Leer Entrelíneas

DIOS NOS CONOCE POR NUESTRO NOMBRE

Octubre (2010)

No hay verdad más consoladora que la de sabernos conocidos y queridos en lo más íntimo por nuestro Padre Dios. Ya san Agustín decía que Dios nos es más íntimo a nosotros mismos que nuestra propia intimidad, pues no sólo nos hizo y nos mantiene en el ser, sino que nos busca en todo instante, escrutando y removiendo profundamente nuestros corazones.
En la conversación que mantiene con el joven rico, el Evangelio nos narra que “Jesús, poniendo en él los ojos, le amó”. Dios nos busca a través de su Hijo procurando que “le miremos”, pues lo que se ama se contempla y sólo de lo “muy contemplado” nace más amor.
Dios se hizo hombre para que le mirásemos hecho niño; para que le contemplásemos en su trato con los demás y en su continuo obrar como hombre. Quiso la crucifixión para que eleváramos la mirada y comprendiéramos el amor que nos tiene. Se hizo hombre, en definitiva, para encontrarse más fácilmente “cara a cara” con nosotros, pues sólo mirándolo nos dejamos ver por El; y sólo en este encuentro puede el hombre dejarse redimir al tomar conciencia de lo que es por dentro. Sólo en el encuentro personal podemos sentirnos conocidos, queridos y perdonados.
En El Dios de los cristianos, Benedicto XVI contrasta a Dios con la bestia del Apocalipsis. Esta “no lleva un nombre, sino un número: «666 es su número», dice el vidente (13,18). Es un número y convierte a la persona en número”. Para Dios, en cambio, los hombres somos personas, criaturas hechas a su imagen y semejanza. Y por ello tenemos no sólo un rostro, sino un nombre; un nombre propio al cual está ligada nuestra existencia, nuestras particulares e íntimas circunstancias.
El Papa recuerda que los campos de concentración dejaron marcado un número en los cuerpos de las víctimas, pues en el ámbito de acción de la bestia el hombre es sólo “función”. Los “campos” contemporáneos son grandes maquinarias en las que los hombres parecemos tener que insertarnos a través de la ejecución de alguna función; y “(…) si sólo existen funciones –comenta en el mismo libro-, entonces el hombre no es tampoco nada más. Las máquinas que él ha montado le imponen ahora su propia ley. Debe llegar a ser legible por la computadora, y eso sólo resulta posible si es traducido al lenguaje de los números. Todo lo demás carece de sentido para él. Lo que no es función no es nada. La bestia es número y convierte en número. Dios, en cambio, tiene un nombre y nos llama por nuestro nombre. Es persona y busca a la persona. Tiene un rostro y busca nuestro rostro. Tiene un corazón y busca nuestro corazón (…)”.
Ante una realidad tan esperanzadora, no tendría sentido alguno procurar diluirse en la masa y esconder la propia conciencia a un Dios que nos ve, además, en todo momento y penetra nuestros pensamientos, pues como dice el salmo, “no está aún la palabra en mi lengua, y tú, Señor, ya la conoces” (Sal.139). Si sabe cuándo nos sentamos o levantamos, si advierte si caminamos o descansamos, si nos envuelve por detrás y por delante, ¿qué podemos temer?.
Lo más temido es, quizás, vernos como somos; por eso necesitamos de la mirada de Dios. “Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad”1. Sólo sentirnos tratados como personas por un Dios que nos hizo personas, nos llevará a ver en el prójimo un rostro con nombre. Por eso seremos más humanos en la medida en que seamos más de Dios.

Ofelia Avella
Ofeliavella@cantv.net