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¿Cuántos hijos debo tener?
Muchas familias numerosas han sido cuna de santos

Noviembre (2008)

Cada matrimonio debe tener tantos hijos cuantos en conciencia formada y delante de Dios vea que Dios quiere, siempre manteniéndose abiertos a la vida en cada uno de sus actos conyugales. Hoy en día, incluso desde el punto de vista demográfico, son cada vez más necesarias las familias numerosas, en contra de cuanto dice una falsa propaganda alarmista y tendenciosa. Es muy útil al respecto leer el documento preparado por el Consejo Pontificio para la Familia sobre “la disminución de la fecundidad en el mundo” (25 de febrero de 1998).
El Papa Pío XII decía de las familias numerosas que son “las más bendecidas por Dios, predilectas y estimadas por la Iglesia como preciosísimos tesoros... En los hogares donde hay siempre una cuna que se balancea florecen espontáneamente las virtudes... La familia numerosa bien ordenada es casi un santuario visible... son los planteles más espléndidos del jardín de la Iglesia en los cuales como en terreno favorable, florece la alegría y madura la santidad” (Pío XII, alocución “Tra le visite”, del 20 de enero de 1958).
También el Concilio Vaticano II alaba a los esposos que son generosos en la transmisión de la vida: “Son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente” (Gaudium et spes, 50).
Una descendencia numerosa es una bendición para los hijos mismos que son llamados a la vida y a la eternidad; para la Iglesia que crece con sus hijos bautizados y para la patria. Por eso es un dato de experiencia que una familia que reúne una numerosa descendencia y un auténtico espíritu cristiano es siempre un lugar donde reina la alegría, a pesar de las dificultades materiales que puedan pasar.
En las familias numerosas se aprende, casi necesariamente a compartir, a esperar (la virtud de la paciencia se desarrolla naturalmente), a tolerar la frustración y a postergar la gratificación, actitudes tan necesarias hoy en día ¡y tan mencionadas por los psicólogos!; a valorar cada vida humana como un precioso regalo de Dios Padre; a aprender que con poco uno se puede conformar, porque lo importante y necesario no es lo que el mundo te ofrece como imprescindible, sino la presencia del que tienes al lado.
Lamentablemente hoy es cada vez mayor el miedo a no poder dar las cosas materiales a los hijos. El mundo rechaza a las familias numerosas y a veces son muy atacadas, como si fueran una ‘gran locura’. Pero los que se deciden a armar una familia grande necesariamente tienen puesta su mirada en lo Alto, creyendo que es más valiosa la existencia de un nuevo miembro y el hecho de poder darle un hermano a los otros hijos, que lo material que no pudieran llegar a tener.
En el mundo hay mucho miedo al hijo, por motivos diversos, pero teñidos quizás de cierto egoísmo, pues en la cultura posmoderna en que vivimos el placer es priorizado sobre el valor de la vida y, obviamente, tener un hijo implica responsabilidades que necesariamente deben postergar nuestros propios intereses momentáneos.
Sin embargo no hay gratificación laboral ni personal que compense la alegría de ser colaborador de la obra creadora de Dios.
No está demás mencionar que muchas familias numerosas han sido cuna de santos, como las familias de San Francisco Javier (6 hermanos y él fue el último), San Bernardo (7 hermanos), Santa Teresita de Lisieux (9 hermanas y fue la última), Santa Teresa de Jesús (9 hermanos), San Luis Rey (10 hermanos), San Pío X (10 hermanos), San Roberto Belarmino (12 hermanos), San Ignacio de Loyola (13 hermanos), San Pablo de la Cruz (16 hermanos), Santa Catalina de Siena (25 hermanos y fue la penúltima).
La Iglesia, no obstante, reconoce que en algunas circunstancias es difícil tener una familia numerosa. Pero no hay que temer y la confianza puesta en Dios es, como dice San Pablo, una esperanza que no defrauda.

P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. / Fuente: El Teólogo Responde