Leer Entrelíneas

UN BARQUITO LLAMADO ESPERANZA

Octubre (2011)

Cristóbal era un niño intranquilo, revoltoso, le gustaba correr en el patio de la escuela y colocar barquitos de papel en la fuente de la entrada. Era el mejor constructor de barquitos: los hacía de todos los colores, les agregaba palitos, como mástiles; telas como velas y hasta caracolitos en forma de estrella que simulaban timones.
Un día, viendo a lo lejos el mar, Cristóbal se preguntó: ¿Qué habría después de aquella línea en el horizonte?. Su padre le había contado que después del mar, había grandes tierras, riquezas y niños con otras culturas y costumbres.
Entonces a Cristóbal se le ocurrió una gran idea: construiría un barco de papel que llegara a aquellas tierras lejanas, en donde algún niño que, también le gustara hacer barquitos de papel; pudiera descubrirlo.
Y así, comenzó Cristóbal a armar su barco de papel; lo hizo del papel más grueso que encontró, le colocó grandes velas y dos poderosos mástiles. Lo pintó de amarillo, que representaba el color del sol, con punticos blancos que significaban las cantidades de lunas que tendría que pasar el barquito para llegar a algún destino.
Una vez terminado el trabajo, Cristóbal contempló el barquito; pero le faltaba algo. ... ¡Ah! Sí. . . un nombre. El barquito debía llevar un nombre. Y luego de pensar por un rato, se le ocurrió: La Esperanza; porque tendría que atravesar todo el océano, pasar muchos días navegando, siempre con el riesgo de naufragar; pero había una posibilidad de que llegara alguna parte, que alguien lo encontrara; a eso se le debía el nombre: la esperanza de sobrellevar ese largo viaje, esperanza de cruzar mares, la esperanza de ser encontrado. . .
Una mañana de primavera, Cristóbal colocó el barquito “La Esperanza” en el mar. Lo observó hasta que desapareció por la línea del horizonte lejos. Sintió mucha emoción, alegría de construir un barquito tan resistente.
A partir de esa mañana, Cristóbal acostumbró a pasear por la playa todas las mañanas a la espera del regreso de su barquito.
Y así pasaron tres meses, hasta que una mañana del mes de octubre; cuando
Cristóbal jugaba en la playa, divisó a lo lejos un pequeño barco. Lo observó fijamente, hasta que se dio cuenta que era su barquito de papel. Lo esperó con ansias en la orilla, y cuando lo tuvo cerca, notó que el barquito tenía una nota entre sus velas. Cristóbal la recogió con cuidado y la leyó:
“Amigo, aunque no sé quien eres, ni como te llamas, aquí al otro lado del mundo, admiramos este gran barco que realizaste. Te devuelvo tu barquito, a la vez que te felicito por tan hermoso barco. Me despido con mucho cariño”.
Cristóbal, feliz por el regreso de su barquito, guardó la nota, y se las enseñó a todos sus compañeros de clases, incluso a la maestra.
Muchos años después, convertido en un gran navegador y explorador, Cristóbal Colón con la ayuda de los Reyes Católicos, zarpó con tres grandes carabelas a conquistar nuevas tierras.
Navegó por el extenso océano, hasta llegar al Nuevo Mundo. . .
Recordó entonces que ese sueño, hecho realidad, comenzó con un barquito de papel: un barquito llamado La Esperanza, que cruzó muchos mares y océanos.

Teresa Camacho