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¿DA LO MISMO CREER EN CUALQUIER RELIGIÓN?

Noviembre (2010)

La existencia de muchas religiones evidencia que el hombre busca a Dios por naturaleza. Mientras se crea en Dios, se suele escuchar, ¿qué importa el camino elegido para encontrarlo?
Es cierto que Dios es Uno y es también cierto que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla” . Por eso no puede forzarse a nadie a creer en algo que pueda ser contrario a lo que le dicte su conciencia.
El hombre, sin embargo, busca la verdad por naturaleza y desea comprender cada vez mejor la realidad y los sucesos de su vida. En este camino suele advertir ciertas contradicciones que no entiende y que le llevan a querer saber más sobre ese Dios en el que cree y con el cual debería estar conectado el mundo, tanto como implicada su vida entera.
No parece, por ello, que todas las religiones den lo mismo, pues no todas satisfacen suficientemente las inquietudes más profundas del ser humano. Cualquier respuesta no puede calmar la inteligencia y el corazón del hombre, pues la certidumbre, tanto como la incertidumbre acerca de la vida eterna no pueden ser equivalentes. O bien hay, o bien no hay vida eterna. El hombre “quiere” verdad y necesita saber si su alma es única y personal, creada y amada eternamente por Dios, o si reencarnará una serie de veces bien sea en un animal o en otra persona. Cualquier respuesta acerca del sentido del sufrimiento, por ejemplo, tampoco satisface plenamente.
El hombre busca saber “qué ha dicho Dios” y en esto, precisamente, consiste la revelación. Dios se ha revelado en Jesucristo y sólo en El se comprende el mundo y la vida en plenitud. El hombre ha buscado a Dios desde siempre, pero al revelarse, es Dios quien le ha buscado a él. Por eso no da lo mismo creer en cualquier cosa, pues lo que satisface es saber “qué” es lo cierto.
Cristo vino a convencernos acerca de “cómo” es Dios realmente; por eso se llamó a sí mismo el Camino, la Verdad, y la Vida.
Recuerdo un relato que ilustra bien cómo el encuentro con Cristo certifica en el alma que Él es el camino. Esto, sin embargo, debe experimentarse, pues la existencia de Dios no es problema teórico:
Se cuenta que un día caminaban Buda, Mahoma, Confucio, un hindú, Marx y Cristo. A lo lejos vislumbraron un hueco y al acercarse vieron a un hombre dentro. Buda lo miró y dijo: “procura ser indiferente a tu dolor. Domina tus pasiones y elimina todo deseo”. Mahoma lo observó y comentó: “Alá ha querido este sufrimiento para ti. No lo cuestiones.” Confucio opinó: “este sufrimiento prueba tu carácter. Ahora serás mejor”. El hindú dijo: “asume lo que te ha tocado. Recuerda que debes purificar lo que no has logrado en otras vidas”. Marx, muy enojado, gritó fuertemente al hombre: “¿Viste quién abrió el hueco? ¡Lo buscaré para lanzarlo en él! ¡Sólo así sabrá qué se siente estar en un hueco!”. Por último, Cristo intervino. Ante el asombro de todos, se metió en el hueco hasta llegar al fondo. Sacó al hombre con su ayuda y una vez fuera, le dijo: “ahora ayúdame a tapar este hueco para que nadie más caiga en él”.
La originalidad del Cristianismo radica en que Dios viene al encuentro del hombre y le habla. Jesús, al redimirnos, se abajó a nuestra condición haciéndose pecado por nosotros, como bien dice san Pablo: algo muy parecido a hundirse en la oscuridad del hueco en el que estaba el hombre para salvarle de un eterno aislamiento.
Experimentar la ayuda de Cristo precisa, sin embargo, de una mínima humildad de nuestra parte para reconocer que lo necesitamos. Por eso el amor de Dios se confirma desde la debilidad, pues sólo cuando nos sabemos carentes de mucho experimentamos la fuerza de su ayuda. El Señor, sin embargo, se vale de sus amigos, pues la vía ordinaria para experimentar el amor de Dios es el encuentro con un amigo de Dios que sepa amar de modo incondicional. Que otros experimenten este amor que no rechaza a nadie exige nuestra disponibilidad de procurar sacar siempre a nuestros amigos (y desconocidos, muchas veces) de los huecos en los que puedan estar o caer.
Lo cierto es que el encuentro con el amor de Cristo es lo que certifica en lo más hondo del alma que Su religión es la verdadera, o mejor aún, que Él es, efectivamente, el Hijo de Dios vivo. Mientras no experimentemos este encuentro personal, todo argumento será insuficiente.

Ofelia Avella
ofeliavella@cantv.netArelis Chacón