Leer Entrelíneas

La iglesia y los divorciados

Octubre (2012)

Si hay un tema que interesa a muchos católicos es cómo puede ser la participación de los católicos divorciados, y vueltos a casar, dentro de la Iglesia. Hoy me parece importante recordar lo que dijo el Papa Benedicto XVI en el pasado Encuentro Mundial de Familias en Milán sobre este asunto, de una manera muy clara y directa, y que muy pocos medios reseñaron.
En la fiesta de los testimonios, donde estaban presentes familias católicas del mundo entero, un matrimonio brasilero le preguntó al Papa lo siguiente: “Santidad, como en el resto del mundo, también en Brasil los fracasos matrimoniales van aumentando. Estamos casados desde hace 34 años y somos ya abuelos.
Como psicoterapeutas familiares hemos encontrado muchas familias en dificultades y vemos que uno de los mayores conflictos que vive hoy la pareja es la gran dificultad de perdonar y de aceptar el perdón. En diversos casos observamos el deseo y la voluntad de construir una nueva unión duradera para los hijos que nacen de esta nueva unión. Algunas de estas parejas que se vuelven a casar desearían acercarse nuevamente a la Iglesia, pero cuando ven que se les niega los sacramentos, su desilusión es grande. Se sienten excluidos, marcados por un juicio inapelable. Estos grandes sufrimientos hieren en lo profundo a quien está implicado; heridas que se convierten también parte del mundo, y son también heridas nuestras, de toda la humanidad. Santo Padre, sabemos que esta situación y estas personas son una gran preocupación para la Iglesia: ¿Qué palabras y signos de esperanza podemos darles?”
Ante esta gran pregunta el santo Padre Benedicto XVI respondió lo siguiente: “Queridos amigos, gracias por vuestro trabajo tan necesario de psicoterapeutas para la familia. Gracias por todo lo que hacen por ayudar a estas personas que sufren. En realidad, este problema de los divorciados y vueltos a casar es una de las grandes penas de la Iglesia de hoy. Y no tenemos recetas sencillas. El sufrimiento es grande y podemos sólo animar a las parroquias, a cada uno individualmente, a que ayuden a estas personas a soportar el dolor de este divorcio”.
“Diría que, naturalmente, sería muy importante la prevención, es decir, que se profundizara desde el inicio del enamoramiento hasta llegar a una decisión profunda, madura; y también el acompañamiento durante el matrimonio, para que las familias nunca estén solas sino que estén realmente acompañadas en su camino. Y luego, por lo que se refiere a estas personas, debemos decir – como usted ha hecho notar – que la Iglesia les ama, y ellos deben ver y sentir este amor. Me parece una gran tarea de una parroquia, de una comunidad católica, el hacer realmente lo posible para que sientan que son amados, aceptados, que no están «fuera» aunque no puedan recibir la absolución y la Eucaristía: deben ver que aún así viven plenamente en la Iglesia. A lo mejor, si no es posible la absolución en la Confesión, es muy importante sin embargo un contacto permanente con un sacerdote, con un director espiritual, para que puedan ver que son acompañados, guiados”. “Además, es muy valioso que sientan que la
Eucaristía es verdadera y participada si realmente entran en comunión con el Cuerpo de Cristo.
Aún sin la recepción «corporal» del sacramento, podemos estar espiritualmente unidos a Cristo en su Cuerpo. Y hacer entender que esto es importante. Que encuentren realmente la posibilidad de vivir una vida de fe, con la Palabra de Dios, con la comunión de la Iglesia y puedan ver que su sufrimiento es un don para la Iglesia, porque sirve así a todos para defender también la estabilidad del amor, del matrimonio; y que este sufrimiento no es sólo un tormento físico y psicológico, sino que también es un sufrir en la comunidad de la Iglesia por los grandes valores de nuestra fe. Pienso que su sufrimiento, si se acepta de verdad interiormente, es un don para la Iglesia. Deben saber que precisamente de esa manera sirven a la Iglesia, están en el corazón de la Iglesia”.
Ante estas sabias palabras sólo puedo decir que Dios conoce lo más profundo de nuestro corazón y que Él entiende perfectamente nuestro dolor por no poder recibirlo en la Eucaristía. Dios también ve nuestras ganas de seguir adelante, bien cerquita de Él, porque en Él encontramos la fuerza para seguir viviendo como católicos bautizados que aman a Su Iglesia, a pesar de la situación en la que nos encontremos.
Y mil gracias Santo Padre por recordar a los católicos que las puertas de la Iglesia están abiertas para todos nuestros hermanos y que debemos tratar con el más inmenso cariño a quienes viven problemas, para que puedan disfrutar de la alegría de ser cristianos y así educarse, y educar a sus hijos, en los valores evangélicos, que son los únicos que nos pueden conducir a la verdadera felicidad.

María Denisse Fanianos de Capriles
mariadenissecapriles@gmail.com
@VzlaEntrelineas