Leer Entrelíneas

Un mundo especial

Mayo-Junio (2014)

Una de las realidades de la actualidad que más me tiene impactado, es el día a día que vive la sociedad, no del todo bien. Hablando de mi propia experiencia, viviendo en este país que es tan bello y a su vez, lamentablemente, con tantos problemas, se me ha ocurrido una forma de poder ayudar, aunque sea un poco, a que las personas contribuyan por un país mejor y, por qué no, a un mundo mejor.

Gracias a las oportunidades que me ha dado la vida he tenido la suerte de poder conocer a un mundo completamente nuevo. Se me dio la opción de poder ser entrenador de un equipo de futbolito de niños especiales, -entiéndase de personas con Síndrome de Down, problemas motores, autismo, entre otras discapacidades-. Indudablemente acepté la oferta que se me dio, ya que sabía que iban a ser momentos que me enseñarían mucho más de lo que se puede aprender en libros o películas.

Adentrándonos más en el tema primero quisiera hablar sobre la experiencia y cómo me ha ayudado a mí a ser más persona. Al principio, el primer día que me tocó ir a trabajar, sentía los mismos miedos que, imagino, muchas personas al igual que yo sintieron, o más que miedos, curiosidades de cómo ellos reaccionarían a que un nuevo entrenador les diera clases. Al llegar a la cancha lo sorprendente del caso es que el tímido era yo, el que no sabía cómo reaccionar era yo y los que salieron corriendo a darme la bienvenida y a presentarse fueron ellos, sin prejuicios como yo los tenía (ya sea para bien o para mal) y sin tratarme de forma diferente. Ahí tuve el primer aprendizaje de esta experiencia: “Como a ellos la sociedad no los ha dañado como lo ha hecho con nosotros, ellos confían, dan la mano y te hacen sentir cómodos desde el primer momento, cosa que muchas veces es difícil ver en personas como nosotros”.

Mi segunda experiencia con ellos fue cuando en medio del entrenamiento, semanas después, hubo un choque entre dos jugadores... Siempre comparo ese momento conmigo mismo, como si yo estuviera jugando fútbol. Si me hubiera pasado a mí tal vez me hubiera levantado del piso con la adrenalina en alto a buscarle pelea al que chocó conmigo. En cambio, al suceder este choque, uno cayó al piso llorando y el otro lo primero que hizo fue pedirle perdón, inquieto, intentando explicarle que pasó accidentalmente; el que estaba llorando se levantó y lo abrazó, diciéndole que él sabía que no lo hizo con intención de herirlo.

Ellos saben perdonar, saben aceptar que algunas veces el otro se equivoca sin intención y no por eso tienen que ser castigados. Tienen la inocencia de confiar que el otro es su amigo y no su enemigo. Hace dos días escuché la terrible historia de un compañero que iba en el carro intentando cambiar de canal y sin querer se le atravesó a un motorizado, el motorizado se molestó y lo esperó dos cuadras después con pistola en mano para robarle el dinero y el celular. Me atrevo a decir que mi amigo corrió con la suerte de que sólo lo robaran. En situaciones como éstas nos damos cuenta de quienes son los que realmente necesitan más ayuda.

Como esas dos cortas anécdotas tengo muchas más para contar, que me han enseñado a ver el mundo de forma distinta y, me atrevo a decir, a ver un mundo de forma especial. Es una idea tal vez difícil de realizar pero, como siempre digo “seamos realistas y empecemos a lograr lo imposible”.
Me parece que una forma de humanizar a la sociedad es presentándole este mundo tan maravilloso, desde los ojos de estos chicos que tienen mucho más para darnos de lo que nosotros podemos ofrecerles. Si pudiéramos mostrarle a cada persona del mundo estas historias que he contado, estoy seguro que por lo menos en 3 de cada 10 habrá un cambio, y con eso me bastará, porque no se trata de hacer grandes cambios de un momento a
otro, se trata de ir ladrillo por ladrillo hasta construir un muro, paso a paso, llegando a la meta, esa meta que la mayoría de nosotros queremos, que consiste en tener un mundo mejor.

Carlos Manuel González Pérez.