Leer Entrelíneas

La belleza de los certámenes de belleza

Marzo-Abril (2014)

Hace días, leí en un tweet, que Osmel Sousa –el divo de la belleza venezolana, como lo llaman declaró la noche antes del certamen del Miss Universo que la mujer es pura belleza exterior, que la belleza interior de las mujeres no existe. Viniendo de quien viene, el comentario no me causó mayor asombro. El Sr. Sousa se ha dedicado durante años a comercializar la belleza de la mujer venezolana, y de tanto manosearlas seguro que ya ve a las mujeres como objetos de exhibición.
Es difícil hablar de la belleza. Se confunde la percepción subjetiva de los objetos hermosos con la realidad ontológica de lo bello. Cuando se entiende la belleza como aquello que me gusta y me causa cierto placer, es casi imposible afirmar que la belleza es objetiva en cuanto a que se encuentra en el propio ser; que cada ente por el hecho mismo de tener acto de ser es bello, y que a medida que este acto de ser se acerca más al Ser Subsistente posee más belleza, es más bello. Y es más bello porque es más verdadero; porque es más bueno; porque posee más unidad interna.
Esta es la perspectiva metafísica de la belleza, y así un autor contemporáneo escribe que la belleza no puede ser reducida sólo al dominio del arte: “encontrándose la belleza en la realidad, en la estructura misma del ente, todo ente contendrá en sí mismo la posibilidad de suscitar la contemplación estética; toda realidad podrá llamarse, de manera analógica y nunca completa, bella. Los ejemplos y clasificaciones de las manifestaciones de la belleza podrán ser  muchos, pero no arbitrarios ni dependientes sólo de la moda o de la sensibilidad del momento. Precisamente porque la belleza está anclada en lo real, quedará marcada por todos los posibles pliegues y distinciones formales que la razón humana es capaz de encontrar en la realidad y, en consecuencia, se podrá hablar de belleza natural o artística, de belleza espiritual o belleza moral,  de belleza sensible, figurativa, expresiva, ideal… Bello es un árbol, una obra maestra de arte, la muerte heroica de un mártir cristiano, el amor materno, el sonido de la voz humana, una figura geométrica, el rostro recio de un trabajador, la inocencia de un niño…”
Las cosas bellas son susceptibles de ser contempladas –las feas también-; y esta contemplación de lo bello lleva a un regocijo del espíritu que puede llevar al hombre a trascender los contornos propios de la materia y elevarlo a la mismísima contemplación de Dios. De ahí la importancia de educar el gusto estético, en cuanto a formar la capacidad racional y volitiva del hombre de acceder a lo verdadero y a lo bueno.
La contemplación de la belleza pertenece a la razón práctica; pero también hay que admitir que si se oscurece la capacidad de admiración el hombre no será capaz de toparse, descubrir, asombrarse, disfrutar y deleitarse con las cosas bellas. Se entiende pues que, por ejemplo, se pueda apreciar lo bello que el sufrimiento lleva inherente a sí mismo, como magistralmente lo  han expresado  algunos cantos jondos u operísticos. Es que “el criterio de valoración estética dependerá de la perfección del objeto, pero también de la madurez del sujeto” que contempla al pulchrum.
Por eso el relato de lo hermoso tiene mucho que ver con las ideas metafísicas de quien relata. La historia, el arte, la literatura, la música, la pintura, la fotografía o el cine son diversos relatos de la realidad. Y si quien expone esa realidad determinada -ya sea de forma plástica, escrita, representativa, figurativa, o simbólica- no capta la belleza ontológica relacionada trascendentalmente con el verum y el bonum, corre el peligro de relatar mentiras -malas, feas o absurdas.
Si quien tiene por oficio mostrar –y negociar- la belleza de la mujer venezolana en supuestos y reputados certámenes solo se fija en unas buenas piernas, pues cae en el error de decir que la mujer no tiene belleza interior, que es pura carne. Su capacidad de contemplación está oscurecida de tanto ver, de tanto curiosear, de tanto hurgar. La belleza también tiene su misterio. Cuando el velo de este misterio es corrido ante miles de espectadores, la belleza se agota en la primera mirada. En un ambiente donde el tener es más importante que el ser, pensar la belleza es importante. Y en un mundo donde el aparecer se presenta incluso más importante que el tener y el ser, profundizar y devolverle el genuino sentido a lo que es bello, se hace urgente. Así se entenderá que existen mujeres feas que son realmente bellas, o al contrario…

Francisco Febres Cordero.