Leer Entrelíneas

UN TESORO INVALUABLE

Octubre (2010)

De pequeña sentí a mi padre algo distante, es que el contacto con él era escaso, me refiero a las expresiones de cariño. Mi mamá decía que era su forma de ser, como lo habían criado.
Me daba miedo acercarme, tocarlo, pensaba que se disgustaría por ello, no he sabido lo que mis hermanos y hermanas sintieron al respecto, pero a mí me sucedía de la forma en que lo he descrito.
Durante toda su vida él ha trabajado como comerciante y eso antes lo mantenía lejos de la casa, horas sin contacto y al llegar agotado, lo único que quería era comer, descansar y tener las fuerzas de seguir al otro día, todo para mantener a 5 hijos y el resto de los gastos de la casa.
Después de grande, ese temor se fue disipando, porque dejó de trabajar fuera. En 1992 instaló un pequeño negocio en la casa que aún conserva, gracias a Dios. Supe que eso nos acercaría más, y así fue. La relación de todos con nuestro padre se convirtió en más cercana. Se trataba de cumplir el mismo ritual que practicaba con mi madre, al llegar a casa le contaba cómo había estado el día lo que había hecho, en ocasiones con detalles. Al comienzo no fue fácil, sentía que no me prestaba atención, que no le importaba mucho lo que decía, no me di por vencida y mi papá se fue acostumbrando a esas pláticas, ahora es él quien las comienza, también se acostumbró a los besos más seguidos y con más cariño, a los ocasionales mimos y las expresiones de buenos deseos que le hacíamos cuando salía a la calle.
Los años no pasan en vano y nuestros padres, ahora mayores, necesitan de más compañía, la cercanía, el cariño y la comprensión de los suyos para seguir viviendo y en mi casa todos sabemos que lo debemos hacer, pero lo más importante es que lo queremos hacer. Estar junto a ellos nos completa la vida.
Lo que he contado me lleva a pensar en la situación que viven muchos ancianos en la actualidad, abandonados por sus propios hijos, quienes buscando la prosperidad y por estar inmersos en el trabajo que les dará bienestar material, dejan a un lado sus emociones y se vuelven tan duros que no tienen compasión por quienes le dieron la vida y la formación que ahora ostentan; deciden entonces recluirlos en centros de cuidado para ancianos, allí los visitan cada ocho días o nunca más.
Muchas personas pueden pensar ahora que sus padres se están volviendo algo necios y
que con la edad es peor, puede ser cierto y por eso me aferro a lo que dicen algunos que “los adultos se vuelven niños otra vez”. Pues como los niños, hay que tenerles paciencia, escucharlos para saber lo que necesitan y no dejarlos solos durante tiempo prolongado, como ellos hacían cuando eramos pequeños. Si han sido padres dedicados a la familia como los míos, les debemos toda la vida y más. Si han sido algo descuidados con su hogar y las atenciones que requiere la familia, pues tampoco somos quienes para juzgarlos.
Como buenos cristianos, hay que dar la mano a esas personas que en el declive de su existencia han de estar pesadumbrosas, no sólo por los achaques propios de la edad sino por los del alma. Muchos de los jóvenes de ahora llegarán a la edad madura y esperarán que alguien les acompañe.
Tienen que saber que es agradable escuchar las historias de los abuelos; cómo fueron sus días de niñez, su juventud, porque es mucho lo que pueden dejar, son incontables  los consejos que son capaces de dar y cuánto pueden hacer reír. ¡Que saludable es compartir
con ellos!
Si se trata de los niños, son felices con sus abuelitos, porque son los compañeros perfectos de juego, así ambos se mantienen ocupados y felices.
No descarten la posibilidad de conservar a su lado a esos seres maravillosos, que no tuvieron reparo en dejar sus sueños para dedicarse a criar, educar y amar a sus hijos. Ellos han dado todo, retribuyan aunque sea una parte de la vida que entregaron, porque cuando ya no estén en este mundo harán mucha falta y será tarde lamentarse por no tenerlos cerca.

Arelis Chacón