Leer Entrelíneas

Un Llamado a la Generosidad

Noviembre (2011)

“¿Ocho hijos?!!!, ¡que locura!”, y otros: “pero, ¿por qué???” Como si fuera un mal. Y los que se lamentan: “a mí me hubiera encantado, pero que va, hoy en día es imposible…” excusas, o razones políticas, sociales, y económicas siempre han habido y siempre habrán para quedarnos en la triste norma de dos hijos pudiendo tener más; o más bien, pidiéndonos Dios más. Sin duda, no es cuestión de número, pero si es cuestión de generosidad y confianza en Dios. Esa es nuestra misión: ¡Sembrar vidas, vidas que lleguen al cielo! Entonces, alegrémonos con el nacimiento de un nuevo hijo! Que no nos de miedo, no cerremos las puertas al llamado de Dios.
Es verdad, y hay que admitir que no es tarea fácil, sobre todo cuando lo queremos hacer bien. Pero, queridos padres, les aseguro que el cansancio y las preocupaciones son pocas al lado de las grandes satisfacciones y alegrías que trae un hogar lleno de muchos hijos. Además amigos, les garantizo que en estos hogares, tanto padres como hijos, nos llenamos de grandísimas ventajas.
Si hay algo que nadie puede negar, es la alegría que se vive en una familia numerosa. ¡Un simple espectador lo nota apenas entra a casa! Es muy común la música prendida y una niña que baila y canta al son de la canción por un lado, y al mismo tiempo un varón que juega con la pelota en el jardín, otro (a) que estudia con el amigo (a) y otra que cocina un dulce para festejar algo más tarde.
Aaah! Porque siempre hay motivo para celebrar! Sí, de eso gozamos también las grandes familias. Aparte de los cumpleaños, primeras comuniones y bautizos, solemos festejar las buenas noticias del día a día. La medalla de poesía, la de natación, la mención de honor, la buena calificación del examen que tanto costó. En fin… Cada semana hay una razón para una comida especial en casa.
No hay duda; quizás falte un poco de cosas materiales, pero no de alegría.
Les comento además, que aunque es cierto que una familia numerosa implique mucho trabajo, también es cierto que los hijos de estas familias crecen en virtudes de una manera muy natural. Así pues, estos niños aprenden a compartir, a ayudar, a dar, a esperar. Y cuando nos damos cuenta son hombres y mujeres íntegros, recios, fuertes, de esos que queremos para líderes de nuestro país. También los padres crecemos en virtudes. Como solemos equivocarnos con frecuencia, también con frecuencia pedimos perdón. Como no nos dan los brazos para hacerlo todo, nos apoyamos en la ayuda de los hijos. Sí, crecemos en humildad. ¡Y cuánto le gusta a un hijo sentirse necesitado! ¡El saber que su ayuda es importante, lo hace sentir importante!
Pudiera seguir enumerando un sinfín de beneficios que adquirimos los miembros de las familias numerosas, como por ejemplo: la independencia y autonomía que adquieren los niños desde pequeños, lo proactivo que nos volvemos, la tolerancia que vamos adquiriendo poco a poco ante las frustraciones, etc. Pero más importante: es que siempre encontramos un apoyo, un compañero de lágrimas y de risas con quien compartir las penas y las alegrías. Un compañero que nos ánima a intentarlo de nuevo y que nos ofrece su ayuda cuando nos ve en aprietos. Y de esa misma manera aprendemos a apoyarnos y a confiar más en la providencia de Dios. A dar gracias juntos cada noche por las buenas noticias, a pedir por el trabajo de papá, por el examen del día siguiente, por el amiguito enfermo y sobre todo “para que siempre estemos cerca de Dios”. Por eso queridos lectores, copio una frase de Jesús Urteaga: “¡Padres!: quieren darle buenos educadores a sus hijos? ¡Dénle muchos hermanos!”

Olimpia Rodriguez de Urdaneta