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Nuestra experiencia en el VII Encuentro Mundial de la Familia en Milán

Mayo-Junio (2012)

Somos una familia de cuatro miembros: papá, mamá, una niña de once años y un niño de ocho. Siendo muy felices y con la bendición de que Dios nos regalara una niña y un niño, nuestra familia “estaba completa”.
Estimamos tener los recursos (físicos y económicos) justos para los cuatro y por lo tanto decidimos, naturalmente, quedarnos con ese número de miembros.
Quisimos asistir al Encuentro para conocer y compartir con otras familias que como nosotros, también luchan a diario para superar los retos de la vida diaria sustentados en la fe en Cristo y acompañados por la Iglesia.
Una de las abuelas se animó a acompañarnos y así fue como nos alistamos, los cinco, a participar del Congreso Teológico Pastoral y de los Encuentros con el Santo Padre.
A veces parece que olvidamos que los seres humanos somos generosos y tendemos a la bondad. Estamos acostumbrados a mirar el lado malo de las cosas y nos cuesta creer que pueda haber en el mundo gente dispuesta a abrir su corazón a quien lo necesite, sin importar que se trate de un extraño o hasta ¡cinco desconocidos!.
La noche antes de partir a Milán supimos que nos acogería una familia numerosa. Se trataba de la mamá, el papá y cinco hijos, entre los cuales había un par de morochos.
No entendíamos como una familia que parecía ser ya demasiado grande (y probablemente con bastante trabajo) estaba lista para recibir en su casa a otra familia completa, con abuela y todo.
Por si fuera poco, en el mismo correo previo a nuestra llegada, les confirmamos que la abuela tenía necesidades especiales pues había sufrido polio de pequeña y sufría secuelas que requerían de arreglos particulares.
Desde que llegamos a Milán nos sentimos acogidos con un cariño enorme. Los dueños de la casa insistieron que nos quedáramos en su habitación; y a nuestros hijos y a la abuela los hospedaron en las habitaciones de sus hijos, mientras toda la familia milanesa se fue a acampar junta a un solo cuarto pequeño y muy sencillo en colchonetas.
Así, nos cedieron su casa, todas sus comodidades y sus recursos a nosotros, “los extraños”.
Durante los días que estuvimos juntas las dos familias rezamos juntos el rosario y compartimos algunas de las historias de los pequeños y grandes milagros que Dios ha obrado en las dos familias. Supimos por ejemplo que durante una peregrinación, la mamá y el papá milaneses, separadamente y sin conocer la oración del otro, pidió a Dios que llegara otro hijo y poco tiempo después se enteraron que tendrían morochos; ¡Dios le había enviado a cada uno el regalo por el que había rezado!
La familia anfitriona cuidó de todos nosotros, nos alimentó y hasta ropa nos metió en la lavadora ¡y nos la devolvieron doblada y planchada!
Durante el Congreso Teológico Pastoral, escuchamos a los expertos hablar de la importancia de la familia como el lugar idóneo para el desarrollo de la persona y como recurso para la sociedad. Se evidenció una vez más que la familia es el recurso más valioso de la humanidad.
Pero la generosidad de la familia que nos acogió, nos hizo reflexionar personal y profundamente sobre el mensaje del Papa Benedicto XVI: En la familia se experimenta que la realización del ser humano es dar. La donación gratuita a los demás es lo que ‘enciende en el corazón la luz de la paz que ilumina al mundo’.
La experiencia que nos dejó el VII Encuentro Mundial de la Familia en Milán nos ha llenado de la fuerza necesaria y la confianza para abrirle las puertas sin egoísmos a la vida. Hemos decidido abandonarnos en El Señor y recibir con todo el amor del mundo a los hijos que Él nos quiera enviar.

Familia Amaya Parra