Leer Entrelíneas

Sobre la felicidad

Marzo (2011)

Como la sociedad actual, por ser una sociedad de consumo, busca satisfacer todos los deseos, no resulta fácil a veces, ayudar a los muchachos para que sean más abnegados, para que sepan recortar las cosas que les apetecen y para que no busquen la felicidad en donde no podrán encontrarla, es decir, para que vivan el desprendimiento.
Evidentemente se puede decir que si una persona se  come una caja de galletas, le dolerá el estómago; que si toma mucho licor, tendrá después “ratón”; que si se pasa un fin de semana de fiesta continua, le irá mal en el examen del lunes, pero esto no basta. Se puede hacer entender, de modo provisional, que las consecuencias inmediatas de una falta de templanza serán malas. El hedonista burdo busca el máximo placer a como dé lugar, el epicúreo busca el placer como el fin de la vida, pero con un cierto cálculo. Sería un grave error quedarnos al nivel de Epicuro.
Toda criatura tiene amor natural al deleite, a lo que gusta o apetece. Pero este deseo debe ser moderado1, no de modo que lo hagamos pequeño, una especie de dieta de placer, sino subordinarlo al amor electivo, al amor al bien, al amor de benevolencia, que es propio de la criatura espiritual y es el que queda después de esta vida. Por esto dice San Agustín: “La templanza es el amor que nos mantiene íntegros e incorruptos, de modo que nos comportemos ante las cosas creadas con la modestia del que usa y no con el afecto del que ama”.
El fin que se debe buscar en la vida, no es la felicidad a toda costa (aunque se desee, como bien sabemos), sino el amor, el buen amor (que no es buscar mi bien, sino buscar el bien del otro). Por esto lo que hay que desarrollar es el amor de benevolencia. Hay que enseñar que, para ser feliz (el único modo de ser feliz), es precisamente querer el bien del otro. El bien merece ser hecho. Si además me siento feliz, tanto mejor. El deseo de ser feliz es legítimo, necesario e incluso debido, pero no es el fin último. “Mi felicidad” no es un bien absoluto. Mi Bien absoluto es Dios. Y si busco a Dios, si busco realmente el amor de Dios (y el de los demás por Dios) encontraré la felicidad, pero si busco a toda costa la felicidad, no la encontraré nunca. Se dice que las puertas de la felicidad abren hacia fuera.
Conviene tener presente que cuando alguien dice que no hace el bien porque no le “apetece”, él no es bueno. Cuando libremente decido ser bueno, hacer el bien, querer y procurar el bien de los demás, me hago bueno a mí mismo y en la misma medida empieza a “apetecerme” (me resulta conveniente y casi necesario) hacer el bien.
Por tanto, una manera de lograr que me apetezca lo objetivamente bueno, es comenzar a quererlo y hacerlo; pero no para que me apetezca, sino porque al otro le conviene. Esa satisfacción de mi “apetito” (en último término la felicidad) será luego un simple resultado y nunca puede obtenerse -como afirma Frankl una y otra vez- por intención directa. No puedo no querer ser feliz: es una necesidad.
La ética se funda en la libertad y no en la necesidad: se trata de lo que debo hacer libremente y no de lo que haré en cualquier caso. Lo que libre y éticamente he de hacer es subordinar mi felicidad al amor de Dios y a los demás por Dios. De manera que después, de modo inesperado, me encuentro con que soy feliz. Esencial y radicalmente no he de querer ser feliz, sino ser bueno. Y es así como además seré feliz. La filosofía moderna ha invertido esa relación y el resultado tiene graves consecuencias y está bien a la vista.


Carlos Cardona

1 Moderar es templar, ajustar, dar modo y medida. Puede incluir el evitar excesos, pero no es esto su esencia.