Leer Entrelíneas

¿Miedo a la muerte?

Marzo (2012)

Yo nunca le he tenido miedo a la muerte (ni a la mía ni a la de un ser querido). Pienso que es porque cuando estaba muy chiquita me hablaban del cielo con una ilusión tan grande que eso me daba mucha tranquilidad. Eso de saber que estaría con Dios, la Virgen y mis seres queridos fallecidos, me transmitía mucha seguridad. Recuerdo que en mi niñez los niños soñábamos con los helados de carrito (ahora ellos sueñan con cosas un poco más sofisticadas) y a mí me decían que en el Cielo había un carrito de helados que nunca se acababa y que te podías comer todos los que quisieras. Eso sí, me decía mi abuela, para llegar al Cielo te tienes que portar muy bien. Más entrada en la adolescencia ya no me creía lo del carrito, pero seguía pensando que el cielo era algo muy especial; entonces mi imagen de éste pasó a ser la Gran Sabana porque cuando la conocí realmente me enamoré de ella y la paz que allí sentí fue realmente única.
Recuerdo haber ido pequeña a muchos entierros de familiares y amigos (unos por enfermedad y otros por accidentes) y nunca sentí que la muerte fuera una tragedia. Mi familia, gracias a Dios, tiene mucha fe y ha sobrellevado muertes naturales e inesperadas con mucho dolor pero con mucha paz. Si recuerdo en un velorio que una pariente política me dijo: “Pídele a Dios por mí para que me de fe porque estoy desesperada, yo no creo en eso del Cielo”. Desde ese día le digo a todo el que se me acerca que el regalo más grande que le puede dar uno a un hijo es la fe, porque sin ella es muy difícil que podamos sobrellevar momentos duros en nuestra vida, sean del tipo que sean.
Más adelante, cuando comencé a estudiar seriamente mi Fe Católica, me di cuenta que la muerte es algo mucho más profundo y maravilloso que un carrito de helados o estar en la cima del Roraima. Un sacerdote muy querido, quien murió hace pocos meses, una vez me dijo que cuando alguien se muere no se debe llorar sino que lo que se debe hacer es una fiesta. Yo le di la razón, aunque reconozco que el día de su entierro no pude contener las lágrimas por la separación; pero también lloraba por la alegría que él debía estar sintiendo en esos momentos en el Cielo (en su gran fiesta) con sus seres queridos después de una vida de renuncias, sacrificios, olvido de si mismo y entrega a los demás. En los comienzos del cristianismo se enseñaba a los fieles a no lamentarse por la muerte de los suyos, sino que se regocijaran porque las almas de los que habían partido ya estaban con Dios y gozaban de paz y de felicidad después de las pruebas y trabajos del mundo. Tertuliano, San Cipriano y las actas de Santa Perpetua dan testimonio de la antigüedad de estas costumbres.
Porque para un cristiano la muerte es el comienzo de la verdadera
Vida. Ese día maravilloso en que llegaremos a nuestra Patria definitiva y nos encontraremos cara a cara con el Amor de los Amores: Jesucristo, con nuestra Santísima Virgen, San José, Santa Teresa, San Agustín, …. y miles y miles de santos, canonizados o no (entre los que estarán nuestros seres queridos fallecidos), esperándonos felices para la gran fiesta celestial. ¡Y pensar que allí entenderemos tantas cosas que nunca pudimos entender aquí abajo! Pero lo más grande de todo será cuando nos demos cuenta que Sí valió la pena esforzarse para hacer rendir, de la mejor manera, los talentos que Dios nos dio (llámense poder, dinero, belleza, inteligencia, etc.); que Sí valió la pena seguir el Camino Estrecho que Él nos indicó muy claro en los diez mandamientos para poder gozar de Su Amor, en plena paz y tranquilidad (sin problemas, ni angustias, ni incertidumbres, ni sufrimientos, ni dolores) para siempre, para siempre…
Y que conste que no me imagino para nada el cielo aburrido. No sé por qué pero pienso que bastantes músicos venezolanos fallecidos deben haber montado allá varias orquestas que animan maravillosamente las veladas celestiales. Así que ¿Quién dijo miedo a la muerte? Y ahora que conocemos, por intermedio de Santa Faustina Kowalska, el inmenso caudal de la misericordia de Dios hacia todas las personas y especialmente hacia los pecadores arrepentidos ¿a qué podemos tener miedo? Porque como dicen por ahí: “Todo tiene solución menos la muerte. Y la muerte ¡Es la solución!” cuando hemos vivido en esta tierra de paso como ejemplares hijos de Dios sembradores de Paz, Unión, Alegría, Entrega y Servicio.
¿Y se acuerdan cuando escribí que la enfermedad era un regalo de Dios?
Pues lo vuelvo a repetir, porque la enfermedad es una oportunidad única que nos da Dios para prepararnos muy bien para ese momento definitivo que aunque en un principio nos pueda parecer tenebroso, en lo que le abrimos la puerta a Dios, a Su Camino y a Su Verdad, comenzamos a entender que la muerte es Vida. De esta manera viviremos el tiempo que nos queda, en esta tierra de paso, de manera que podamos ganarnos esa Vida Eterna que Dios nos tiene prometida, y que tarde o temprano nos llegará a todos.

María Denisse Fanianos de Capriles
mariadenissecapriles@gmail.com
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