Leer Entrelíneas

"Reflexión desde la autopista"

Noviembre/Diciembre (2006)


A partir del concepto técnico de la palabra perdón no es posible esquematizar su esencia. Hay muchos tipos y formas de perdonar. Básicamente, lo necesario para entender el término es que se trata de una cuestión intangible, netamente divina porque fue Nuestro Señor, el Creador de la tierra y de cuanta maravilla existe, el primero en vivir esta extraordinaria práctica.

Esta característica ya convierte al perdón en una virtud presente en los corazones de todo hombre, mujer, anciano y niño de cualquier rincón del mundo. Esto resulta sencillo de comprender y justificar. ¿Por qué Dios perdona tantas veces y hay tantas personas que le dan la espalda e ignoran sus enseñanzas? No soy teólogo, pero si sé, -porque lo siento y aprendo cada día-, que fuimos concebidos a su imagen y semejanza, configurados de un disco duro particular para ejercer una función específica en el medio en el cual nos encontremos.
Entonces, debemos seguir el ejemplo del Padre Nuestro, al igual que los hijos en el mayor de los casos, intentan poseer las cualidades de sus padres. Éstos a su vez procuran orientar la educación de aquellos, de acuerdo a la que ellos recibieron. Perdonar es borrar la deuda de alguien que nos perjudicó. Por eso insisto: si el perfecto Dios y perfecto hombre no se ha cansado de perdonar con el cariño, amor y alegría de un padre, cuánto más deberemos nosotros perdonar a los demás.
Por ello, esta realidad otorga un soporte completo al perdón como herramienta divina, que todos los hombres pueden utilizar para corregir las limitaciones que le impiden ser coherentes y rectos en nuestra relación con los demás.
Sin embargo, quiero relatar una experiencia que me ayudó a entender el significado del perdón, y a considerarlo uno de mis grandes compañeros del trabajo diario.
Hace algún tiempo, en uno de los tantos recorridos que a diario necesité hacer para llegar al salón de clases de la universidad, experimenté un momento de extremo peligro. La camioneta en la que viajábamos tres compañeras y yo, se volcó debido a un desperfecto mecánico. Ellas se habían abrochado el cinturón de seguridad antes de salir. Yo en cambio, no me lo puse y me convertí en el protagonista de las consecuencias de aquel desagradable siniestro.
De pronto, una vez que cerré los ojos dando por hecho mi partida hacia la otra vida, me encontré acostado en el centro de la zanja de la autopista, con fracturas y heridas por todas partes. Mi reacción inmediata, no pudo ser otra que agradecer al Jefe Supremo la oportunidad de estar con el corazón latiendo, y la mente más despierta que nunca aunque estaba totalmente desfigurado de rostro y con la columna vertebral prácticamente inservible, mis emociones se centraban en aclamar una y otra vez que estaba vivo. Ese día, conocí en carne propia el perdón. De no ser por Él ahora mi féretro estuviera tres metros bajo tierra.
Desde aquel momento no he cesado de sentir e intentar transmitir lo fácil que es perdonar a los demás. Todos somos iguales. Tenemos el mismo número de órganos y rasgos físicos. No somos perfectos, ni mejores que otros. Estamos hechos de la misma pasta.
Con este ejemplo es más fácil entender lo sencillo que es perdonar. Además, si Dios me perdonó a mí, yo debo perdonar a los demás. Después de haber estado entre la vida y la muerte, esta es la enseñanza más importante que conserva mi mente. Por Dios estoy aquí. Porque me pudo negar la posibilidad de seguir al lado de mis seres queridos; a Él, le interesan todas las almas y es infinitamente misericordioso.
En consecuencia, es provechoso comparar las dos situaciones que a pesar de desarrollarse en planos diferentes, guardan estrecha relación porque provienen del mismo ser y una es posterior a la otra. La primera es el perdón sobrenatural, y la segunda y menos difícil porque se desarrolla en nuestra existencia diaria, es el perdón natural, el que se manifiestan entre sí los hombres y mujeres de la tierra. Quizá para muchas personas sea difícil perdonar. Pero, al igual que cuando borramos algún error ortográfico del cuaderno de notas, y continuamos escribiendo sin darle importancia a lo sucedido, apartar de nuestra mente un error humano de cualquier tipo, permitirá demostrarle a la persona que todavía seguimos creyendo en ella. De lo contrario, carecería de sentido estar ofendidos y no intentar remediar la situación.
Muchos conflictos sobrevienen por la incapacidad de no comprender que los demás también se equivocan. Eso se llama egoísmo. Si esto se viviera, muchas guerras se hubieran podido evitar. Antes de juzgar a personas o grupos, debemos dialogar y descubrir que podemos entendernos y así salir todos beneficiados. Pero definitivamente, mas allá de ofrecer una breve teoría, la mejor manera de vivir la virtud del perdón es comenzándola a practicar...

Luis Daniel Ramírez Gil / caimacan@hotmail.com