Leer Entrelíneas

Una reflexión sobre el verdadero amor

Noviembre (2008)

Un famoso maestro se encontró frente a un grupo de jóvenes que estaban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando éste se apaga, en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El maestro les dijo que respetaba su opinión, pero les relató lo siguiente:
“Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un infarto. Cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a rastras la subió al carro. A toda velocidad condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por desgracia, ya había fallecido.
Durante el sepelio, mi padre no habló. Su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgias recordamos hermosas anécdotas. De pronto pidió: “Llévenme al cementerio”.
Le dijimos que eran las once de la noche y no podíamos ir al cementerio a esa hora. Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: “No discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años”. Se produjo un momento de respetuoso silencio.
No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y con una linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, lloró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovida: “Fueron 55 buenos años. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así”.
Hizo una pausa y se limpió la cara. “Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, cambio de empleo …, hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos de ciudad, … compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al
lado del otro la partida de seres queridos…, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos nuestros errores”.
“Hijos, ahora se ha ido y estoy contento porque se fue antes que yo y no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera”.
Cuando terminó de hablar mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Los abrazamos y él nos consoló: “Todo está bien, podemos irnos a casa; ha sido un buen día”.
Esa noche entendí lo que era el verdadero amor. Dista mucho del mero romanticismo, no tiene que ver demasiado con el erotismo, más
bien se vincula al trabajo y al cuidado que se profesan dos personas realmente comprometidas.
Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle. Ese tipo de amor era algo que no conocían.