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JESUCRISTO, SACERDOTE PARA SIEMPRE

Mayo (2010)

En el año sacerdotal (11 de junio de 2009 – 9 de junio de 2010)
“Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombresen lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hb 5, 1)

¿Sabías que todos los bautizados somos sacerdotes?
Por el sacramento del bautismo, hombres y mujeres somos constituidos sacerdotes, profetas y reyes, marcados con el sello indeleble de la gracia de la filiación divina. Nos hacemos hijos de Dios y partícipes del sacerdocio de Cristo. Este sacerdocio recibe el nombre de sacerdocio común de los fieles. Gracias a este sacerdocio común, podemos ofrecer al Padre el sacrificio de nuestra propia vida –nuestra existencia y nuestro trabajo–, uniéndolo al sacrificio de Cristo en la cruz, que se renueva cada vez que se celebra la Santa Misa.
Además del sacerdocio común, Cristo quiso instituir otro sacerdocio esencialmente distinto del sacerdocio común, que lo presupone, y se denomina sacerdocio ministerial. Éste se recibe con el sacramento del orden sacerdotal.
¿Qué es un sacerdote?
Es aquel que ofrece a Dios una ofrenda sagrada. En la Iglesia de Cristo, el sacerdote es un varón que, habiendo recibido el sacramento del orden sacerdotal, queda configurado con Cristo sumo y eterno sacerdote, para ofrecer el sacrificio del altar en la Eucaristía, administrar los sacramentos y predicar la Palabra de Dios.
En el ejercicio de su ministerio, el sacerdote hace las veces de Cristo, actuando en persona de Cristo.
¿Por qué es importante el sacerdocio ministerial en la Iglesia?
Porque el sacerdocio ministerial permite que la misión de Cristo tenga continuidad a lo largo de la historia. Los sacerdotes consagran la Eucaristía en persona de Cristo y hacen presente a Cristo entre nosotros. Se cumple así la promesa de Nuestro Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
Además, los sacerdotes son los intermediarios del perdón de los pecados en el sacramento de la confesión: nos absuelven de nuestros pecados en el nombre de Cristo, gracias a aquel poder que Jesús les otorgó cuando dijo a los apóstoles: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados, les son perdonados, a quienes se los retengan, les son retenidos” (Jn 20, 21).
Por otra parte, los sacerdotes predican la Palabra de Dios en nombre de Cristo, pues Él dijo a sus apóstoles: “Quien a ustedes oye, a mi me oye; quien a ustedes desprecia, a mi me desprecia” (Lc 10, 16).
También, en nombre de Cristo, los sacerdotes conducen como buenos pastores al rebaño a ellos encomendado, llevándolo hacia Dios.
En fin, los sacerdotes administran los sacramentos, fuentes de la gracia divina, y son así instrumentos para la salvación y santificación de las almas.
¿Por qué quiso Dios dejar la administración de su gracia en manos de los sacerdotes, sabiendo que muchos de ellos no iban a ser fieles?
En efecto, hay sacerdotes, como Judas Iscariote, que traicionan a Cristo y viven de espaldas a Él. Sin embargo, son más los que son fieles y entregan su vida generosamente por su Iglesia.
Cristo quiso dejar su gracia en manos del sacerdote porque confía y cree en nosotros, aunque sabe que somos pecadores y frágiles. Esto se corresponde con la lógica de la encarnación y de la mediación: así como Dios constituyó a Cristo, Dios y hombre verdadero, como único mediador entre Dios y los hombres, así quiere hacerse ayudar por hombres que actúen en su nombre, llevando su gracia y su Palabra a todas las encrucijadas de la tierra.
¿Hacen falta sacerdotes en la Iglesia, o ya hay suficientes?
Nunca ha habido suficientes sacerdotes en la Iglesia católica. Mucha gente muere sin los últimos auxilios espirituales, sin recibir los sacramentos de la confesión, unción de los enfermos y comunión, por falta de sacerdotes. Hay muchas parroquias e iglesias sin sacerdotes. Mucha gente desconoce el mensaje central del cristianismo porque no hay sacerdotes que lo anuncien con la autoridad de Cristo.
Pero Dios no quiere sacerdotes mediocres. Necesita sacerdotes santos, dispuestos a entregar su vida, hasta el derramamiento de su sangre si fuera preciso, por la salvación espiritual de sus ovejas.
La labor de los sacerdotes muchas veces pasa desapercibida, y queda oculta a los ojos de la mayoría. Sin embargo, su trabajo es como el latir del corazón o la respiración, necesario para el desarrollo vital de la sociedad.
¿Cómo hacer para que haya más vocaciones sacerdotales?
Un medio verdaderamente imprescindible es la oración. Jesús nos ha dicho: “la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rueguen, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2).
Además de pedir a Dios por las vocaciones sacerdotales, hay que apoyar y animar a los que ya han emprendido ese hermoso camino.
Dios llama a muchos jóvenes al sacerdocio, pero muy pocos son los que responden y son fieles. Educar a los jóvenes en la generosidad es una condición necesaria para que haya más vocaciones sacerdotales.
Si eres joven y estás leyendo estas líneas, y piensas que Dios te está llamando, habla con un sacerdote de tu confianza, que te pueda orientar en tu vocación. Ánimo, no temas, el Señor te quiere hacer pescador de hombres.
¿Quién es el modelo ideal de sacerdote?
El modelo ideal de sacerdote es Cristo mismo, con quien cada sacerdote se debe identificar. Así lo han hecho los innumerables sacerdotes santos que ha tenido la Iglesia a lo largo de la historia. Este año recordamos de modo especial a san Juan María Vianney, conocido como el santo Cura de Ars, quien dedicó su vida sacerdotal al servicio humilde y abnegado en la parroquia francesa de Ars, pasando hasta 12 horas diarias en el confesionario, predicando incansablemente el evangelio con sus homilías y catequesis, y orando continuamente por su pueblo. Se distinguió por su amor a Cristo en la Eucaristía, y a su Iglesia, y por una particular devoción a la Santísima Virgen María, madre de los sacerdotes.
Señor, danos sacerdotes
Señor, danos santos sacerdotes
Señor, danos muchos y santos sacerdotes
Pbro. Abelardo Bazó