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VOCACIÓN AL AMOR

Mayo-Junio (2011)

No tengáis miedo
El 16 de octubre de 1978, por la tarde, se anunciaba urbi et orbe que el Cónclave había elegido un nuevo Papa en la persona del cardenal polaco  Karol Wojtyla. Ante el asombro general, tras casi quinientos años, un Papa no italiano ocuparía la Sede de Pedro. Un hombre venido de un país bajo el dominio comunista. Tenía cincuenta y ocho años y su pontificado habría de ser uno de los más largos en la historia.
Días después, en la ceremonia de inicio, pronunciaría palabras que resonaron con fuerza en las conciencias: ¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo…Era el mensaje que había sido llamado a transmitir: los problemas humanos sólo se comprenden y pueden hallar solución en Cristo que, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, revela plenamente el hombre al propio hombre.1 Jesucristo, el redentor del hombre, es el centro del cosmos y de la historia.2
Más cercanos en el recuerdo tenemos los días de abril de 2005, cuando la Plaza de San Pedro se llenó en forma espontánea no por alguna ceremonia sino porque el Papa se moría. Larga vigilia de oración hasta que el día 2, a las 21:37, hora de Roma, entregó al Señor su espíritu.
Divulgada la noticia, el flujo de gente no hizo sino aumentar. Sus funerales fueron luego una hermosísima manifestación de fe y, sin duda, de reconocimiento a su persona. Juan Pablo II había tocado profundamente los corazones en toda la tierra.
Ahora el domingo 1° de mayo rebosó de nuevo la Plaza de San Pedro en la ceremonia de su Beatificación, que millones en el mundo entero pudieron seguir a través de la televisión. Una vez más, Dios se ha servido del ejemplo de su vida entregada para llamar a muchos a la conversión. Fue, además, el domingo de la Divina Misericordia, conmemoración que él introdujo; y el primer día del mes de la Santísima Virgen, a quien estuvo especialmente consagrado desde su juventud.
Un don que se realiza al darse
Para presentar su enseñanza sobre el hombre, citaríamos quizás su carta sobre el Evangelio de la vida3 donde afirma cómo el sentido más verdadero y más profundo de nuestra vida es “ser un don que se realiza al darse”.
En efecto, a menudo invocó la constitución pastoral Gaudium et spes4, donde se nos da una síntesis de la antropología cristiana:5 “el hombre, única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás”.
“Ésta puede decirse —explica— que es verdaderamente una interpretación adecuada del mandamiento del amor. Sobre todo, queda formulado con claridad el principio de afirmación de la persona por el simple hecho de ser persona; ella, se dice, «es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma». Al mismo tiempo el texto conciliar subraya que lo más esencial del amor es el «sincero don de símismo». En este sentido la persona se realiza mediante el amor”.6
La persona humana tiene libre albedrío. Es sujeto de su existencia. Le compete hacer su vida conforme a la verdad. Conocer lo bueno, decidir según su buen juicio. Al mismo tiempo, le compete actuar en forma espontánea en respuesta a la llamada de los valores. Hacer lo bueno porque quiere hacerlo. En una palabra, amar. El amor es así plenitud de la libertad y realización de la verdad: no reduce el ser amado al rango de una cosa útil, no lo trata como mera fuente de placer. Quiere su bien.
Por eso, más que a ninguna otra realidad en la tierra, a la persona corresponde ser amada. Y corresponde a la persona, como camino de vida plena, amar. El amor es la vocación fundamental e innata del ser humano.7
Ello tiene su lugar más propio en el matrimonio y la familia, puesto que la familia existe en torno y para ese bien que es la persona. En el ámbito familiar, valemos por el simple hecho de ser. Procuramos entonces (es el movimiento mismo del amor) reafirmar la personalidad de cada uno, ayudar a su desarrollo, asistirlo en sus dificultades.
Pero se realiza también en esas dimensiones constantes de nuestra vida que son el trabajo y el sufrimiento. En el trabajo, donde nuestra actividad se vuelca en el servicio fundamental de dominar el ambiente para humanizar el mundo. En el sufrimiento, que trae consigo como una doble invitación de parte de Dios: la llamada a hacernos buenos en el sufrimiento; la invitación a hacer el bien a la persona que sufre.
Acudir a la Misericordia Divina
Nos corresponde pues edificar una civilización del amor, donde prevalezca la afirmacióndel valor y la dignidad inalienable de cadapersona.
La lógica del materialismo práctico quiere persuadirnos de otra cosa. Pone a las personas en función del beneficio que puedan reportar. Hemos llegado a una civilización enferma en la que, por una parte se afirma y se reclaman
los derechos humanos y, por la otra, se aprueban leyes que permiten el aborto y la eutanasia, en directa contradicción con el derecho a la vida de todo ser humano.
Así, más que nunca la respuesta es Jesucristo, acudir a la Misericordia Divina: “en el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte”.8

Rafael Tomás Caldera / rcaldera@usb.ve
1 Cf. Gaudium et spes, n. 22.
2 Redemptor hominis, n. 1
3 Evangelium vitæ, n. 49.
4 N. 24.
5 Dominum et vivificantem, n. 59.
6 Cruzando el umbral de la esperanza, Nueva York, Alfred A.
Knopf, 1994, pp. 215.
7 Familiaris consortio, n. 11.
8 Dives in misericordia, n. 15.