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Contra la agonía de la sociedad ¡hagamos el milagro de la familia!

Mayo-Junio (2014)

Cuando una sociedad comienza a perder sus valores, podemos empezar a hablar de su agonía. Los rasgos de esa agonía son fácilmente identificables: aumento de la violencia intrafamiliar, inseguridad social, matrimonios deshechos, hijos abandonados, embarazos de adolescentes, irresponsabilidad, abortos, suicidios, drogadicción…
Es una agonía triste y trágicamente dolorosa. Cada uno de esos factores no son abstractos sino que tienen nombres y apellidos concretos; a veces los vemos en la televisión, otras veces los escuchamos en la radio, otras más los leemos en la prensa o, quizá, conocemos casos de personas o familias si no es que nosotros mismos lo estamos viviendo.
¿Qué está detrás de esta agonía? La crisis de las virtudes y de los valores. Virtudes y valores como el respeto, la justicia, la fuerza de voluntad, la unidad, la responsabilidad, la continencia, la madurez, la esperanza y muchas otras están a la baja no porque hayan perdido su valía sino porque se les ha vaciado de sentido, se les ha relegado o se la hecho aparecer como aburridas o anticuadas.
Ciertamente la crisis de los valores no es algo aislado, es la consecuencia de algo aún más profundo: la crisis de la familia. Y es que si la familia está mal, todo en la sociedad lo estará pues la familia es su núcleo vital, su centro natural.
Natural porque, lo sabemos, sólo de la unión de un hombre con una mujer nace una nueva vida. Si la raíz del árbol está mal, lo estarán también el tronco, las ramas y las hojas. La familia es una escuela de virtudes y valores; en ella
aprendemos las nociones del bien y del mal, del respeto, la madurez, la ecuanimidad, la coherencia, el amor, etc.
¡Recordemos, tengamos presente la belleza de la familia, lo que supone la unidad familiar! No podemos perder el estamos viviendo. ¿Qué está detrás de esta agonía? La crisis de las virtudes y de los valores. Virtudes y valores como el respeto, la justicia, la fuerza de voluntad, la unidad, la responsabilidad, la continencia, la madurez, la esperanza y muchas otras están a la baja no porque hayan perdido su valía sino porque se les ha vaciado de sentido, se les ha relegado o se la hecho aparecer como aburridas o anticuadas.
Ciertamente la crisis de los valores no es algo aislado, es la consecuencia de algo aún más profundo: la crisis de la familia. Y es que si la familia está mal, todo en la sociedad lo estará pues la familia es su núcleo vital, su centro natural. Natural porque, lo sabemos, sólo de la unión de un hombre con una mujer nace una nueva vida. Si la raíz del árbol está mal, lo estarán también el tronco, las ramas y las hojas. La familia es una escuela de virtudes y valores; en ella aprendemos las nociones del bien y del mal, del respeto, la madurez, la ecuanimidad, la coherencia, el amor, etc.
¡Recordemos, tengamos presente la belleza de la familia, lo que supone la unidad familiar! No podemos perder el sentido del aprecio hacia esa belleza que nos hace valorar más a la verdadera familia.
¿Quién no se siente edificado por esas familias donde el padre y la madre se aman _el mente y con detalle? ¿Qué padre o madre no experimenta el dulce sabor interior al escuchar por vez primera el “papá” o “mamá” del hijo que empieza a balbucear sus primeras palabras? ¿Cuántos hijos hemos agradecido la cercanía de nuestros padres en los momentos de dolor y alegría, justo cuando los necesitábamos? ¿Cuánto hemos aprendido del testimonio vivo de nuestras familias desde la tierna infancia? ¿Quién no valora la caricia materna, el consejo de papá, la cercanía de los
hermanos, el afecto de los abuelos, la amistad de los primos, el amor de la esposa, el apoyo de los tíos, la _lial y sana dependencia de los hijos?
Conforme han ido pasando los años, muchas de las sanas costumbres y perennes valores han decaído a consecuencias de un falso progreso. Las consecuencias más visibles de esa herida a la familia las estamos viviendo en nuestra sociedad al grado de hablar incluso de esta agonía.
¿Todo está perdido entonces? No, no lo está. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo se puede actuar? Es verdad que las agonías son la antesala de la muerte, pero no es menos verdad que los milagros existen. Y en el caso concreto del tema de la familia nosotros podemos ser copartícipes y protagonistas de ese milagro que necesita nuestra sociedad, que necesita el mundo.
Es un deber apoyar iniciativas que diseñen, promuevan y propongan políticas públicas integrales para la atención de la familia, esa familia que va desarrollándose por descendencia, por grados de parentesco (es decir, por personas que sin descender unas de otras, proceden de un tronco común; primos, tíos, abuelos, etc.), por afinidad (el contraído por el matrimonio, entre el varón y los parientes de la mujer y viceversa) y el civil que nace de la adopción. Apoyar a la familia es apoyarnos a nosotros mismos y a todos los hombres pues todo estamos incluidos en una relación de familia vivamos o no juntos en el mismo domicilio.
Apoyar a la familia no es cuestión de ideologías, credos religiosos o pertenencias políticas. La familia es la raíz del
árbol frondoso de la vida humana que está en riesgo de secarse y no podemos permitirlo pues su muerte supondría
la nuestra. De ahí también que cualquier iniciativa ideológica, religiosa y política, mientras lleve la impronta de la
verdad y de la búsqueda del bien común, será siempre bienvenida.
Quienes han tenido tristes experiencias familiares en sus vidas deben comprender que la inmensidad de los habitantes de una ciudad, estado o país, queremos que se defienda nuestro derecho a gozar y disfrutar de la belleza
de una familia; tenemos el derecho a que el milagro de la familia se prolongue por siempre.
Así como hay reservas ecológicas donde se defiende la naturaleza, debemos abogar por la defensa de ese otro medio ambiente más inmediato en el que nos desenvolvemos todos los días. ¡Necesitamos una reserva para la familia! Esa reserva es todo el mundo, nuestro único hogar. Hagamos el milagro de la familia defendiéndola. No estamos solos.

Jorge Enrique Mújica