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Madurez Conyugal y Fidelidad Matrimonial

Octubre (2010)

La madurez conyugal supone la capacidad de los esposos de amarse en forma matrimonial; es decir, de donarse y aceptar al otro con una fidelidad exclusiva y abierta a la procreación y educación de los hijos.
A su vez, la madurez en la entrega no está reñida con la libertad, de hecho –como comenta Juan Pablo II en su Carta a las Familias–, libertad significa disciplina interior de la entrega. La libertad lleva a querer comprometerse con el otro, a entrar en comunión con el otro porque “quiero”, tomando este acto volitivo en toda su plenitud de significado: primero, como verdadero acto humano (consciente y libre), y segundo, como una verdadera electio.
Y este compromiso sincero les llevará a ambos a luchar por mantener el amor conyugal vivo, fecundo, a pesar de las dificultades que inevitablemente surgirán con el pasar del tiempo.
El compromiso les facilitará llevar juntos esas dificultades, apoyarse el uno en el otro, no usarse o instrumentalizarse, y no llegar a considerar: «estoy contigo mientras me sienta a gusto», sino a un convencido: «estoy contigo siempre, pase lo que pase, no importa qué».
Igualmente el Papa Juan Pablo II en dicha carta nos recuerda: «Es necesario que los hombres descubran ese amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de “soportarlo todo”».
En la madurez conyugal juega un papel importante la intervención de la libertad, en cuanto a la libre elección que la mujer hace de quien será “su” hombre y lo mismo el varón de quien será “su” mujer. El hijo está naturalmente unido a sus padres, independientemente de su voluntad; en cambio, la conyugalidad es netamente consecuencia de la libertad de los cónyuges. Se trata de una disposición personal de comprometer la propia biografía con otro.
Por tanto, es mucho más que enamorarse porque es producto de una decisión libremente asumida.

Luisa Andreína Henríquez Larrazábal