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Vértice › N.º 1 · Mayo de 1962

En el dintel del arte · Vértice, pág. 15

El cine ruso de Tchoukrai

“El cielo puro”, la película dirigida por el realizador Tchoukrai y estrenada hace poco tiempo en Moscú, constituye la más abierta crítica al régimen de Stalin hecha hasta la fecha dentro del territorio de la U.R.S.S. Después de “El 41” y “La balada del soldado”, este nuevo film del gran realizador georgiano constituye una auténtica revolución en la línea seguida por el cine ruso, ya que tiene por tema el tan traido y llevado asunto del “culto a la personalidad”.

Un héroe sospechoso

El tema es el siguiente: Un piloto de caza ruso, Alexis Astajov, es abatido en combate durante los primeros meses de la segunda guerra mundial y hecho prisionero de los alemanes. Sus parientes y amigos le creen muerto, pero su mujer, Sacha Lvova, le sigue siendo fiel. Al terminar la guerra regresa a Rusia, y, al punto, comienzan las contrariedades. En la Rusia de Stalin, los que venían de los campos de concentración alemanes, eran considerados como “sospechosos”, porque no se sabía como se habían comportado en su cautiverio y se temía por su fidelidad al régimen. Por eso, Alexis Astajov es rechazado por sus antiguos camaradas del partido e incluso por ciertos burócratas que habían pasado toda la guerra emboscados en la lejana Siberia. Durante una reunión de su célula celebrada simbólicamente a la sombra de una estatua de Stalin, Astajov ve rechazada su petición de reingreso en el partido y lo mismo le acontece con su carrera militar. Sólo encuentra un puesto como minero en unas minas de los Urales.

Pero su fe en “la causa” sigue intacta y se pone de manifiesto en sus conversaciones con un cuñado suyo, joven nihilista que no cree en “la verdad” del comunismo. Y así están las cosas cuando se produce el gran acontecimiento: la muerte de Stalin.

El deshielo

Es aquí donde se vuelca toda la audacia del realizador. Una audacia que al comentarista de “Pravda” le pareció excesiva y que estuvo a punto de dar al traste con los “buenos deseos” de Tchoukrai. Porque, tan pronto como Astajov recibe la noticia de la muerte de Stalin, la cámara cinematográfica transporta al espectador a un paisaje de hielos que se derriten y caen bruscamente bajo los efectos del sol primaveral. Es el “deshielo”. Las nieves se deshacen, los arroyos corren, brotan las flores, cantan los pajaritos y la vida rusa recobra la normalidad… Astajov es rehabilitado, vuelve a incorporarse a las fuerzas aéreas y hasta le es concedida una condecoración.

Como se ve, la película es pueril, pero el efecto que con ella se quería conseguir queda logrado: sin atacar el fondo del asunto —obsérvese que el “dogma” comunista queda siempre a salvo—, se lanza un ataque directo al “culto a la personalidad”, al que se atribuyen todos los males del país. La culpa de la tiranía soviética no la tiene el sistema, sino las personas, Stalin era un dictador… (¡Qué fácil resulta proclamarlo ahora que yace embalsamado!). Kruschef, por el contrario, es un pobre hombre que sólo quiere la paz del mundo y el bienestar de su país…

De esta forma, Tchoukrai ha logrado hacer una película técnicamente muy buena, del agrado del pueblo —que no en vano soportó durante veintinueve años la tiranía staliniana— y de paso, arrimar el ascua a la sardina de Kruschef.

Michael Tatu.


[Ilustración abstracta a tinta, firmada con una “F” en un círculo.]

Transcripción fiel del original impreso. Puedes ver la página tal como salió en el PDF del número.