Leer Entrelíneas

¿Cómo se consigue la felicidad?

Noviembre/Diciembre (2007)

Tomarse una cerveza bien fría… Comer un delicioso trozo de carne a la parrilla… Sentir que nos quieren de verdad… Sentirnos enamorados (locamente enamorados)… Tener plata… Tener casa, buena ropa, computadora, comida suficiente… Tener un buen DVD y una pantalla plana grande en el cuarto… O no tener enfermedades, o problemas económicos, o sufrimientos… Todo eso es, para muchos, LA FELICIDAD. Sí y no. Sí, porque queremos y necesitamos placeres, necesitamos bienes materiales. El ser humano siempre “naturalmente” tiende a lo bueno, a lo que le conviene. Pero cuando ese bien se desea en exceso y por encima de todo, pisando a los demás, o consiguiéndolo de manera ilícita y sin esfuerzo, entonces, no conviene para nada. Un exceso en la comida y en la bebida, o el afán desmedido de dinero o poder nos perturba biológica y psicológicamente. Hemos visto a muchas personas con mucho dinero y fama que son inmensamente infelices. En estos días leí en la prensa como una hermosa, famosa y multimillonaria cantante fue sacada de un establecimiento nocturno desmayada por intoxicación alcohólica.
La verdadera felicidad se logra a base de esfuerzo en tres áreas: desarrollando virtudes y competencias, desarrollando la propia vida interior y desarrollando nuestra capacidad de amar a los otros. Con las virtudes y competencias somos capaces de lograr objetivos personales y profesionales. Son hábitos buenos como la puntualidad, el orden, la limpieza y la capacidad para terminar las tareas con calidad y detalle. Pero también son necesarias virtudes como la capacidad para trabajar en equipo, escuchar a los demás, comprender, tener paciencia y no prejuzgar. Y son fundamentales competencias como la autocrítica, la integridad y el equilibrio emocional o el manejo de estrés. Con virtudes se facilita lograr los objetivos que nos hemos propuesto en la vida, y eso nos hace inmensamente felices. Con virtudes nos volvemos personas sanas y auténticamente sabias y humildes.
Por otra parte tenemos la vida interior, que es la capacidad para reflexionar. Tenemos que tomar conciencia de si contamos con algunos minutos para reflexionar reposadamente sobre nuestras resoluciones, sobre nuestras palabras, acciones y modo en que manejamos las relaciones sociales y familiares. La existencia del ser humano se trenza alrededor de lo inesperado e imprevisto, de lo insospechado. Por eso, es importante preguntarse: ¿eso que pretendo es lógicamente esperable de la vida?; ¿qué medios he de poner para alcanzar esos fines?; ¿con qué dificultades e inconvenientes tropezaré? Si actuásemos de otra manera, la vida siempre nos dará sorpresas y terminaríamos tropezando bruscamente con la realidad. Por lo tanto, sin vida interior es difícil conseguir algo de felicidad.
Por último, el amor… Amar es querer siempre el “bien” del otro. El “bien” de mi madre y de mi padre, el “bien” de mis hermanos y familiares, el “bien” de mis hijos, el “bien” de mi novia o de mi novio, el “bien” de mi esposa o de mi esposo, el “bien” del amigo o de la amiga, el “bien” de mi compañero o compañera de trabajo, el “bien” de la institución para la que trabajamos... Amar es querer que todas esas otras personas y realidades con las que convivo diariamente estén “bien”. La vida, por tanto, debe tejerse de actos de amor, es decir, de actos que busquen siempre el bien del otro, aunque a veces se tenga que hacer sufrir. Corregir, cuidar o aconsejar, es hacer el bien al otro. Acompañar, tratar con cariño y perdonar, es hacer el bien al otro. Y al actuar así nos sentimos gozosos, agradados porque hemos hecho lo que teníamos que hacer. Por eso, el verdadero amor nos hace más humanos, y por tanto, más felices.
Luchemos, por tanto, por tener virtudes, por ser competentes en nuestro trabajo y relaciones; luchemos por tener vida interior, por pensar antes de actuar, por ser reflexivos; y por último, aprendamos a amar y a convertir nuestras vidas en una realidad llena de actos de amor y sacrificio por los otros. Eso nos hará inmensamente felices.

Alfredo Gorrochotegui Martell