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RICO EN MISERICORDIA

Mayo-Junio (2011)

Una mañana de noviembre de 1980 tuve la gracia de conocer, en Roma, al Beato Juan Pablo de la Misericordia, como me gusta llamarle. Justo el 30 de ese mes salió a la luz la segunda encíclica de su pontificado sobre la misericordia divina que dio fuerza y apertura a todo su servicio de pastor universal. Estaba en Roma en un Congreso de Familia y el Papa nos recibió en audiencia especial a todos los participantes. Desde hacía dos años había empezado en sus audiencias de los miércoles a configurar lo que concluyó cuatro años más tarde en su esplendorosa Teología del cuerpo que es uno de los grandes tesoros por descubrir de su pontificado. Fue un momento muy importante para mi trabajo como periodista que ha dedicado mucho tiempo a la temática antropológica y familiar como núcleo de ese humanismo integral y solidario del que tan urgido esta nuestro tiempo.
El año 1982, como una de las Coordinadoras del Programa Internacional UNIV, pude conversar unos minutos con el Santo Padre en el Aula Pablo VI del Vaticano. Allí besé sus manos y me miró profundamente animándome con gran confianza en mi trabajo profesional y en mi vocación cristiana. Ya mi sentimiento filial había tomado más vigor y mis deseos de servir a Jesucristo en medio del mundo habían encontrando en el Papa polaco otro gran aliado. Esto se repitió, el año 1984, con motivo de la Misión Nacional que preparó su primer viaje a Venezuela en enero de 1985 y en el cual formé parte del equipo de prensa organizado por la Conferencia Episcopal Venezolana. Antes y después de esta visita mantuve durante casi tres años una página semanal en El Diario de Caracas donde traté de transmitir todo lo relacionado con la fe cristiana, la doctrina social, otros aspectos de la visita papal y de la siembra que había que cuidar. Por supuesto dediqué varias columnas de mi Claraboya en el diario El Universal a dejar pasar sus luces. Recibí la bendición del Papa amigo en la reunión con los laicos. En el resto de sus intervenciones y visitas me ocupé especialmente de atender a los periodistas nacionales e internacionales y resguardar el material que se les entregaba. Ese año tuve el don de volver a Roma para la Pascua y compartir con alumnos y profesores universitarios esas extraordinarias jornadas de estudio y de encuentros con el
Peregrino de la Esperanza.
Tres grandes jornadas en vivo me reservaba la providencia. La primera de ellas fue con motivo de la beatificación de Josemaría Escrivá, el 17 de mayo de
1992 en Roma. Inefable e indescriptible. Trescientas mil personas de cinco continentes reunidas para mostrar con sus vidas y su alegría la realidad de la llamada universal a la santidad en medio de la vida cotidiana. La tribuna de periodistas estaba de bote en bote y en ella compartí especialmente con Pilar Urbano, colega española, que me habló del libro que ya estaba escribiendo en su corazón sobre el Beato Escrivá y que apareció poco tiempo después como El Hombre de Villa Tevere.
En febrero de 1996 fue la segunda visita de Juan Pablo II a Venezuela. Entonces volví, pero con más medios, a formar parte de la Oficina de Prensa y Comunicaciones con un equipo que tuvo su sede en el Hotel Tamanaco, donde también se alojaron los periodistas acreditados para tan importante acontecimiento.  Esperamos al Santo Padre en la pista de aterrizaje de Maiquetía. Y allí le vimos rodeado de las autoridades y de los niños de la Orquesta Juvenil que se encargó de los himnos nacionales. Me correspondió ser guía del autobús de periodistas que hizo paradas en el retén de Catia y en La Casona. En esa oportunidad el doctor Navarro Valls vino en la comitiva y pudimos organizar lo mejor posible todo lo relacionado a la información. Ese año tuve que acompañar también a mis colegas al Teatro Teresa Carreño y a la Misa de la Carlota. Dos momentos muy ricos para los constructores de la sociedad y para el pueblo fiel. Sin duda la semilla de amor y de esperanza se lanzó a voleo. Fueron momentos para despertar y reaccionar, para tomar decisiones de vida comprometida con Jesucristo y el evangelio. Parecía que el cielo estaba más cerca de todos y que la solidaridad y la justicia se verían reflejadas en ese nuevo amanecer. Más tarde se convocó en el país un Concilio Plenario y se preparó la llegada del milenio y la inmediata llamada a ir mar adentro en la nueva evangelización.
La última vez que estuve cerca de este Beato de la Misericordia fue el año 2002 cuando fui a Roma a la canonización de San Josemaría. Diez años después de la Promulgación del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica y menos de tres años antes de irse a la casa del cielo.
He escrito mucho y he trabajado lo que he podido para regar la semilla que anuncia un reverdecer de la fe. Sin embargo los tiempos son difíciles porque el relativismo campea por todas partes y la falta de formación de las conciencias en los hogares y en la cultura es un lastre demasiado fuerte. Sin embargo sabemos que dos mil años es nada para lo que nos falta por andar. Y hoy más que nunca contamos con la huella de ese beato que llegará en poco tiempo al santoral universal y con el desvelo de una Iglesia que, a pesar de nosotros, es santa y llena de gracia. La civilización del amor se sigue haciendo pero todos tenemos que descubrir el verdadero rostro de un Jesús que no se hace a la carta y que quiere un mundo más solidario, más creativo, donde enseñoree la verdad y la belleza, donde todos seamos capaces de vivir unidos y libres, desprendidos de lo que no nos humaniza ni nos hace mejores.
Haber podido compartir con muchos la misericordia de Dios manifestada en el nuevo Beato, es algo que siempre será un gran tesoro, pero es necesario lograr transmitir su legado a quienes de verdad queremos ver felices en el tiempo y luego en la eternidad. Es decir a todos los hombres y mujeres llamados a ser nuestros hermanos e hijos de Dios.

Beatriz Briceño Picón beatriz.beamer@gmail.com