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y cumplimiento de la verdad. Separada de la verdad de la persona humana, la libertad se degrada. En la vida individual, se convierte en libertinaje y en la vida política, en la arbitrariedad de los más fuertes y en la arrogancia del poder”.
Esto lleva a una consideración crucial que el Papa proclamó a cuantos quisieron escucharlo: la violación de los derechos fundamentales no puede jamás convertirse en medio para fines políticos. Si tan sólo esta premisa sustentara la acción de nuestros políticos, el hombre podría estar seguro del hombre y la nación segura de la nación. Es la base de la tolerancia y la base de la justicia. Obviamente, termina siendo el sustento de la convivencia y de la paz. Los líderes personalistas fácilmente devienen en autócratas si ignoran estos postulados. Los gobiernos con tendencias autoritarias muy rápidamente aterrizan en las más despiadadas dictaduras si comienzan por ahogar derechos humanos, puesto que se inhabilitan para realizar obras de paz. Impedir estas certezas es el objetivo primordial de cualquier régimen que deba utilizar la fuerza para mantenerse. Cuando optan por ese camino se deslegitiman, activan la ira popular y el resultado es una espiral de violencia. De allí la más cara de las tenciones del poder: acabar con la libertad religiosa porque ella implica y favorece la de conciencia.
En esta línea, la tortura, la prisión de conciencia y el terrorismo eran para Juan Pablo II “obstáculos para la paz” y el consecuente drama de los refugiados “una llaga vergonzosa de nuestro tiempo”. Todo hombre tiene derecho a pensar y hablar como le parezca. También a vivir en su patria. Son afirmaciones cuya base está sólidamente establecida en una determinada manera de concebir al ser humano, inspirada en un derecho primario e inalienable de la persona: la libertad de religión, que atañe a la esfera íntima del espíritu. Si bien el Estado no tiene que pronunciarse en materia de fe religiosa, tampoco puede irrespetar el derecho a la libertad de religión. A este respecto, fue igualmente tajante Juan
Pablo II: “El respeto por el Estado del derecho a la libertad de religión es el signo del respeto de los demás derechos humanos fundamentales, puesto que aquella representa el reconocimiento implícito de la existencia de un orden que sobrepasa la dimensión política de la existencia, un orden que revela la esfera de la libre adhesión a una comunidad de salvación anterior al Estado”. Es el mismo fundamento para las garantías a las minorías religiosas, en el caso de que el Estado dispense una especial protección a una religión determinada.

En un mundo que ha generado las satrapías que lo amenazan, Juan Pablo II se erigió en estandarte de salvación, en testigo del sufrimiento y vocero de la verdad. Ya lo dijo Cristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré…”. Predicaba el valor: “No tengan miedo”. El tampoco lo tuvo. El sólo recuerdo de una vida como la suya resulta en amargo cáliz para gobiernos que protegen al terrorismo, promueven la prisión de conciencia y practican la tortura en sus muy diversas formas. Su sola figura atormenta a las almas que han renunciado a Dios. Su mensaje descoloca a los poseídos de una autoridad que no les corresponde, aquellos arrogantes que creen tener la última palabra. Su beatificación es un trazado de ruta para todos quienes confiamos en el rescate de una sociedad más humana y humanizante.-

Macky Arenas