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Un balance de la intervención israelí en el Líbano

Octubre (2006)

Pasados ya dos meses desde el comienzo de las represalias que el gobierno israelí ordenó en contra del movimiento Hezbollah en el Líbano, compensa detenerse a reflexionar sobre los resultados: 800.000 desplazados, 900 muertos y, sobre todo, un mundo islámico amalgamado como nunca detrás de la figura de Hassan Nasrallah. ¿Habrán calculado los israelíes lo que supondrá vivir con tantas personas alrededor que tendrán motivos reales para quedar resentidos? Porque es eso lo que provoca la violencia desproporcionada utilizada en esta intervención.


¿¿Hasta cuándo va a resistir un pueblo el vivir amenazado? Desde 1948, fecha de creación del Estado de Israel, la paz con sus vecinos ha tenido que conquistarse palmo a palmo, con Egipto y con Jordania, o indirectamente a través de su aliado norteamericano, con Arabia Saudí o Siria.
Ahora el nuevo elemento es el mundo chiíta, con el que no contaba hasta hace poco tiempo. Un mundo que se enorgullece de la coherencia de sus líderes, austeros, radicales y bravíos, ante un enemigo amenazador, voluble y polarizado como se presenta a Occidente en bloque ante los medios de comunicación islámicos. Es evidente que el Líbano representa un modelo molesto para muchos en la región. Su sola presencia echa por tierra la pretendida justificación de los regímenes monoconfesionales de la zona, Israel incluido. Tal vez sea este un buen momento para proponer un desafío a los intelectuales cristianos: ¿es posible diseñar una forma constitucional de convivencia política con el mundo islámico? De ahí que sea necesario apoyar a los cristianos libaneses para que no caigan en la tentación -lógica, dicho sea de paso- de querer un país exclusivamente cristiano. Hace falta mantener la identidad propia de un país multicultural, y son los cristianos los que pueden servir de gozne en una bisagra que, como se comprueba, tiene dos hojas independientes.
No es un tema fácil de afrontar, pero se aprecia una gran diferencia entre lo que los medios de comunicación se empeñan en mostrar y la realidad del país. En cuanto comenzaron los bombardeos de la zona sur, muchos habitantes musulmanes fueron recibidos en colegios llevados por órdenes religiosas; las familias acostumbradas a años de guerra entregaban ropa, comida y juguetes a los refugiados, sin echarles en cara su afiliación política.
¿Quién ayudará a reconstruir el sur del Líbano? Seguramente Irán. Y de nuevo la historia recomenzará, si no se empeña Occidente en buscar el diálogo con la nueva fuerza política que suponen los chiíes. Será necesario actuar con la prudencia
de los libaneses, aparente frivolidad, de quienes saben que no es martillando las cabezas de las personas que piensan de otra manera como se convence. Habrá pasos intermedios: fuerza de paz, diplomacia, etc., pero la solución habrá de ser mucho más profunda.


Helene Daboin
30-08-2006
Aceprensa W62/06