Leer Entrelíneas

Todos fuimos embriones

Mayo-Junio (2012)

En los partos modernos al papá lo invitan a entrar al quirófano a presenciar la llegada de su hijo. Hace unas décadas, esto era inconcebible. El álbum que los padres confeccionan con los recuerdos del hijo, se inicia con unas fotos donde no aparece tan hermoso como las visitas suelen decir.
La vida humana cuando nace está rodeada de un misterio, expresión de la sacralidad de lo que allí está ocurriendo. El nacimiento de un bebé ha sido un hito importante en todas las civilizaciones. Sin embargo, la ciencia ha alcanzado tal grado de sofisticación que el hombre puede impedir la unión de las dos células que originarán un nuevo ser, o modificarlas al gusto antes y después del proceso implantatorio.
Esto nos obliga entrar con manos de seda en esos territorios. O entraremos como un elefante en una cristalería: destruyéndolo todo. El dominio del hombre sobre la vida puede revertirse y destruirlo. Por ello, no todo lo técnicamente posible, es moralmente admisible. Esa sacralidad se ha perdido, porque la ciencia va más allá. Permite excluir a los padres de la generación y en un futuro próximo, escoger el modelo de hijo que desean.
De un aparato reproductivo humano, hemos pasado a un aparato productivo, casi industrial de bebés. Esta cultura nos ha metido en la cabeza que nuestros hijos deben ser bellos, catires, de ojos azules o verdes, como en las películas de Walt Disney. Todo lo que traiga, que pueda molestar o hacer sufrir a los padres, debe ser eliminado. Y resulta que no. El operativo de nacer no funciona así. Ni la vida tampoco.
Desde unas décadas se han ido aplazando las investigaciones terapéuticas para combatir la esterilidad. No se profundiza en las intervenciones que faciliten o hagan fecundo el acto conyugal. Se investiga en cambio sobre la inseminación artificial o la fecundación “in vitro”, la clonación, etc. Podemos fabricar un hombre en el laboratorio. Es la reproducción sin sexualidad.
La reproducción humana no es solo fisiológica, sino un encuentro biológico-personal que da origen a otro ser también biológico personal. Separar los dos aspectos -unitivo y procreativo- de la reproducción humana, es traicionar el conjunto. Y esto es lo que ocurre en la FIV. Se separa lo material de lo espiritual.
En un contrato matrimonial no se intercambian cosas, sino personas. Un hombre no puede tener una relación de amor con una cosa. Y en la FIV el hijo queda cosificado. Expuesto a ser rechazado si no aprueba el control de calidad. Para conseguir por la FIV 30.000 bebés, se sacrifican 660.000 embriones que también son personas. El embrión ha quedado desnudo, en un tubo de ensayo o placa petri, a merced de un frigorífico que lo mantendrá congelado mientras pueda ser útil.
¿Por qué no es buena para el hombre la fecundación in vitro? Porque violenta la naturaleza. Además, tener hijos no es un derecho absoluto de los padres, ni se les puede buscar a costa de lo que sea. Los padres cosifican al hijo al considerarlo un objeto de su propiedad, que si no se posee, se ordena su fabricación.
El hijo no es algo debido a los padres. Es un don, un regalo, manifestación de la recíproca entrega de los padres. Dice Kimberly Hann que el amor entre ella y su marido Scott es tan intenso, que a los nueve meses hay que ponerle nombre.

OSWALDO PULGAR PÉREZ Publicado en El Universal, 1 de marzo de 2012