Leer Entrelíneas

PARA EDUCAR CORRECTAMENTE:
DIEZ PRINCIPIOS Y UNA CLAVE (PARTE I/II)

Mayo (2007)

Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos. Su misión no es fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir; respetar la libertad de los niños, pero a la vez guiarles y corregirles; ayudarles en sus tareas, pero
sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo…
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el "oficio de padres" debería ser de otra forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse.
En cualquier caso, aprender este "oficio" no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida, para con ellos encarar la práctica diaria.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre "el arte de las artes", como ha sido llamada la educación.

TRES CONSEJOS DE PRIMER ORDEN

1) La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de "un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor". Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.
¿Por qué? Entre otros motivos, porque "cada niño es un caso" absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese "caso" concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y sólo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora y actuar en consecuencia: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que "el amor es ciego", resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, sólo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura.
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas; las ocasiones en que conviene "soltar un poco de cuerda" y "no darse por enterados" frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan insustituibles. Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: "lo siento, pero no vendemos padres".

2) La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.
"Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…". Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos -alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.-, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los
hijos: que los propios padres se amen y estén unidos.
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas -el amor de los padres- que engendraron al hijo.
Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro "útero" y otro "líquido", sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de verdad.
Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde que los niños son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, los padres han de prestar atención a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: "esto no se lo digas a papá (o a mamá)", etc.

3) Enseñar a querer.
Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como fruto de ese amor, que quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar.
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar.
Según explica Rafael Tomás Caldera, "la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro -capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual- tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido"… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial. La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros. Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha - como muestran desde los filósofos más clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos - no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto sólo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón.

(Continúa en el próximo número)