Leer Entrelíneas

Los Nuevos Niños de la Calle

Marzo (2008)

Hace poco una amiga vivió una historia que me obliga hoy a escribir un artículo para despertar la conciencia de muchos padres quienes, quizás por ignorancia, no saben lo que le están haciendo a sus hijos. Y también para despertar la conciencia de muchos padres que sí están cumpliendo con su misión y pueden ayudar a otros.

He aquí la historia:
El hijo de mi amiga de 13 años celebró su cumpleaños con una reunión. La invitación aclaraba perfectamente la hora de llegada y la hora de salida. Hora: 4 p.m. a 9 p.m. Comienzan a llegar los niños y las niñas, entre 12 y 13 años, y de repente se daña el timbre de la casa.
Ante esa situación mi amiga se queda en la ventana observando la llegada de los invitados para poder abrirles. Gran parte de los padres y/o madres se bajaban con sus hijos, se presentaban, y
preguntaban algunas cosas para saber dónde los estaban dejando. Otros, esperaban dentro del carro que le abrieran la puerta al niño y saludaban.
En eso, cuenta ella, llega un carro deportivo de lujo y deja a un niño y a una niña fuera de la casa y arranca a millón sin saber si les abrieron o no la puerta. La madre del cumpleañero abre, y nota un aspecto extraño en la muchacha y le pregunta si el niño es su hermano. Ella le dice que sí y los hace pasar pensando que su hijo invitó personas conocidas.
Pasa la reunión, muy amena, y mi amiga observa que la niña está sola en una esquina con “su hermano” viendo, con ojos de recelo, a las otras niñas quienes conversaban entre ellas. Son las 9:30 y todos los invitados se han ido a excepción de esta niña y su amigo (quien resulta que luego se enteran que no es su hermano). Son las 10 p.m, las 10:30, las 11 y nadie responde por estos muchachos. Ella llama a su mamá y ésta le contesta que no la puede buscar porque está con su novio. Ya a las 11:30 p.m. el padre del cumpleañero, bien preocupado, llama a la tía de la niña para decirle que alguien tiene que recogerla. La tía accede, luego de inventar un montón de excusas, y recoge a la niña y los lleva a otra fiesta (a las 12 p.m.) que la niña le indica en el momento de montarse en el carro.
Al conversar con su hijo dicha situación, nuestra amiga se entera que a esa niña él la conoció “chateando” y dos días antes de la fiesta ella le dice que quiere suicidarse porque se siente culpable del divorcio de sus padres. Su hijo, por compasión, la invita a la fiesta. Luego él mismo se da cuenta del grave error que cometió, le pide perdón a sus padres y le agradece a Dios el que no haya pasado nada peor.
Muchas madres hemos sabido de casos espeluznantes sobre Internet: pornografía infantil, sectas satánicas, cuentos de chateo que terminan en violaciones o asesinatos, etc.
Este caso no es tan grave como otros, pero si nos deja la lección de que muchos niños y niñas de clases sociales altas y medias están viviendo en medio de crisis familiares, de soledades, de abandonos, de domésticas, de televisión, de Internet, etc.
Estos “nuevos niños de la calle”, como yo los llamo ahora, están viviendo sin familia, sin padres ni madres, sin Amor. Y por supuesto, sin una visión sobrenatural que les haga entender su misión en esta vida y cómo deben recorrer el camino en esta tierra para alcanzar la verdadera felicidad.
Muchos piensan que por tener una gran casa, unos buenos carros, estudiar en un buen colegio, tener mucha ropa de moda y muchos equipos tecnológicos, los niños están protegidos de todo y tienen la felicidad garantizada. Y resulta que eso es absolutamente falso.
Y lo vemos día a día, cuando conocemos personas humildes y desprendidas de lo material que están educando a sus hijos adecuadamente, porque entienden que lo primero para que un niño sea feliz es trabajar en la siembra de valores humanos y cristianos en ellos. Y para sembrar valores humanos y cristianos lo primero que tienen que hacer los padres es dar ejemplo de vida virtuosa e íntegra.
Y para poderles dar ese ejemplo tienen que darles tiempo, para que los vean, para que los escuchen, para que les hablen, para que compartan sus penas y alegrías con ellos. En fin, no me canso de repetir que “hay que dedicar tiempo” para cumplir con la misión de educar hombres y mujeres de bien. Un tiempo de cantidad y de calidad, que este último se logra por medio de la formación para que seamos mejores padres. Hoy en día los padres disponemos de miles de herramientas (libros, cursos, etc.) que pueden ayudarnos en la ardua labor que tenemos por delante.
“Uno de los grandes dramas de nuestra época estriba en que ya no somos capaces de hallar tiempo los unos para los otros, de estar presentes los unos ante los otros. Y eso causa numerosas heridas. Tantos niños encerrados en sí mismos y decepcionados, dolidos porque los padres no saben dedicarles gratuitamente algunos momentos de vez en cuando, sin hacer otra cosa que estar con el hijo. Se ocupan de él, pero siempre haciendo otras cosas o absortos en sus preocupaciones, sin estar verdaderamente “con él”, sin poner el corazón a su disposición. El niño lo siente y sufre. Indudablemente si aprendemos a dar nuestro tiempo a Dios, seremos capaces de encontrar tiempo para ocuparnos de los otros. Estando atentos a Dios, aprenderemos a estar atentos a los demás” (1).
Recientemente (3 de marzo de 2008) apareció publicado en El Universal un artículo cuyo título era “La agenda de los padres debe incluir tiempo para sus hijos”. En dicho artículo la periodista Giuliana Chiappe entrevista a la psicóloga clínica, especialista en relaciones familiares, Aury Tovar quien dice que “la calidad importa, ciertamente. Pero la cantidad, también. Los niños necesitan pasar tiempo con sus padres”.
Esta psicóloga explica que los hijos aprenden de los modelos y que solos no pueden aprender técnicas para ser niños exitosos, entendiendo este concepto como el punto de convergencia entre las tareas de vida completadas, las oportunidades que se presentan y la habilidad de cada persona para sacarle provecho.
Aquel consuelo de que no importa la cantidad del tiempo que se pase con los niños, sino la calidad se derrumba con la experiencia. Lo ve en consulta. La buscan indolentes, no estudian y son rebeldes. "Cuando reviso la situación, me encuentro que los adultos pasan todo el tiempo trabajando. Sí importa la cantidad de tiempo que se comparte en familia. Y por eso, es importante planificar e incluir en la agenda, tiempo de calidad para los hijos, que incluya diversión, acompañamiento y creatividad".
Los padres, al decir de Tovar, deben ser facilitadotes de esta educación eficiente y exitosa, buscando hacerlos chicos autogestionarios (que planifiquen por sí mismos), independientes y responsables, asumiendo las consecuencias de sus actos. Asegura que no se puede esperar que los niños lleguen solos al éxito pues necesitan la guía adulta.
Algunos dirán que es imposible pasar tiempo con los hijos porque la situación económica los ahoga y tienen que trabajar. Hay casos que realmente son necesarios que tanto el padre como la madre trabajen todo el día para poder subsistir. Pero hay muchos casos en los cuales se puede bajar el nivel de gastos en cosas superfluas como ropa, viajes, carros, etc. O sea, ganar menos, vivir más sobriamente, pero dedicarles más tiempo a los hijos.
Hace más de un año muchos padres vimos asombrados el asesinato en masa que cometió un joven en la Universidad de Virginia Tech. Cuando en CNN entrevistaron a un psicólogo y le preguntaron la causa de ese hecho, el especialista, entre otras cosas, dijo que el problema era que en Estados Unidos y muchos países del “Primer Mundo” estaba desapareciendo la figura tradicional de la familia. Esa familia donde los padres estaban pendientes de sus hijos y no solamente de su trabajo. Esa familia donde comían todos juntos alrededor de una mesa y compartían las cosas del día a día. Esa familia que tenía un solo televisor y tenían que ceder en sus gustos y preferencias a la hora de ver un programa. Ante cada frase que ese hombre decía a mí se me erizaba la piel. No era un sacerdote quien estaba hablando. Era un especialista en psicología infantil y juvenil quien decía lo que decía.
Habló, además, que la sociedad actual fomenta la soledad. “Desde niños ya tienen TV, computadora y videojuegos en su cuarto y cada quien llega a su casa, agarra su comida chatarra y se mete en su cuarto a hacer no se sabe qué”. Hace poco nos contaron de una estudiante universitaria venezolana quien contó que ella le compró a su hijo un microondas y se lo puso en su cuarto para que no la molestara con el “tema de la comida” porque ella no tenía tiempo para cocinarle.
¿Cómo puede saber un padre y una madre lo que es su hijo y lo que hace si nunca tiene tiempo para estar con él, si pocas veces lo ha escuchado, si pocas veces ha hablado con él, si nunca tiene tiempo para compartir sus alegrías y sus tristezas?. Ya en los países del “Primer Mundo” se están dando cuenta del grave error que han cometido al restarle importancia al tema de vida familiar.

¿Es qué acaso no nos estamos dando cuenta que muy cerca de nosotros tenemos familias que no funcionan como familias; padres que no están cumpliendo con su principal misión que es educar a los hijos como personas íntegras; e hijos que están viviendo una pesadilla que puede terminar en droga, pornografía, depresión, alcoholismo, homosexualidad, suicidio, etc.?.
Es importantísimo que las familias estemos alertas ante esta situación e influyamos positivamente a nuestro alrededor cuando veamos una situación irregular en nuestro entorno. A veces unas palabras dichas en su momento y de manera apropiada pueden salvar la vida a muchos niños y jóvenes que hoy están sufriendo una barbaridad.
Una vez me enviaron un mail con la imagen de la Rosa Mística llorando sangre y el mensaje decía que la Virgen lloraba sangre por la situación política del país. Yo creo que la Virgen no llora sangre por eso. Ella y Jesucristo están llorando sangre por todos estos niños, niñas y jóvenes que están viviendo la peor de las pesadillas.
La pesadilla de no saber lo que es el Amor; de no saber quiénes son y cuál es el fin de su vida, porque nadie se los ha dicho; y de no tener un ejemplo a quien imitar, un Norte a donde ir.
Ayudemos a estos “nuevos niños de la calle”. Yo estoy segura que todo el que lea este artículo conoce por lo menos a uno.

Ma Denisse Fanianos de Capriles
(1) Jacques Philippe: Tiempo para Dios, Ediciones Rialp, 2005.