Leer Entrelíneas

Un sacerdote debe ser….

Marzo (2012)

Entré en el seminario cuando era todavía un niño, apenas once años; recuerdo el día en que mi papá me llevó a las puertas del seminario para preguntar qué debía hacer para internarme ahí. No era que yo necesitara un internado por mala conducta, fue porque no se fiaban de la educación que impartían en los liceos de mi pueblo y el seminario era la mejor opción para estudiar los varones y además estaba muy cerca de mi casa, a 10 minutos caminando.
Ahí encontré este escrito pegado en una pared, y que a lo largo de los años ahí pasados me fueron sonando y perfilando la respuesta a la llamada que el buen Dios me hiciera un día.
Fue el seminario el que me ayudó a integrarme a mi comunidad parroquial, a ser Iglesia, a ser hombre de valores y ser hombre de Dios. Este manuscrito lo leo en los retiros para recordar lo que Dios espera de mí, lo que Dios me puso en mis ojos cuando apenas era un niño y que en estos años de sacerdocio he ido experimentando con alegría y fortaleza.
Hoy quiero ponerlo en manos de otros jóvenes para Dios siga obrando el milagro de la vocación en muchos de ellos.
UN SACERDOTE DEBE SER...
Muy grande y, a la vez, muy pequeño, de espíritu noble, como si llevara sangre real, y sencillo como un labriego, héroe, por haber triunfado de sí mismo, y hombre que llegó a luchar contra Dios, fuente inagotable de santidad
y pecador a quien Dios perdonó, señor de sus propios deseos y servidor de los débiles y vacilantes, uno que jamás se doblegó ante los poderosos y se inclina, no obstante, ante los más pequeños, dócil discípulo de su maestro y caudillo de valerosos combatientes, pordiosero de manos suplicantes y mensajero que distribuye oro a manos llenas, animoso soldado en el campo de batalla y madre tierna a la cabecera del enfermo, anciano por la prudencia de sus consejos y niño por su confianza en los demás, alguien que aspira siempre a lo más alto y amante de lo más humilde… Hecho para la alegría, acostumbrado al sufrimiento, ajeno a la envidia, transparente en sus pensamientos, sincero en sus palabras, amigo de la paz, enemigo de la pereza, seguro de sí mismo. “Completamente distinto de mí”, comenta humildemente el amanuense.
(Manuscrito medieval encontrado en Salzburgo)
Hoy agradezco a Dios el haberme llamado al sacerdocio, el haberme consagrado a su servicio. ¡Alabado sea el Señor!

Pbro. Octavio Rodríguez P. / Dir. del Dep. de Clero, Vocaciones, Seminarios y Diaconado Permanente de la Conferencia Episcopal.

pbrooctaviorodriguez@gmail.com