Leer Entrelíneas

Guía para ser un buen empresario (I/II)

Noviembre (2011)

Leer y releer Caritas in Veritate de Benedicto XVI resulta tan desafiante como maravilloso. Hay un mensaje para cada uno, para cada carisma personal y de conjunto. Las palabras fluyen invitando, incitando, motivando y reforzando la trascendencia de las ideas, para ponerlas en blanco y negro como acciones, y de inmediato ejecutarlas para que dejen de ser “buenas intenciones” solamente.
Ricardo de Tezanos Pinto, de la Unión Social de Empresarios Cristianos de Chile, describió recientemente, en el III Congreso Iberoamericano, algunos puntos que nos parece prudente destacar.
Responsabilidad social
La “responsabilidad social” de la empresa y del empresario –sin importar el tamaño de su negocio– empieza con una visión de calidad total en el diseño, manufactura, atención y servicio al cliente. Pero es igual en la relación con los inversionistas, proveedores, empleados y trabajadores de la empresa. La razón es obvia: es necesario recordar que el prestigio, también es parte de las utilidades.
Este mismo nivel de compromiso con la sociedad –a la que Juan Pablo II dio en llamar “hipoteca social” implica el desarrollo de esfuerzos, energías y presupuestos para instrumentar un “valor agregado” que reciba el cliente, con lo que también se ha dado en llamar “atributos sorprendentes” de lo que el mismo cliente recibe por su dinero. Precisando, “valor agregado” no quiere decir más costo.
Posicionamientos ante la crisis mundial
El 2009 pasará a la historia como un año de crisis económica que azotó con fuerza, no sólo a las estructuras financieras y los grandes “holdings”. Una economía colapsada también tuvo impacto fuerte en la mentalidad y la actitud de todo aquello que el cliente-consumidor percibe. También se impactó al cliente-mercado en el terreno cultural y espiritual. Tezanos Pinto lo describe magistralmente: “Ésta no es una crisis en la globalización sino una crisis de la globalización”.
Por ello mismo, la Caritas in Veritate recoge con certeza extraordinaria, lo que en realidad está sucediendo.
El Papa lo define así: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos”. Esto reviste una enorme importancia tanto para la empresa como para el mismo empresario.
La convocatoria es a construir una economía con rostro humano. En otros términos: a humanizar el mundo económico; a humanizar la tecnología para ponerla al servicio de las personas. Esta visión implica, desde luego, “humanizar” las relaciones interpersonales, aunque parezca una paradoja. Por esta razón, una parte sustantiva de la responsabilidad social del empresario, se concentra en el hecho de amar intensamente la labor que cumple para la comunidad. No es sólo generar riqueza y distribuirla mediante la comunidad productiva. Va más lejos.
El empresario cristiano infunde una gran dosis de amor en su tarea. Ama lo que hace. Dirige y lidera a empleados y trabajadores con amor, porque parte de la certeza de que ha sido Dios mismo quien le ha encomendado a las almas de su personal a su cuidado.
No hay que extrañarse de tal aseveración. Cuando el clima laboral de la organización –del tamaño que sea– se impregna de este amor y visión trascendente de la interacción personal, de la obra creadora que generan los resultados; de la mística que se imprime a la calidad en el servicio que reciben los clientes; cuando la relación con estos, proveedores, empleados, directivos y trabajadores se cimienta en el amor y procede con verdad, encontramos el mejor resorte para incrementar los niveles de productividad y los resultados con categoría de excelencia.
“Caridad en la verdad”, es la expresión más pulida de esta visión empresarial, porque esa complementariedad, hecha vida en la empresa, es lo que le aporta sustancia a los resultados competitivos.

René Mondragón / www.yoinfluyo.com