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Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962

En el dintel del arte · Vértice, pág. 14

Una película para verla despacio: «La noche», de Antonioni

A los grandes films anteriores de Antonioni hay que agregar su última realización estrenada recientemente en Venezuela: “La noche”.

Antonioni —al igual que Fellini— reaccionó contra aquella cinematografía que tendía a concentrar todo el fuego de sus intereses en la dimensión social del hombre y, como necesaria consecuencia, en aspectos prevalentemente externos de la realidad; y ha buscado con insistencia las fuentes de la propia inspiración en el interior del individuo, en la esperanza de llegar a descubrir los motivos más secretos de su angustia y de su incurable soledad. Sabemos bien que la investigación de la crisis del hombre contemporáneo ha sido afrontada de manera muy diferente por Fellini y por Antonioni. El mundo de Fellini encuentra su centro de interés en el problema de la autenticidad de los valores por los que el individuo empeña su destino, lo que equivale a decir que toda su temática ha fermentado en un ansia religiosa, que si jamás echa raíces en soluciones claras y definitivas, sin embargo es sentida sinceramente o expresada con claridad. Para Antonioni, por el contrario, excluida “a priori” toda posibilidad de fe en la trascendencia, de cualquier forma que pueda concebirse, la angustia del hombre de nuestro tiempo es sentida eminentemente, según una sensibilidad moral decididamente laica, como imposibilidad de una comunicación de amor. Según el autor de “La Noche”, el individuo está condenado a perderse en un horizonte cerrado a toda esperanza, cuya salida posible es la muerte.

La madurez de Antonioni es de un signo opuesto a la de Fellini. Este se ha lanzado a la búsqueda de una salvación y deja libre curso a toda la riqueza de sus emociones morales que hacen leve la imagen exaltando su capacidad de sugestión inmediata. Antonioni, privado de todo consuelo en la conciencia lucidísima del naufragio de la cultura inmanentística e incapaz de abrir su corazón a la esperanza cristiana, tiende a transferir a la imagen toda la aridez sentimental de su moralidad rigurosamente laica, virilmente dolorosa y estéril. El estilo de Fellini es, en definitiva, fuertemente subjetivo; el de Antonioni. por el contrario, tiende a una objetividad absoluta. Naturalmente, una objetividad que tiene un significado bien diverso que el del neorrealismo, ya que las crónicas de Antonioni son, sin embargo, crónicas del alma, y para ser más precisos, casi invariablemente crónicas de un amor imposible. En el neorrealismo es corriente, como en Antonioni, la ambición de hacer hablar directamente a la realidad, sin intercesiones, por lo que en ambos casos se puede hablar de aspiraciones a un cine puro, antiliterario por excelencia, incluso si la realidad que el neorrealismo quería obligar a revelarse a través del objetivo, era prevalentemente la realidad del ser social; mientras que para Antonioni se trata eminentemente de la realidad del individuo encerrado, a pesar de la multiplicidad de sus relaciones extremas, en una soledad sin salida.

Este proceso de “accésit” estilística a través del cual Antonioni trata de desnudar intencionadamente la imagen de toda expresividad, que no nazca inmediatamente de la interioridad del personaje, encuentra su correspondencia en el continuo esfuerzo que cumple el director para eliminar progresivamente de la estructura narrativa todos aquellos residuos de novela y espectáculo; entendidos, sin embargo, de forma tradicional, que no le consentirían el realizar su personalísimo modo de entender el cine. El vértice máximo de este continuo proceso de simplificación de los propios medios expresivos lo representa hasta hoy, en ciertos aspectos, “La noche”. La historia es aquí, más que nunca, reducida a su núcleo esencial con el propósito por parte del director de concentrar todo el fuego en un análisis minucioso y obsesivo del drama de un solo protagonista, para representarnos, instante por instante, todo el diagrama del lento paso de Aldo, de la ilusión de poder recuperar el amor de la mujer que lo ha abandonado, a la determinación de poner fin a una soledad sin remedio con la muerte. Los personajes menores parecen no tener más función que la de ofrecer un duplicado de esa misma imposibilidad de llegar a la comunicación que encierra al protagonista en un cerco mortal.

Mientras se desenreda la acción exterior, que tiende a ser cada vez más elemental, las ocasiones que ofrece el director a sus personajes para revelarse son cada vez más cotidianas, banales y contingentes; cuando no se resumen todas en el paisaje, entendido como el clima ambiental complejo en que los personajes viven la propia historia interior, por lo que el dato naturalista asume un significado sólo en la medida en que se convierte en signo de una presencia o de una ausencia humana.

La fotografía de “La noche”, en blanco y negro, es plástica y expresiva; el diálogo epigramático de Flaiano y Guerra, rico en agudezas y golpes de ingenio y la actuación de Jeanne Moreau y de Marcello Mastroianni, exacta y sensible, muy ajustada a los requerimientos del director.

“La noche” es una película para verla despacio, con calma. Realizada por un director que hace cada vez más clara la tendencia a despreciar todas las estructuras del drama cinematográfico tradicional, montado sobre la trama y la continuidad temporal de la acción externa para llegar al correspondiente cinematográfico de la novela moderna, como conquista de un tiempo puramente interior.

Cicerón.


[Ilustración: figura sentada de espaldas bajo unas estrellas, firmada.]

Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.