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UNA IGLESIA VIBRANTE Y JOVEN FUE LO QUE SE VIO EN LA PLAZA DE SAN PEDRO EL 1 DE MAYO

Mayo-Junio (2011)

Describir con palabras lo que vivimos quienes estuvimos en la Plaza de San Pedro el pasado 1 de Mayo es algo casi imposible. El magnetismo de Nuestra Casa atrapó a más de un millón de fieles y cientos de periodistas de todas partes del mundo, quienes nos encontrábamos allí desde hacía pocas horas o pocos días.
Al aterrizar en el aeropuerto Fiumiccino comenzamos a ver los preciosos afiches que anunciaban la cercana beatificación. Los taxistas comentaban que nunca antes se habían visto en Roma tantos peregrinos. Los días anteriores a la beatificación eran miles de jóvenes quienes, radiantes de felicidad, caminaban por la Ciudad Eterna, donde están tantos mártires y tantos santos que transmiten esa fuerza espiritual indescriptible que renueva interiormente para continuar en la lucha por ser ejemplares cristianos.
Vimos miles de sacerdotes y religiosas jóvenes de todos los carismas y congregaciones, de todos los colores y de todas partes del mundo. La felicidad que irradiaban es imposible describirla con palabras.
A muchos peregrinos los vimos durmiendo en colchonetas en los puentes cercanos al Castel SantÁngelo la madrugada del 1 de Mayo, cuando a las cuatro de la madrugada nos dirigíamos a la Plaza de San Pedro. A esa hora ya cientos de fieles se encontraban en las calles aledañas a la Vía de la Conciliazione.
No importó para nada el frío, ni el trasnocho, ni el hambre, ni las horas de espera, ni las colas para las revisiones de seguridad, etc. Nada importaba, porque estábamos asistiendo a uno de los eventos más esperados en Nuestra Santa Iglesia Católica: la Beatificación del Gran Juan Pablo II quien seguramente habría estrechado las manos de muchos de quienes allí estábamos y a quien seguramente muchos debían su conversión y su encuentro con la Fe y con nuestro amado Jesucristo.
A los periodistas nos hicieron las requisas normales de seguridad y luego nos subieron en un montacargas a una terraza muy alta donde habían periodistas de todas partes del mundo. Poco a poco se fue llenando la Plaza y veíamos, desde arriba, un mar de gente que cantaba y rezaba mientras esperaban ese momento único, que más nunca volverían a repetir en su vida.
Nuestro Gran Juan Pablo II sería declarado Beato. Nuestro Gran Juan Pablo II que recorrió el mundo entero llevando el Amor de Dios a todas las personas, y que se encargó de manera impresionante de comunicar la Verdad de nuestra Fe de una manera clara, sencilla y atractiva. Todo eso producto de un gran trabajo y un gran sacrificio porque este Gran Papa también se encargó de purificar y poner bien en claro las Verdades de nuestra Fe y de nuestra Santa Iglesia Católica.
Llegó entonces la hora: 10 en punto. Y arrancó el acto de beatificación donde el Cardenal Agostino Vallini comenzó con el rito de la Beatificación leyendo una breve biografía de Juan Pablo II. Luego el Santo Padre Benedicto XVI declaró Beato a Juan Pablo II y descubrieron la imagen que estaba en medio de la Basílica de San Pedro.
En ese momento los aplausos sonaron estruendosamente y los periodistas que estábamos en la terraza de los medios nos quedamos “mudos y petrificados” porque la mirada de Juan Pablo II se dirigía directamente a esa terraza. En ese momento muchos pensamos: ¿Qué quiere decir esto?, y muchos sacamos el pañuelo. Entonces recordamos lo importante que fue para Juan Pablo II el tema de la comunicación y el énfasis que él ponía en que los periodistas católicos nos formáramos, fuéramos valientes y difundiéramos la Verdad de Jesucristo en todos los medios de comunicación.
El Pontificado de Juan Pablo II, para muchos, revolucionó el tema de la Comunicación y la Iglesia; y gracias a eso hoy vemos católicos en el mundo entero que conocen con claridad el mensaje de Jesucristo y la Doctrina que Él entregó a Su Iglesia para que la custodiara. Estamos seguros que muchos de los periodistas ahí presentes entendimos ese mensaje, que Juan Pablo II con su mirada penetrante nos dijo algo así como: Cuento con ustedes para que lleven, con valentía, la Verdad de Cristo a través de los medios donde trabajan.
Comienza entonces la Santa Misa, y una de las cosas que más impactó a todos (sobre todo a los medios que cubrían el evento) fue el silencio y la concentración de más de un millón de personas que estaban ahí presentes y siguieron la liturgia de una manera única. Muchos periodistas derramaron lágrimas de emoción, y los que no lo hicieron se sorprendieron al ver a otros de sus colegas tan emocionados.
Benedicto XVI se veía feliz como nunca. ¿Quién iba a pensar que él mismo beatificaría a su amigo, a su hermano del alma, con quien trabajó por más de 20 años? En su homilía él dijo: “Durante más de 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aún en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él siempre permanecía como una “roca”, como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía. ¡Dichoso tú, amado Papa
Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniéndonos desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Amén”
La religiosa que fue curada milagrosamente por Juan Pablo II, Sor Marie Simon Pierre, acompañó a llevar la reliquia de la sangre de este Nuevo Beato. Y la comunión se distribuyó rápidamente a todos los fieles; los periodistas tuvimos la dicha que un sacerdote subió a nuestra terraza a entregarnos el cuerpo de Cristo. Al final cantamos el Regina Coeli y el Papa nos dio la bendición final.
Y ya para terminar esta especie de reportaje de opinión queríamos dejarles la misma reflexión que los representantes de Entre Líneas nos hicimos desde esa alta terraza donde vimos esa marea de gente: ¿Cómo sería el futuro de nuestra Iglesia Católica si todos estos católicos (más todos los que estaban viendo la beatificación en sus casas) siguieran el ejemplo de los primeros apóstoles? Ellos eran apenas 12 y cambiaron un mundo que estaba peor que éste. Además ahora contamos con los maravillosos medios de comunicación con los cuales podemos hacer maravillas y donde, gracias a Dios, cada día hay más periodistas católicos dispuestos a difundir la Verdad de nuestra fe y de nuestra Santa Iglesia Católica.
Así que no nos queda más que seguir formándonos para poner en práctica todas las enseñanzas de nuestro Beato Juan Pablo II, quien además tuvimos la dicha de tenerlo en nuestro país en dos oportunidades. Él espera mucho de nosotros, espera que sigamos el llamado universal a la santidad que nos hizo el Concilio Vaticano II y que tantas veces él mismo nos recordó; él quiere que no tengamos miedo: “No tengáis miedo de abrir de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo, porque Él no quita nada, lo da Todo”.
Ya la beatificación pasó, y ahora tenemos a un Juan Pablo II más cerca que nunca para ayudarnos a caminar por el Camino de Dios y poder llevar la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo a todos los rincones de la tierra.

Luis Felipe y María Denisse Capriles.
Fotos de la Beatificación: María Denisse de Capriles