Leer Entrelíneas

¿CÓMO EDUCAMOS HIJOS CON POTENCIAL DE LIDERAZGO?

Octubre (2010)

Se cuenta que una vez en una conferencia sobre liderazgo uno de los integrantes del público preguntó: “¿Cómo puede un padre de familia contribuir al desarrollo de las potencialidades de liderazgo de sus hijos?”. Le dijo el experto: “¿Cuál es la edad que tiene en mente?”. “Bueno, en realidad va a tener dos años en abril”. La audiencia se rió mucho, pero no resultó una pregunta tonta. Sin duda hay muchas disposiciones y hábitos que están en el adulto que se formaron en la niñez.
Los estudios al respecto no dicen mucho sobre ello, pero hay claras evidencias de que aunque la vitalidad física y la inteligencia intelectual sean probablemente genéticas, existen otras variables que son definitivamente influidas por el ambiente familiar. Por ejemplo, la capacidad de comprender a otros y la habilidad para tratar con otros tiene su más notorio desarrollo en la adolescencia y durante la juventud, pero para potenciar esta disposición debe comenzarse a facilitar y promover antes de los cinco años.
La confianza y la asertividad están fuertemente influidas por un adecuado apoyo paterno durante los primeros años de vida, lo cual evidencia que el acompañamiento afectivo, el cariño, el contacto visual y físico de ambos progenitores en los primeros seis años de vida, fortalecen la seguridad del joven para el futuro.
Sin embargo, de lo que sí estamos seguros es que las reglas de comportamiento impuestas en la casa, los impulsos allí generados, los valores inculcados, los modelos que se encuentran en los padres, afectan la posterior aparición de las potencialidades para el liderazgo.
Un buen liderazgo es aquel mediante el cual se influye positivamente en un grupo de personas, en una sociedad, en una organización o en una nación. Las virtudes necesarias para ese liderazgo -que hay que ir potenciándolas en la familia desde los primeros años- son: la generosidad, la modestia, la moderación, la caridad, la paciencia y el espíritu de servicio. Estas virtudes son las que la Doctrina Social de la Iglesia propone como propias de un líder político. Y no les falta razón. Con ellas se busca que el joven siempre piense en el bien común y no en sus ventajas particulares.
Como sugerencia práctica, las familias deben hacer que sus hijos tengan encargos en la casa; que aprendan a recoger su cuarto y limpiar la mesa después de una comida familiar; que asuman responsabilidades en los paseos y viajes; que estén pendientes de sus hermanos menores o de otros familiares de menor edad o en condición de enfermedad; que visiten a personas con situaciones de pobreza extrema; que participen en actividades donde tengan que formar parte de un equipo, como por ejemplo, teatro infantil o juvenil, actividades en la parroquia, deportes grupales, grupos de excursionismo, centros de estudiantes, etc.; que participen en tertulias familiares en la que se discutan los problemas sociales o políticos del país; que participen en voluntariados en los que tengan que atender a otras personas sin recibir nada a cambio...
Finalmente, esos niños y jóvenes requieren de un padre y una madre con iniciativas, preocupados por los más débiles tanto en la familia como en la sociedad; coherentes, alegres, serviciales, con todo su tiempo copado al servicio sus hijos, sus familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. En resumen: darles ejemplo y hacerles participar en la entrega a los demás. Allí se configuran las virtudes del auténtico liderazgo.

Alfredo Gorrochotegui Martell
agorro@gmail.com