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Este amor que nos salva
La historia de Dominique Morin:
vivía inmerso en la droga, la violencia y el sexo

Septiembre (2006)

Vivía inmerso en la droga, la violencia política y el placer sexual. Dominique Morin es bastante conocido en Francia. Ha escrito un libro, "Le sida a fait de moi un témoin", no traducido al castellano. Ofrecemos cuatro artículos suyos con trazos autobiográficos. En ellos habla desde la experiencia de una cómo una persona conoce de primera mano varios de los males de nuestro tiempo. Su posterior conversión hacen de él un testimonio vivo del cristianismo y recibe invitaciones para dar conferencias por toda Francia. Su e-mail es dom.morin@wanadoo.fr.

Este amor que nos salva
Entre los diecisiete y los veintiún años, viví inmerso en la droga, la violencia política y el placer sexual sin límite alguno. Atrapado en este remolino, un día tomé una pistola decidido a utilizarla. ¿Qué hacer frente a tal decisión imposible?
Solo, como un niño abandonado, lloré, suplicando interiormente: "Si hay alguien que me escuche, que venga en mi auxilio, pues ya no puedo más". Sin duda esta fue mi primera oración. Seguro que mi madre me alojaría una vez más para ayudarme a salir de ese ambiente opresor. Tenía que tomar una decisión rápida, y me incliné hacia el buen camino. En aquel momento Dios me ayudó. Le doy gracias, y también a mi madre, que corrió el riesgo de tenderme la mano una vez más.
Fue necesario nuevamente huir radicalmente del sexo, las drogas, el alcohol, y la violencia. Ese ambiente seguía asqueándome, pero yo todavía no estaba curado. Permanecí alejado de esas tentaciones durante tres años.
Volví a la Iglesia Católica dentro de la cual había sido bautizado y consagrado a la Virgen María. En la Navidad de 1984 acudí a mi primera misa. Dos años de práctica regular me dieron la fuerza para dominar mis instintos. Fueron dos años llenos de gracias y que pacificaron mi alma.
Pero me sentía demasiado pecador, indigno de la iglesia. San Juan de la Cruz dice que "se obtiene de Dios tanto como de Él se espera". Yo no podía imaginarme que su amor podría llegar a tanto.

Jamás se dirá lo suficiente sobre la misericordia de Dios.
Hice una confesión general de mis pecados imperdonables. El sacerdote no reaccionó como me esperaba. Lo miré casi seguro de su reacción cuando, ¡menuda sorpresa! Su sonrisa sincera y compasiva me hizo dudar de mis certezas. Transformado por este signo de la misericordia de Dios permanecí en esta Iglesia donde me sentía bien.
La curación se operaba lentamente, como una flor se abre para recibir los rayos del sol, así me abría yo a la vida. Simpaticé con algunos católicos, entre ellos, con mujeres, con los cuales conservo aún hoy la amistad.
Durante ocho años caminé por este camino hasta el día en que mi pasado se vengó brutalmente de mí. Un examen médico me reveló que tenía yo sida, contagiado 13 años antes por una joven que hoy sé que ya murió. Todo se derrumbó a mi alrededor, hasta mi fe tembló. Mi familia, mis amigos y la gracia de Dios me impidieron caer más bajo. Tuve el reflejo de ponerme a rezar. Es el instinto del pobre. Oración desordenada, cargada de tristeza y de rebeldía, pero, a pesar de todo, fiel y perseverante. Después de muchas infecciones sucesivas, pude en 1996 recibir un tratamiento que equilibró mi salud.
Después de desapegarme de mi vida, era necesario aprender a vivir como un incurable. Comencé entonces a dar testimonio de la esperanza y de la verdad basada en mi experiencia yendo a escuelas, asociaciones o parroquias que me invitaban.
Un testimonio de esperanza y de verdad basado en mi propia experiencia.
Como el sida, el aborto es el drama de un amor desnaturalizado que produce la muerte. El amor no puede ser neutro. O construye o destruye.
Nuestra sociedad ya no propone más que respuestas fatalistas, sin esperanza. Cuando una madre agobiada va a que le diagnostiquen su embarazo, teme que la animen a abortar si aparecen obstáculos. El aborto se ha convertido en una solución médica para evacuar las carencias de nuestra sociedad, y las mujeres embarazadas cargan solas con esta responsabilidad. Sólo se acepta el niño si alguien se decide a ayudar a la madre para que lo acoja. Los médicos pueden contribuir a sembrar la duda : "¿Está usted segura de querer dar a luz?". Las mujeres se consideran a menudo culpables de su embarazo. La moral se convierte en un concepto puramente médico y socio-económico.
Durante mis testimonios como enfermo de sida me he encontrado con militantes que defienden el aborto y cuya mirada se pone dura cuando se les propone otra alternativa o cuando se les habla de otra cosa que no sea el preservativo para combatir el sida. He visto en ellos a veces el odio y siempre la tristeza. ¡Qué contraste con el gozo de una mujer que da la vida, de un joven que vive la castidad con alegría! La ideología no lo explica todo. Hacer que los otros paguen nuestros fracasos jamás soluciona nada.
Esas relaciones destructoras y esa ley de lo efímero hacen que toda relación afectiva se vuelva aleatoria, que el amor sea un riesgo del que hay que protegerse y que el prójimo sea un adversario en un combate en el que todos pierden. Si hay jóvenes que han podido conservar su pureza y creen en el amor verdadero y en la vida como un regalo, es sobre todo para demostrarnos que esas virtudes tan ridiculizadas son necesarias ahora más que nunca.
Señor, ayúdanos a estar siempre abiertos a la vida y a ser tus instrumentos para convertir a nuestros hermanos devastados por el odio y la desesperación. Que recuerden que han sido niños, que un día creyeron en la vida y el amor. Amar es lo que da un sentido a la vida.
Aunque me haya quemado las alas en este juego trucado donde todos pierden sigo creyendo en el amor y en la amistad humana. Y no en esta guerra sexual en la que cada uno tiene miedo de amar, de entregarse y de crear un proyecto común.